La justiciera

Esta mujer se vengó de su agresor de una forma atroz. (La justiciera, es un historia de ficción)

HOY/Ilustración: Luis González

HOY

Los carteles que anunciaban la gran fiesta de la Virgen María Reina se despintaron gracias al aguacero de esa tarde en Palacagüina.

Las calles fueron horriblemente decoradas por la porquería de los manjoles y las beatas de la Capilla Católica de la Luz se quedaron vestidas y alborotadas; con sus canastones de güirilas, tamales pisques, montucas, rosquillas y sus baldes de chicha bruja, listas para la feria del maíz en honor a la castísima.

“No se aflijan, hijas”, las consoló el cura mientras se tiraba un partidazo de ajedrez con el secretario político de la comunidad.

Todo parecía atrofiado. El evento del año, vencido por una lluvia más fuerte que la mirada de la santa de yeso que reposaba solitaria en el altar.

Doña Úrsula Arancibia, una de las participantes del evento, motivó a sus compañeras a ir acomodando las mesas en el corredor. “Padre… toque las campanas, ya es hora”, el religioso obedeció.

Úrsula era como la mamá de los pollitos… hermosota y mandona. Tenía una hija de 15 años, Paloma; esta le había heredado “las pechugas”, decían los hombres. Pero no el carácter.

La joven estaba irracionalmente enamorada de Dionisio Calco, un militar que tenía fama de bebedor consuetudinario y visitador de prostíbulos de mala muerte. Su madre, varias veces la había descubierto en el parque haciendo cuadritos obscenos con el tipo.

Esa noche, Paloma estuvo inquieta, pendiente de todo movimiento de la gente a su alrededor. “Pensá bien lo que vas a hacer, chavalita jodida”, le susurró Úrsula al oído.

Como a eso de las 8:00 de la noche, cuando el bailongo y la comilona habían viciado la festividad religiosa, Paloma aprovechó para alejarse de las enaguas de su madre.

HOY/Ilustración: Luis González

Úrsula la miró a la distancia y le hizo señas con el rostro para que regresara a su lado. En ese instante, el trote de un caballo se escuchó intenso. Dionisio Calco, vestido de verde olivo, apareció en la penumbra y amenazó con matar a quien se atreviera a detenerlo o seguirlo. Acomodó a Paloma en el potro y se la llevó.

Úrsula, desde su butaca metálica y sarrosa no se inmutó. “La cuidé lo más que pude, gente… ahora que ella se cuide sola”, habló altisonante mientras ahuyentaba las moscas con un trapo embadurnado de cloro.


Infierno en casa

El rapto de Paloma fue olvidado con el tiempo. Para los pobladores era algo común y hasta tradicional que los hombres se robaran a las mujeres de esa manera. Era un gesto de romanticismo absoluto y había que aplaudirlo.

Esa noche, nadie dejó de bailar, comer, ni beber por ir en busca de la joven. Ni su propia madre. Todos celebraron la bravura y determinación de Dionisio. Las jovencitas estaban excitadas y risueñas por el acontecimiento. No paraban de hablar de lo guapo que se miraba el militar con su uniforme y de lo mucho que gozaría Paloma entre sus brazos.

La primera experiencia sexual de la muchacha no fue del todo hermosa. Dionisio estaba apresurado por embriagarse y ya borracho la poseyó torpemente. La brutalidad del acto hizo entender a Paloma que su príncipe era un salvaje y que quizá fue un error haber aceptado huir con él. Despertó con moretones en los muslos y los pechos. Adolorida hasta los huesos.

La tiranía sin máscara inició a los meses de convivencia. Dionisio le exigía a su mujer que se levantara a las 4:00 de la mañana a lavar sus uniformes, limpiar la casa y preparar el desayuno. Si no lo hacía la abofeteaba y le gritaba cualquier grosería.

Al año de vivir juntos. La cara de Paloma parecía una rosa marchita, 16 años y lucía como una anciana. Pálida, delgada y embarazada; cargaba los baldes llenos de agua para poder cumplir con sus quehaceres. Dionisio había prohibido las visitas de su madre y sus amigas. Tenía que ingeniárselas sola. “Es mejor soportarlo que caer en la boca del pueblo”, se repetía la muchacha cada vez que le entraban las ganas de escapar.

