Yo te encuentro amor…

(Yo te encuentro amor) es un relato de ficción... espere una historia distinta cada domingo.

HOY/Ilustración: Oswaldo Acosta

HOY

Querela despertó antes que el sol y el mar. Se puso sus chinelas de gancho y caminó por la ciudad como un fantasma.

Unas docenas de perros callejeros sintieron sus pasos en la oscuridad y la siguieron hasta llegar al puente de Zumballa. En ese punto, el viento sopló con más fuerza y los caninos aullaron aterrados. Ninguno continuó la marcha… se quedaron inquietos, cerca de un árbol de tigüilote, llamándola y previniéndola de algo, entre ladridos.

La choza del brujo Nutria era chocante… en su puerta, colgaba una aleta de tiburón descompuesta que servía de templo para las moscas y los gusanos. El hedor era inaguantable. Nadie en su sano juicio llegaría con sus propios pies a la guarida del hombre más temido de Bluefields.

La mujer ingresó a la barraca sin avisar. El anciano asintió con la cabeza en gesto de bienvenida, mientras le sacaba los ojos a un pescado con los dedos.

—Pescado crudo y carne de tortuga en la madrugada… no hay mejor remedio que este… ¿querés probar? —preguntó con la boca llena de sangre.

—Nooooo… yo ya comí abuelo… le traje lo que me pidió.

—Aaaaaa bueno… solo esperemos que las almas de los ahogados vuelvan al mar.

—Estoy desesperada… necesito respuestas.

Cuando el sol tocó las corrientes del Caribe, el brujo centenario prendió tres velas azules… llamó a las fuerzas siniestras del mar, y… en un altar hecho con palmeras negras y arena de las profundidades, colocó la foto de Richard Saeta y la libreta donde este escribía notas de amor para su nieta un día antes de cada viaje. El último mensaje decía: Negra de mi vida voy a traerte bastante langosta para que hagamos un hijo fuerte.

Saeta era el capitán de la embarcación ‘Chulo de Agua’, que había desaparecido con otros doce tripulantes hace tres años, en las aguas del Caribe Sur.

La búsqueda del Chulo fue una de las más sonadas de todos los tiempos… en las operaciones de búsqueda participaron submarinos estadounidenses y buzos traídos de Rusia por la Primera Dama. Todo fue en vano… nunca encontraron nada.

Diariamente, Querela visitaba el ancladero con la esperanza de ver a su esposo contando las nasas de don Cachorro. Pero el espejismo se disipaba cuando algún pescador calenturiento intentaba corromperla: “Mamita, usted tiene que quitarse esa tristeza con un buen marino, uno que sepa timonearla”, “Demos una salidita y le voy a recordar lo que es bueno”, “Móntese en mi barco y yo la paseo bien”… le decían lujuriosos.

Por vos…

—Dígame abuelo, ¿qué dicen los espíritus de mi negro?

Nutria puso los ojos en blanco y evacuó espuma por la boca.

—Yupetulaya, yupetulayapu… los espíritus quieren que entregués tu cuerpo a su señor en luna llena. Solo así te darán información de Saeta — refirió el anciano entre escupitajos verdosos.

—¿Cómo haré eso abuelo?

—El mar te lo va a indicar chavala, te acompañaré, el plenilunio es hoy. Preparate.

La luna estuvo lista como a eso de las nueve de la noche. Querela se puso el vestido de su casorio y caminó hacia el mar confiada. Cuando las aguas saladas besaron sus pies, sintió una energía que le recordó las noches de pasión con su marido. Se entregó a las olas, y sus pezones disfrutaron de las caricias del dios. El ritual culminó cuando la mujer gritó SAETA plácida y en llanto. Salió cubierta de espuma… preñada de vida.

—Ahora no solo sos de tu marido mujer… también del mar. Y no sé cómo te va a reclamar. Los espíritus ya hablaron.

—¿Qué dijeron abuelo? ¿Richard está vivo verdad? Dígame que sí —suplicó Querela entre mareos.

—Sí mija, está vivo, pero ya no se parece al hombre que recordás. Él y cinco marinos luchan por sobrevivir en una isla maldita, que no aparece en los mapas. Ellos caminan desnudos, cubiertos de lodo. Tienen las barbas hasta el cuello y la carne pegada al hueso. No les queda mucho tiempo.

Sin opciones

Nutria convocó a los brujos de todas las comunidades para contarles lo que habían revelado los espíritus. Querela estaba a su lado, con una túnica negra que le cubría hasta los pies. Todos los invitados eran longevos, con rostros secos y sin luz.

—Tenemos que buscar la manera de ayudar a los marinos sobrevivientes del ‘Chulo de Agua’… nunca nos metemos en estos asuntos, pero esta vez está en juego la felicidad de mi nieta.

—Yo opino que hagamos un pacto con el señor tenebroso. Es la única manera de entablar comunicación, y vos lo sabés Nutria —comentó Mastil, un hechicero oscuro, famoso por matar a sus enemigos con el aliento.

