¿Quién mató a la comandante guerrillera Ana María?

El FSLN y jefes de la guerrilla salvadoreña de los años ochenta fueron señalados por el crimen... lea más detalles

A la comandante Ana María le propinaron más de ochenta punzonazos con un pica hielo y le cortaron el cuello de un tajo con una navaja. HOY/Archivo de Barricada/Reproducción

HOY

C omo sacado de un libreto de novela policial, así fue el plan para asesinar a la dirigente guerrillera Mélida Anaya Montes, mejor conocida con el seudónimo de “comandante Ana María”, segunda responsable de las Fuerzas Populares de Liberación de El Salvador (FPL) y miembro de la comandancia general del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) durante la década de los ochenta.

Eran los días de sangre de la guerrilla salvadoreña y la meta estaba centrada en acabar con el gobierno pronorteamericano de Álvaro Magaña y con todo derechista que se alzara contra ellos, o sea, contra sus ideales comunistas y revolucionarios.

Eran habituales los enfrentamientos entre opuestos, no así entre camaradas de lucha, pero en el caso de la comandante, “aprendimos una cosa: que no solo la CIA comete asesinatos, que también los pueden cometer los revolucionarios”, dijo el poeta Ernesto Cardenal en su libro La revolución perdida (2004), donde esclarece el caso de Ana María sin reservas o disimulos.

Y es que a la guerrillera no la mandaron a matar “sus enemigos”, los yanquis e imperialistas… fueron sus compañeros más cercanos quienes se reunieron y planificaron paso a paso su eliminación.

Brutal crimen

“Marcial” sabía del plan para asesinar a la guerrillera salvadoreña. HOY/Archivo/Barricada

El recorrido de horror estaba trazado. Los encargados de matar estaban al tanto que la comandante Ana María viajaría a Nicaragua, donde se quedaría unos días atendiendo tareas internacionales que el FMLN le había encomendado.

Conocían minuciosamente la zona de su casa, en el kilómetro 15 de la Carretera Sur de Managua y todas sus manías, una de ellas, que gustaba dormir con la puerta abierta.

El hecho ocurrió el 06 de abril de 1983, durante la madrugada. Los atacantes irrumpieron en el interior del inmueble con disparos, según informó el Ministerio del Interior. Pero el ataque a la guerrillera no fue a punta de plomo sino a puñaladas y punzonazos.

El relato compilado por las autoridades nicaragüenses reveló que en plena oscuridad, seis hombres entraron en la casa sin violentar la puerta (ya sabemos por qué). Rápidamente se deslizaron por la habitación, rodearon la cama de la mujer de más de cincuenta años de edad, la amordazaron con una sábana para que no gritara y le doblaron un brazo hacia la espalda hasta fracturárselo.

El resto de la operación fue una carnicería. Con un pica hielo hirieron a la comandante más de ochenta veces. Luego, con un cuchillo le dieron un navajazo letal en el cuello y el arma cortopunzante le llegó hasta la columna vertebral.

Horas después del hecho, como tratándose de un lavado de manos de Poncio Pilato, el gobierno nicaragüense —representado por el siempre dictador Daniel Ortega Saavedra y el FMLN—, responsabilizó a la Agencia Central de Inteligencia (CIA) del alevoso crimen.

Una circular llegó a manos de los medios de comunicación matutinos donde se leyó: “Este ataque pone de manifiesto que el gobierno de Estados Unidos no escatima recursos y medios para ejecutar sus planes agresivos, violatorios de los más elementales derechos de los pueblos de Sandino y Farabundo Martí”.

Tomás Borge, para entonces ministro del Interior nicaragüense, por su parte, descartó ante los periodistas otros posibles móviles para el crimen, particularmente aquellos de carácter común. “Yo pregunto al mundo”, dijo exasperado, “¿quién podría estar interesado en asesinar a Ana María?”

Tras una corta pausa, él mismo contestó: Obviamente solo el imperialismo norteamericano, y con ese argumento ordinario, que hoy día también escuchamos frecuentemente, se ocultó una espeluznante realidad: el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), otro movimiento comunista y revolucionario de la época, que apoyaba a la guerrilla salvadoreña y viceversa, sí tenía que ver con el asesinato de Ana María.

