Otra trinchera en Nicaragua: la lucha por las liberaciones

Una madre lo ha dejado todo por lograr la libertad de su hijo y una hija encarcelada en casa, defiende su derecho a protestar por cambiar Nicaragua

Lylliam Ruiz, madre del reo político Hanssel Vásquez, comenta que sigue de frente luchando en nombre de su hijo, quien solo es culpable de querer un cambio hacia la democracia en Nicaragua. HOY/AFP

El encarcelamiento de su hijo llevó a Lylliam Ruiz a dejar su papel de ama de casa para organizarse y luchar junto con otras mujeres nicaragüenses por la liberación de los “presos políticos” del gobierno de Daniel Ortega. “Es una lucha dura, yo lloro cuando veo la foto de mi hijo, pero tenemos que ser fuertes para que nuestras demandas puedan ser escuchadas y nos entreguen a nuestros hijos”, declaró esta mujer de 57 años, en su modesta vivienda en un barrio en Managua.

Poco más de 600 opositores están encarcelados, según organizaciones y familiares, por haber participado en las protestas que estallaron en abril pasado contra el gobierno de Ortega, al que acusan de instaurar una dictadura marcada por la corrupción. Otros 500 murieron y miles se exiliaron en países vecinos tras la violenta represión gubernamental.

La madre del preso político, estudiante de periodismo, dice que non descansará hasta lograr su libertad. HOY/AFP
La madre del preso político, estudiante de periodismo, dice que non descansará hasta lograr su libertad. HOY/AFP

Ruiz es una de las dirigentes del Comité Pro Libertad de los Presos Políticos, una organización que —dice— se formó “de manera natural” en medio de la represión a las manifestaciones y desde donde mujeres como ella mantienen viva la lucha por exigir la liberación de sus hijos, esposos y hermanos detenidos.

Su hijo es Hanssel Vásquez, un periodista de 26 años. Renunció a su trabajo en una televisora del gobierno y era uno de los líderes del Movimiento 19 de Abril que encabezó las manifestaciones opositoras. Fue detenido en julio, pateado y golpeado en la cárcel y tres meses después fue condenado a 17 años de prisión por terrorismo y portación ilegal de armas.

Su madre recuerda que el día de la audiencia fue custodiado por cientos de policías “como si fuese un delincuente o narcotraficante”. El joven está recluido en una celda que comparte con 130 opositores en la cárcel La Modelo, al este de la capital, mientras su madre, trabaja en el Comité que brinda asistencia a familiares de los presos políticos.

“Me arrancaron el corazón”

Mientras cocina en su humilde vivienda, doña Juana López —madre de Ana Nicaragua, una estudiante de contabilidad de 25 años, detenida en septiembre 2018 en su casa con extrema violencia por policías y paramilitares— cuenta que el día que se llevaron a su hija le “arrancaron el corazón”.

Ana Nicaragua lleva con orgullo su lucha contra la reforma del INSS, a la que se unió en nombre de su padre. HOY/AFP
Ana Nicaragua lleva con orgullo su lucha contra la reforma del INSS, a la que se unió en nombre de su padre. HOY/AFP

“Se la llevaron casi desnuda”, esposada en una patrulla, relata la mujer, con el rostro marcado a sus 62 años por arrugas y la angustia. Todos los días rezaba y lloraba por su hija, mientras cuidaba de su esposo Adolfo, de 92 años, sentado en un sillón ajeno al drama que vive la familia debido a un derrame cerebral. A Ana la condenaron a cuatro años de prisión por portación ilegal de armas y obstruir las vías con barricadas durante las protestas, delitos que, afirma, no cometió.

Tras cinco meses presa le dieron casa por cárcel, y las patrullas de policías pasan a diario vigilando su vivienda en el empobrecido barrio Camilo Chamorro, donde trata de superar los problemas de ansiedad y gastritis que le dejó el encarcelamiento.

En nombre de su papá
Ana Nicaragua contó que se unió a las protestas porque no estaba de acuerdo con la reforma al Seguro Social que decretó el gobierno en abril pasado, que reducía la pensión de menos de 100 dólares mensuales que recibe su padre.

“Aspiro a una Nicaragua mejor”, dice la joven, que lucha por la liberación de los opositores, entre ellas sus compañeras de celda, con quienes pasó largas horas haciendo manualidades con pedazos de plástico para matar el aburrimiento de la reclusión. “Sigamos en resistencia porque esto pronto va a acabar y Nicaragua va a ser libre”, exclama, sentada ahora detrás de las rejas de la puerta de su casa.

 

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