El deseo del errante

El judío errante logró la redención a través del amor. No se pierda esta primorosa historia, podrá disfrutarla en esta época decembrina de compasión.

HOY/Ilustración: Oswaldo Acosta

HOY

No solo la familia circense de gitanos y saltimbanquis causó asombro entre los granadinos en aquella época. También un hombre solitario que rondaba sin descanso día y noche por los alrededores del Parque Colón.

Todos le recuerdan como el viejo del saco, pero… los que verdaderamente tuvieron la oportunidad de tratarlo aseguran que era más que un pordiosero hediondo a orines y sudor.

Llegó con los aires fríos de noviembre. Harapiento y con las plantas de los pies sangrantes. Pasó por la carpa de los gitanos y mamá Jofranka desde que lo miró lanzó gritos al cielo. “Por loz ojoz de zanta zara del mar, eze ez el judío errante… ez él”, dijo alterada.

El desdichado, cansado y con la lengua de fuera, rogó por un vaso con agua. Su petición fue en vano, los terribles saltimbanquis aparecieron entre brincos y le ahuyentaron como a una alimaña: “¡zus, zus, zus!”.

Los únicos que sonrieron ante su presencia fueron los gemelos siameses que en ese instante se bañaban en un charco con los cerditos azules de mama Jofranka.

El cuerpo que compartían estaba lleno de lodo, les costaba caminar, pero aun así, a rastras se acercaron velozmente al desconocido y le abrazaron las canillas. Ante el contacto físico, el vagabundo se sobresaltó y empujó a los pequeños con rudeza.

La hermosa Jayha, que había permanecido oculta por más de diez días debido al acoso de un lugareño, salió en defensa de sus hermanos. Los cargó en brazos y miró amenazante al vagabundo.

—Lo siento. Hace una eternidad que no me tocaban. No quise lastimar. Yo soy. Soy Samuel Beli-Bet, el mísero que le negó el agua al hijo de Dios. He rodado por el mundo en todos los siglos. No hay misericordia para mí. Ni yo mismo me la doy. Acepto mi destino. No me teman —dijo en tono quebradizo el legendario y mostró sus manos lisas a la joven.

Jayha abrió los ojos asustada. La falta de líneas significaba inmortalidad y nunca había visto tal cosa.

—Zeguí tu rumbo zin rumbo, acordate que zi te eztacionás el mundo ze llena de temblorez. ¡Largo! —clamó altisonante.

—El que me castigó al parecer quiere que esté aquí por un tiempo. Cada 500 años me deja reposar por unos días en algún lugar de la tierra muchacha. Me tocó aquí. Debo irme hasta que su voz retumbe en mis oídos como trompeta. Hasta que me diga: ¡camina, camina! —explicó el judío.

La joven entró nuevamente a la carpa con sus hermanos. Los niños lloraron inconsolables. Querían estar más tiempo cerca del visitante. Nadie entendió ¿por qué?

***

La mañana sorprendió al judío errante con los ojos abiertos y enrojecidos. Jamás dormía. Siempre estaba mirando hacia el infinito a esperas de que el Creador le llamara a descansar. Esa mañana las cagadas de los pájaros le cubrieron toda la cara. No sintió asco, pero se suspendió de inmediato de la banca cuando escuchó el llanto de unos niños.

Eran los siameses; indefensos sobre el pavimento. Ninguno de los paseantes se conmovió ante aquella escena, unos hasta lanzaron risotadas burlescas.

“Qué feos”, “son unos monstruos”, “tenían que ser hijos de gitanos”.

El judío precipitó sus pasos para socorrer a los menores. Los cargó y llevó a la banca. —¿Qué hacen aquí solos? —preguntó aturdido.

—Buzcamoz a uzted —respondieron los niños a una sola voz.

El errante se sorprendió ante aquella contestación. No comprendía por qué dos almas tan puras elegían compartir tiempo con un maldito.

Decidió llevarlos a la carpa, Jayha y mamá Jofranka estaban desesperadas buscándolos por todas partes. Cuando lograron distinguirlos a lo lejos salieron a su encuentro.

El antiguo Samuel Beli-Bet los entregó apresurado. “Llegaron solos al parque, no les hice nada”, dijo cabizbajo.

Mamá Jofranka notó la ternura que él despertaba en los niños y no pudo más que rendirse.

“Voz judío… podéz venir a vizitarloz todoz los díaz. No quiero que zalgan a buzcarte de nuevo. Puede zer que elloz te den el conzuelo que requeriz… penzalo”, le sugirió la madre gitana.