La traición

Daniel Ortega abraza a “Marcial”, quien simula sufrimiento por el asesinato de su compañera “Ana María” HOY/Cortesía IHNCA

En su obra “La revolución Perdida”, Ernesto Cardenal relata que durante el fatal asesinato, Salvador Cayetano Carpio, conocido como el comandante Marcial, jefe máximo de las Fuerzas Armadas Populares de El Salvador y gran compañero de Ana María, estaba en Libia. El entierro de su infortunada camarada no se llevó a cabo hasta que él arribó.

“Teníamos ya el féretro en la plaza, que desde entonces se ha quedado llamando Ana María, cuando él llegó y lo sentaron delante del ataúd. Yo estaba muy cerca del ataúd y por tanto también muy cerca de Marcial (…) y una cosa que es verídica es que todo el tiempo él estaba con la mirada fija en aquel ataúd que tenía enfrente. Se le veía transido de dolor sin apartar los ojos de esa caja donde estaba la heroína y compañera de tantos años”.

Cardenal quiebra la escena de duelo de Marcial cuando narra que días después cayeron presos los asesinos y estos revelaron que lo habían hecho tras sus órdenes. Tomás Borges, quien se había llenado la boca culpando al imperialismo norteamericano del crimen, terminó confrontando a Marcial con las evidencias y él no contestó nada, “por más que le habló, y le preguntó y lo increpó”.

Poco después que Tomás se retirara, (Marcial) “se pegó un tiro en el corazón”, confiesa el poeta.

El féretro de la comandante es cargado incluso por quienes le traicionaron y planificaron su muerte. HOY/Cortesía IHNCA

En el tema del suicidio del personaje revolucionario hay contrariedades. Mientras Cardenal lo confirma. Otras informaciones brindadas doce años después del crimen, por la Dirección Quinta y exguerrilleros salvadoreños, indican que fue asesinado por sandinistas. Estos temían que contara detalles del crimen de Ana María y de los vínculos del partido con narcotraficantes. Pero antes de esa pasada de cuentas, así sucedieron las cosas: Contaron los retirados de guerrillas que la muerte de Ana María respondió a una conspiración montada por un alto funcionario del Ministerio del Interior (Mint) y jefes sandinistas. Todos conocieron de antemano de un vínculo de la comandante con la CIA.

“Ana María se inclinaba cada vez más por una solución política de la guerra, mientras Marcial seguía teniendo la línea dura”, aclara el poeta Cardenal refiriéndose a que la comandante empezaba a poner sus esperanzas en salidas diplomáticas antes que en derramamientos de sangre.
Continuando lo de la CIA, La Prensa publicó el 04 de junio de 1995, que el primero en conocer los vínculos en Nicaragua de Ana María con el jefe de la Sección Política de la Embajada de los Estados Unidos en nuestro país, y dos agentes nicaragüenses que trabajaban para la CIA, fue un jefe guerrillero del FMLN de origen nicaragüense conocido al principio solamente con el seudónimo de Gerardo.

La verdadera identidad de Gerardo, responsable del ataque a la comandante, es Odell Ángel Ortega Solano, en ese entonces capitán de la Inteligencia Militar del Ejército Popular Sandinista (EPS), y quien aparecía nominalmente como agregado en la Embajada de Nicaragua en El Salvador.

Marcial fue informado por los sandinistas del “plan de eliminación” contra Ana María y en un principio estuvo de acuerdo y participativo. Sin embargo, los mismos guerrilleros de las FPL al descubrir la traición comenzaron a presionarlo para que este rindiera cuentas del asesinato de la comandante que unificaba las tendencias del FMLN y se postulaba como su principal jefa. Presionado, Marcial intentó revelar la verdad de la muerte de Ana María y de los vínculos de las FPL y sandinistas con los narcotraficantes.

Los exguerrilleros señalaron que lo sandinistas al notar sus titubeo lo eliminaron con el visto bueno del agente de la Inteligencia cubana “G-2”, conocido como General Roberto cuyo verdadero nombre es Fabián Escalante Font.

Cayetano Carpio, Marcial, fue sepultado en privado en las instalaciones de la base militar donde entrenaban las Tropas Pablo Úbeda (TPU). Curiosamente a su sepelio asistió Daniel Ortega y Tomás Borge. En cambio la comandante guerrillera salvadoreña Ana María fue sepultada en una cripta especial que se le construyó con su nombre, ubicada en el sector oeste del mercado Roberto Huembes. Miles de personas llegaron a darle el último adiós.

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