Cuenta la leyenda que el viejo ganó un boleto de ida y vuelta al infierno, se hospedó en el hotel Damianis y cenó con Lucifer, por seis noches, lechuza asada.

—Tenés razón Mastil, ¿todos estamos de acuerdo verdad?

—Sí señor —respondieron los brujos a una sola voz.

Lejos de casa

Las aguas retrocedieron cuando salió el sol. Una bandada de pájaros emergió de las profundidades del mar. Se posaron en los monstruosos árboles humanos. Así les nombraron los marinos al llegar a la isla desconocida.

Lo más raro de esos árboles eran sus frutos. Caían cada mañana en forma de capullos y al tocar tierra se abrían como rosas, es más, olían a rosas frescas. Minutos después, brotaba una figura femenina, completamente desnuda y hermosa que comía arterias azules del tronco y finalmente, convulsionaba hasta morir.

El evento no dejaba de sorprender a los marinos… muchas veces intentaron acercárseles para poseerlas, pero antes de terminar el acto, las criaturas se deshacían en sus manos.

Esa mañana cayeron 13 lindas mujeres que les recordaban que eran hombres. Las vieron nacer y morir de inmediato.

La isla era una belleza a simple vista, árboles altísimos, peces terrestres. Una fauna nunca antes vista, pero lo aterrador eran las fieras que succionaban la vida a besos.

—Caminaremos al norte, cúbranse bien de lodo, no quiero que nos siga ningún besador —señaló Saeta mientras cubría su rostro de fango.

El recorrido fue placentero. Brincaron riscos y comieron de una planta con sabor a pollo. El único percance fue que a tres de los marinos, Tulipo, Chalo y Catalán, les dio una diarrea del diablo. Ese día evacuaron hasta pequeños trozos de intestino. “Estos no pasan de hoy”, pensó Saeta para sí mismo.

Cuando el sol empezó a tocar las aguas, treparon los árboles humanos con dificultad. El agua cubrió la isla y los besadores iniciaron su masacre.

La solución

Los brujos cerraron el puente de Zumballa. Uno de ellos se quedó rondando con el propósito de causar miedo en los curiosos.

Los blufileños estaban inquietos. Presentían que sucedería algo horrendo. Nutria esperó que llegara la noche para iniciar el ritual.

Querela fue enterrada en la arena, solo su cabeza quedó expuesta.

—Ya sabés hija, cuando despertés no comás nada de ese lugar, eso te mantendrá con vida, aguantá y recordá que vas de visita, a saber qué pasó con la embarcación y a despedirte de tu esposo. Él jamás podrá regresar a esta dimensión. Quedó atrapado para siempre y solo la muerte lo va a librar.

Querela hizo silencio, escuchó a su abuelo detenidamente y se guardó la tristeza. Los brujos empezaron a dar vueltas alrededor de su cabeza. Cantaron en lenguas de otros mundos.

Una figura sombría se plantó en su mente.

—Querela… ¿sabés quién soy verdad?

—Sí… mi abuelo me dijo. Sos el guardián de todas las dimensiones… quiero ver a Saeta, mi esposo. Solo le llevo un mensaje, también quiero despedirme.

—Vos sos mujer de Saeta y del mar… al final el dios tomará lo que le pertenece. Pasarás. Lamento tu suerte.

El despertar

Tulipo, Chalo y Catalán amanecieron muertos, Saeta y sus dos acompañantes: Saulo diente de oro y Terramino, enterraron sus cuerpos.

—Ya están en mejor vida — expresó Saeta, ahora tenemos que buscar la manera de volver a casa. Mi negra me está esperando.

El trío estaba débil, después de cubrirse de lodo reposaron bajo la sombra de un árbol humano, ese día no hubo caminata en busca de alimento.

Al caer la tarde Saeta vislumbró a lo lejos una fruta del árbol de carne. Era un capullo diferente, azulado, con manchas negras.

—Seguramente la mujer que hay dentro es la más fea de todas —comentó en voz alta. Sus amigos lanzaron una risotada.

El capullo se fue abriendo poco a poco… de este salió una mujer que le pareció conocida. El marino se puso en pie y alerta.

La criatura intentaba levantarse, pero sus piernas se desvanecían. Tenía la piel morena y los pechos puntiagudos. De repente emitió un sonido poco claro.

—Mmmmmtaaaaaaaaa… Sssssssstaaaaaaa… Saaaaaatttttttt… Saetaaaaaaaaa —gritó la mujer ansiosa.

Los marinos se sorprendieron…

—¿Es mi Querela verdad? —preguntó Saeta sin respirar.

No esperó respuesta y corrió a verla.

El reencuentro fue conmovedor… sobraron los abrazos…

Saeta cargó a Querela hasta la copa de un árbol para protegerla de la noche y de los besadores. Sus compañeros se quedaron en otros árboles, confundidos y tristes porque ellos jamás volverían a ver a los suyos.

—¿Cómo hiciste eso Querela?… no entiendo nada.

—Mi abuelo es Nutria, acordate… él y otros brujos me ayudaron a encontrarte.

