GRANDES CRÍMENES| 200 envenenados por causas misteriosas en la finca El Tizate, el Crucero

Este hecho ocurrió en 1970. Las leyes de la época no permitieron castigar a los responsables de un evento sin precedentes en Nicaragua

Otros finqueros de la zona llegaron a El Tizat e a brindar socorro a las 200 personas envenenadas. HOY/ reproducción Yury Salvatierra

HOY

Es el 13 de enero de 1970, la cocinera de la hacienda El Tizate, en El Crucero, despertó cuando escuchó cantar al gallo, como a eso de las 3:00 de la mañana.

Se puso su delantal, hizo su cama y caminó a la bodega donde los patrones habían ordenado guardar el aceite para la comida y otros víveres.

El desayuno para los 200 cortadores de café que trabajaban en la finca sería el mismo de todos los días: arroz, frijoles, guineo cocido, queso y café de palo.

No hubo variaciones en la preparación de los alimentos y como a las 6:30 a.m. ya todos estaban comiendo plácidamente.

Como era costumbre, uno a uno; hombres, mujeres y niños, tomaron sus canastos y fueron a los surcos a cortar “el rojito”.

La cocinera levantó los platos y las sobras se las dio a un gallo que correteaba de un lado a otro cerca del fogón, el ave solo terminó de comer y a los minutos murió de forma inexplicable.

En lo que buscaba una bolsa para meter el cuerpo del animal sintió un dolor profundo en el estómago, y lanzó un ¡ay! que se escuchó por los alrededores.

Pronto la mujer de unos 50 años empezó a vomitar y lanzar espuma, lloraba al lado del gallo y rascaba la tierra con las uñas.

Otras empleadas del área de cocina llegaron en ese instante y se aterraron al ver la escena, pero nada mejoraría en la hacienda El Tizate, durante las siguientes horas, una pesadilla estaba a punto de iniciar.

Gritos y más gritos

Cuatro ambulancias de la Cruz Roja llegaron a El Tizate para trasladar a los envenenados al Hospital El Retiro de Managua, en el sanatorio fueron muy bien atendidos. HOY/
Reproducción: Yury Salvatierra

En los cafetales el ritmo de trabajo era lentísimo ese día, los campesinos sentían pesadez, debilidad en los brazos, las piernas, la vista nublada y de repente todos empezaron a convulsionar. Al igual que la cocinera sacaban espuma por la boca, vomitaban y gritaban por auxilio.

El coro de lamentos llegó hasta la casa del patrón, Rafael Cabrera, quien desesperado salió corriendo con varios mozos para ver qué ocurría en sus cafetales.

Lo que descubrieron fue aterrador, todos los trabajadores se retorcían de dolor, estaban verdes y algunos ya ni se movían. La histeria reinaba por todas partes, no había más opción que acudir a las instituciones de la salud.

Aproximadamente a las 7:30 de la mañana llegaron cuatro ambulancias de la Cruz Roja, los paramédicos al ver que se trataba de un envenenamiento masivo decidieron llevar a las doscientas personas al Hospital El Retiro en Managua.

Se realizaron más de 15 viajes para movilizar a los afectados. Cuando se logró que todos estuvieran en el sanatorio, 15 médicos, 20 enfermeras y seis camilleros iniciaron el trabajo de desintoxicación.

El desconocimiento del veneno provocó que la cura tardara en implementarse. Sin embargo se combatió a como se pudo, muy pronto los galenos suministraron vomitivos e hicieron lavados de estómago a la mayoría de campesinos.

Apoyo e investigación

La atención a los envenenados fue inmediata en el Hospital El Retiro. HOY/Repreoducción: Yury Salvatierra

Ante la situación de vulnerabilidad y por lo masivo del problema, el entonces ministro de Salud, el doctor Francisco Urcuyo Maliaños se presentó al Hospital El Retiro en compañía de un cuerpo de médicos que se ofreció para cooperar en la atención de los pacientes. Trascendió que la casa Bayer donó 140 ampollas de PAM, un antídoto para insecticidas fosforados.

La lucha de los galenos por salvarles la vida a las doscientas personas fue un éxito. A las 2:00 de la tarde ya lo peor había pasado y lo que restaba era investigar el origen del envenenamiento más terrible de la historia de Nicaragua.

El juez Segundo de Distrito para lo Criminal, el doctor Adolfo García Esquivel, comenzó a levantar la instructiva correspondiente sobre la intoxicación masiva, había que descartar mano criminal pero tras una visita a la hacienda se descubrió que el mal había sido la comida.

El Ministerio del Trabajo, a los días del incidente comunicó a la ciudadanía que hubo negligencia de parte del administrador de El Tizate puesto que este guardó tóxicos y alimentos en una misma bodega.

Se aclaró que Cabrera almacenó debajo de dos garrafones llenos de fungicidas, insecticidas y sulfato de cobre, varias latas de aceite para comer y la madrugada en que la cocinera sacó una porción para el desayuno, parte del fungicida cayó sobre el óleo inadvertidamente.

Título de caja
Para el propietario de la finca El Tizate no hubo castigos debido a que en ese entonces no existía una ley que estableciera fuertes sanciones a todos aquellos que no guardaran las medidas de seguridad apropiadas en las fincas.

Se supo que la familia Cabrera, temerosa de multas o castigos futuros por parte de la justicia, se dio a la tarea de velar por los afectados y sus familias. Les pagaron todos los gastos médicos, los alimentaron sanamente durante los días de recuperación y les dieron sus salarios.

Cuando los campesinos ya estuvieron mejor de salud regresaron a los cafetales agradecidos con el patrón y la intervención médica inmediata.

Todos los alimentos que estaban en la bodega fueron congelados y eliminados.

Comportamientos raros
Los médicos del Hospital El Retiro contaron que mientras intentaban salvarles la vida a los 200 campesinos, estos les decían toda clase de incoherencias producto de la intoxicación. Algunos enamoraban a las enfermeras y camilleros, otros amenazaban con sacar sus machetes y cortar cabezas, en fin, todo lo penoso que se hace en un estado de inconsciencia.

...

Notas Relacionadas