El nacimiento de Maryu no provocó cambios en el militar. Seguía llegando a casa borracho. Con la violencia en todo el cuerpo. Paloma ocultaba a la niña y a veces hasta le daba algún trozo de pastilla para dormir. Temía que su compañero se irritara y terminara golpeándola.

Una noche, la bestia llegó a trompicones. Destilaba el agua ardiente por los poros y hablaba mil locuras. Dañó la puerta y se enrumbó a la recámara.

Paloma estaba con la niña bajo las sábanas. Se hizo la dormida, pero no por mucho tiempo.

—Dionisio, por favor, no me lastimés— rogó la joven. Pero este, con un rostro endiablado, ojos saltones y caninos expuestos, abusó de ella a su antojo. La niña cayó de la cama y se golpeó la cabeza. El llanto de madre e hija enlutaron la noche.

Peligro

Maryu creció en un ambiente violento en extremo. Miraba a su madre llorar sin vergüenza, acostumbrada al maltrato. Era como si hubiese adaptado su cuerpo a los golpes.

—Mami, ya no quiero que te pegue —dijo la niña.

Ambas estaban en la cama, abrazadas y trémulas. En cualquier momento, Dionisio, poseído por algún Leviatán, tiraría la puerta y desataría el infierno.

Pero… esa noche todo fue extraño. El militar llegó borracho, como siempre. Sin embargo, no se acercó a la recámara. Se acomodó en la hamaca que colgaba en el patio y empezó a roncar.

El alivio inundó el corazón de Paloma, abrazó a su hija y se propusieron dormir.

Antes que el gallo cantara, Maryu se levantó a tomar agua. Miró a su padre, que a los cinco metros se soplaba con la camisa y silbaba.

—Vení, amor.

— Ya va, papa.

—Dormiste bien, ¿verdá?

— Sí. ¿Ya no le pegarás a mi mama?

— No, amor… eso lo hacía porque ella se portaba mal y yo estaba triste. Ahora estoy feliz. Acostate aquí conmigo. Eso me va a poner más feliz aún.
La infanta sonrió emocionada. Su padre jamás había sido tan afectuoso. No dudó en complacerlo. Se dejó abrazar por el culpable de sus desvelos.

Dionisio sudaba chorros y entre hondos suspiros acariciaba el cabello de Maryu, sus oreja… de repente… colocó sus manos cerca de su pubis. La pequeña se intranquilizó.

— Papa… regresaré con mi mama —dijo asustada.

— No, no , no… hoy me vas a hacer feliz, sino tendré que matar a tu mamita.

— Pero papito…

Dionisio tapó la boca de la niña con su mano derecha y la manoseó con la otra. En ese momento, Paloma despertó. Su corazón de madre le alertó a gritos que su hija estaba en peligro. Se levantó de la cama y corrió al patio.

Tomando una resolución súbita, se abalanzó sobre la bestia y le mordió los hombros. El dolor desconcertó al abusador y la niña logró escapar.

Esa noche, la ira del militar se agigantó. Golpeó a Paloma hasta el cansancio y luego la arrastró hacia el cuarto. Maryu se ocultó tras unos matorrales y desde ahí escuchó los gritos de su madre.

Cuando los rayos del sol se llevaron las tinieblas de la casa, Paloma salió apurada hacia la cocina. Tenía heridas en todo el cuerpo, pero… desprendía una energía inusual. Se enrumbó a la cocina, escudriñó en unos cajoncillos hasta que encontró lo que buscaba: un cuchillo.

Llamó a Maryu, que jugaba con una muñeca en la misma hamaca donde horas antes su padre había intentado violarla.

— “Amor… prepará el caballo”.

— Sí, mami.

Paloma caminó a la habitación con el puñal en la mano. Miró a Dionisio dormido, con las piernas abiertas, hediondo a sexo y alcohol.

“Ha llegado el día”, pensó para sí misma. “Hoy cortaré de raíz con esta relación suicida. Te llamabas Dionisio Calco”. Se acercó a él, le sujetó el pene y se lo cortó de un tajo.

Cuando salió de la casa, Maryu la esperaba ya montada en el potro. La mirada de Paloma estaba perdida.

En el camino, la niña estuvo a punto de caer por el galope. Paloma la sostuvo con dificultad. Fue hasta ese instante en que notó el órgano viril sangrante de Dionisio en su mano. Sonrió alocada y lo lanzó a un corral, donde una docena de cerdos se alimentaban.

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