—La pareja conversó toda la noche y parte del amanecer en silencio. La angustia de tres años se disipó en un par de horas, cuando las corrientes de agua retrocedieron, ambos estaban exhaustos. Saeta le contó a su mujer lo que ocurrió el día del naufragio.

—El cachorro nos engañó Querela… no solo llevábamos nasas. Íbamos cargados de coca. El viejo se la robó a unos colombianos quién sabe cuándo. El muy pendejo huyó de su muerte, nos mandó a Little Corn Island a morir. Los mafiosos no solo querían recuperar la mercancía, tenían órdenes de matar al ladrón y sus secuaces. No encontraron al viejo, pero arrasaron con nosotros. Mataron a siete, los que tenían conocimiento de las cochinadas del Cachorro. A nosotros, como éramos nuevos, nos dieron la opción de saltar y morir ahogados o devorados por los animales. Pero… cuando saltamos, algo pasó Querela… en las aguas se formó un remolino y todos fuimos succionados. Despertamos vivos en este lugar sin nombre. Los trozos del barco quedaron esparcidos en la Costa de las Perlas. Asustados, nos adentramos a esta selva y encontramos cosas aterradoras. Lo peor de todo son los besadores.

—¿Qué son los besadores Saeta? —preguntó Querela asustada.

—Son unos animales monstruosos. Con bocas gigantes y cuerpos de gusano. Son como camaleones. Podés tenerlos a la par y no los distinguís. Te absorben la sangre. A veces lo hacen con los frutos del árbol de carne. Aquí no hay alimento, no hay comida que nos haga bien. Estamos muriendo.

Saeta miró cómo su mujer empezó a empalidecer. No se atrevió a bajarla del árbol por temor a perderla como pasaba con las otras frutas. Sabía que en cualquier momento desaparecería para siempre. Y así fue, a la media hora, Querela perdió el color y el peso… su cuerpo quedó como una calcomanía.

El único destino para los marinos era la muerte… cuando pisaron tierra, fueron atacados por un grupo de besadores hambrientos.

Pesadilla

El ritual había terminado… los brujos ya estaban al tanto de lo ocurrido con la embarcación ‘Chulo de Agua’… Saeta les había proporcionado información valiosa y estaban dispuestos a tirar las cartas y los caracoles en venganza.

Querela fue desenterrada por su abuelo… la mujer estaba perdida en sus cavilaciones. El viejo la llevó a su jacal y le dio de beber sangre de tortuga.

—Esto te va a ayudar hija… bebé, bebé —decía mientras le llenaba la boca del líquido rojizo. La dejó acostada en un petate y regresó con los otros.

Juntos se enrumbaron a la ciudad, cruzaron el puente de Zumballa y las aguas se alteraron. Los perros ladraron impacientes. La gente salió a sus patios con rosarios y oraciones.

Cuando los hechiceros llegaron a casa del Cachorro se tomaron de las manos y el desventurado que se mecía en una hamaca, inmediatamente, sufrió un infarto que lo debilitó, seguido de una infección cutánea que con los días empeoró. La bacteria llegó a carcomerle la carne de los brazos y los pies. Murió al mes, sumido en el dolor y la miseria.

La entrega

Esa mañana el mar estaba inquieto… sobre la costa se formaron veinte zurcos con dirección a Bluefields. Como a eso de las tres de la tarde, las corrientes ya habían alcanzado la ciudad y las casas empezaban a inundarse.

El fenómeno extraño causó miedo en la población y las autoridades sonaron la sirena de tsunami, con el propósito de obligar a la gente a salir de sus propiedades y buscar puntos con suficiente altitud. Todos, entre ellos Querela, fueron a la colina Palante y desde ahí admiraron con terror el comportamiento del mar. Nadie, ni los especialistas de Ineter, lograron darle nombre al evento.

Cuando el sol empezó a esconderse, el mar ya casi alcanzaba la colina. Los blufileños en llanto, llamaron a Dios, pero este parecía haberlos olvidado. Los únicos que asomaron sus narices fueron los brujos.

Mástil llegó cubierto de plumas negras, detrás de él, los demás brujos arrastraban el cuerpo de Nutria.

—Querela, tu abuelo desafió al tenebroso para protegerte de tu dueño: el mar. Tuvimos que interceder. Mujer… en unos minutos el ser de las aguas arrasará con todo el territorio. Él te reclama. Si no te entregás moriremos todos. Ahora, de todas maneras, si no te sacrificás, te lanzaremos a la fuerza.

“Hacé algo bruja”, “Entregate hija del demonio”, “Querela pensá en que hay familias enteras y niños aquí”, decían exaltados los blufileños.

Querela miró hacia el horizonte y escuchó la voz de Saeta: “Vení amor”…

Sin ser obligada, se lanzó a las aguas y desapareció en ellas, unos dicen que se convirtió en espuma, otros que murió como una mortal, por eso su espíritu logró reunirse con Saeta y ahora viajan por los abismos de la muerte en un eterno amorío.

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