Jayha asintió con la cabeza conforme: “a pezar de tu naturaleza ziento que algo zaldrá bien de todo ezto”, sonrió agradecida.

Desde ese día, el judío pasaba todo el tiempo con los pequeños.

Las semanas le hicieron olvidar sus dolores espirituales. Los imperdonables pecados que había cometido en el pasado.

Sin embargo, temía el impulso de la ida. Esa ganas incontenibles de caminar cuando Dios suspendía su tiempo de reposo.

Resolvió en permanecer encadenado a un poste de alumbrado público, de 9:00 de la noche a 7:00 de la mañana.

“Así cuando me llame el de arriba no podré moverme”, pensaba ilusionado cada vez que los saltimbanquis le ayudaban a atarse.

Una noche, el ángel de la buenaventura lo visitó. Eso no pasaba desde hacía 15 siglos.

— Vos que todo lo has visto, te toca mirar la gracia de tu creador. Él te manda a llamar, serás levantado en cuerpo y reposarás en su palacio —dijo el ser del cielo.

—¿Ya? Esteeee. No. Decile que quiero morir como hombre, en carne. Decile que ya encontré un charco en el mundo para vivir. Tengo dos amigos. Andá ángel, contale —pidió el judío.

Aterrado ante la posible decisión de Dios, dedicó el día entero a los siameses.

Los paseó por el Parque Colón, jugaron con los cerdos azules y comieron la ensalada roja preparada por la hermosa Jayha. Antes que los niños fueran a la cama les besó las manos y les hizo una reverencia. Los saltimbanquis, como siempre, le ayudaron a encadenarse.

El trotamundo tuvo la sensación de que sus horas contiguo a la carpa de los gitanos estaban contadas. Al amanecer el ángel regresó.

—No pueden contrariarse las órdenes del Señor, sin embargo, él es benevolente, por eso te concede un deseo. Podrás elegir. —Apuntó el celestial.

Samuel Beli-Bet pensó por algunos minutos: “si me voy del mundo no volveré a ver a los niños”, “si me quedo aquí haré poco por ellos”… de repente solo expresó su petición.

—Quiero que los siameses sean felices, con un cuerpo completito para cada uno, yo no importo mucho… seguiré caminando. — Sonrió con tristeza.

El ángel le hizo un gesto de ternura con los ojos y juntó las manos. —Bendito seas judío. Los niños estarán bien, ahora… ¡camina pronto! Es tu última vuelta dice el Señor—.

El impulso de la ida apareció nuevamente. No hubo cadena ni candado que detuvieran a Samuel.

Cuando los gitanos despertaron, encontraron el poste torcido y las huellas de unos pies lodosos por la calle. Nadie supo a qué parte del mundo se dirigió el pobre. Eso sí… los siameses despertaron divididos y la emoción de sus cuerpos perfectos les hizo olvidar de inmediato a su amigo, que había cambiado su descanso eterno por amor a ellos.

El origen del judío errante

Después de haber sido azotado, los soldados romanos obligaron a Jesús a tomar su cruz y lo condujeron hacia el monte Calvario. En su trayecto, a través de las calles de Jerusalén, los judíos; aquellos mismos que lo habían aclamado con hosannas y aleluyas en su entrada triunfal a la ciudad, montado en un burro, lo insultaron y ultrajaron.

Cuenta la leyenda que entre esa multitud había uno hombre llamado Samuel Beli-Bet. Jesús, víctima del cansancio y la debilidad física, cayó con su cruz frente a él. Este cargaba a un niñito suyo en brazos. Jesús clavó su mirada en los ojos de Samuel, y le pidió un poco de agua. El judío, duro de corazón, le dio un empujón como respuesta, y le gritó: “¡Sus, Sus!, ¡camina pronto!”. Jesús le miró fijamente y le dijo: “Tú caminarás hasta que yo vuelva”. Samuel sintió correr algo raro por todo su cuerpo; puso a su hijo en tierra y se alejó asustado.

Se dice que desde ese instante Samuel se volvió inmortal y recorre los caminos de la tierra sin poder detenerse, porque cuando lo intenta, oye una voz que retumba como cien trompetas y le manda: ¡camina, camina! La tierra tiembla (y esa es la causa de los terremotos) y el judío errante tiene que seguir en su imparable carrera, hasta que el salvador regrese.

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