Padres se preguntan: ¿Cómo olvidar a los niños asesinados en la represión?

Uno muertos por francotiradores en las marchas, otros asesinados en "operación limpieza" ordenada por Daniel Ortega y Rosario Murillo

Álvaro Conrado tenía 15 años cuando el disparo de un posible francotirador lo hirió letalmente en el cuello hace un año en el campus de la Universidad de Ingeniería, en Managua, donde fue a repartir agua entre estudiantes que protestaban contra el gobierno de Daniel Ortega.

“¡Se está muriendo!”, gritaban los jóvenes, mientras el menor vestido con una chaqueta roja y un pantalón de mezclilla les susurraba: “me duele respirar”. Sus padres, Álvaro José Conrado y Lizeth Dávila, todavía no asimilan su muerte. Fue el primer chico mártir en las protestas, y recordado por muchos como un héroe.

“La policía andaba en motocicleta disparando a los muchachos y había francotiradores”, dice a la AFP su padre, un hombre recio de tez morena, en la sala de su casa en el barrio Monseñor Lezano de la capital. Fue un 20 de abril, en el tercer día de las protestas que estallaron contra el gobierno por una reforma al seguro social, que luego se convertirían en una demanda de salida del mandatario, cuya represión dejó al menos 325 muertos, según organismos humanitarios.

Doña Lizeth Dávila, madre de Álvaro Conrado todavía no asimila su muerte y exige justicia. Hoy/Archivo
Doña Lizeth Dávila, madre de Álvaro Conrado todavía no asimila su muerte y exige justicia. Hoy/Archivo

Lizeth, una mujer pequeña de 37 años, recuerda cuando Álvaro, el mayor de sus tres hijos, le dijo que era “injusto” que golpearan a la gente por manifestarse. Ese mismo sentimiento motivó a la población a salir masivamente a las calles a protestar y colocó a Álvaro en medio de una batalla callejera.

“La violencia escaló rápidamente. El 20 de abril hubo 25 fallecidos, en su gran mayoría manifestantes”, documentó el Grupo Interdisciplinario de Expertos para Nicaragua (GIEI), de la OEA.

Esperan justicia 

Un conductor ayudó a trasladar a Álvaro al hospital público más cercano, pero fue rechazado. “La ministra de Salud había dado la orden de no atender a los muchachos heridos” en las protestas, dice su padre. “No quiero morir”, musitó el muchacho en el hospital privado en donde consiguieron ingresarlo. Pero no resistió, había perdido mucha sangre, cuenta su madre con lágrimas en los ojos.

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Un año después, su muerte sigue en la impunidad. La Fiscalía archivó la denuncia que presentó la familia, relata el padre, quien acompañó la formación de su hijo como estudiante, deportista y músico. “Era alegre, estudioso”, estaba aprendiendo japonés porque era fan de los animé y soñaba ser abogado o contador, cuenta su madre.

Su foto en forma de animé, sus trofeos de atletismo y taekwondo permanecen colgados en una de pared de la casa.  “Lo que exigimos es justicia sin impunidad”, dice Dávila, quien también es miembro de la Asociación Madres de Abril, algunas de los cuales han tenido que exiliarse por temor al asedio oficial.

La madre de orlandito también tiene la esperanza que haya justicia en Nicaragua por la muerte de hijo. Hoy/Archivo
La madre de orlandito también tiene la esperanza que haya justicia en Nicaragua por la muerte de hijo. Hoy/Archivo

“¿Cómo voy a tener paz?” 

La Federación Nicaragüense de Ongs que trabajan con la Niñez y la Adolescencia (Codeni) estima que al menos 25 menores fallecieron en las protestas. “Fue una reacción irracional por parte del gobierno que miraba como enemigo a todos los que perjudican sus intereses”, explicó a la AFP Pablo Cuevas, asesor legal de la Comisión Permanente de Derechos Humanos (CPDH).

Una de las víctimas fue Orlando Aguirre, de 15 años, quien recibió un disparo en el abdomen cuando participaba en la marcha en apoyo a las madres con hijos muertos en las protestas, el pasado 30 de mayo.

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Sus amigos lo subieron a una motocicleta y lo llevaron al hospital, narró a la AFP su madre Matilde Córdoba, quien crió a sus cuatro hijos lavando ropa ajena.  “No lo atendieron inmediatamente (..) los médicos se boleaban para decirme que pasaba”, describe llorando esta mujer sencilla y de baja estatura.

“Estoy segura que fue un francotirador el que me lo mató”, sentenció en su humilde vivienda en el capitalino barrio Francisco Meza. En medio de la crisis, que ha dejado más de 50.000 exiliados, centenares de opositores encarcelados y la economía deteriorada.

“¿Cómo voy a tener paz si me han arrancado un pedazo de mi corazón?”, dice frente a una pared adornada con las fotos de hijo tocando la batería o jugando fútbol. Todas las madres con hijos caídos “pasamos por este mismo dolor”, asegura, y recuerda el caso del adolescente de 15 años que suplicó de rodillas a un policía que no lo matara en la ciudad de Masaya (sur).

El país se estremeció en junio pasado cuando dos niños, de ocho meses y dos años, murieron calcinados junto con su familia luego de que supuestos paramilitares prendieron fuego a su casa en el barrio Carlos Marx de Managua. La muerte de estos niños fue “un mensaje de que no iban a respetar la vida de nadie”, que se opusiera al gobierno, concluyó Cuevas.

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