La Camillanagua

(La Camillanagua ) es un relato de ficción... espere una historia distinta cada domingo.

Fotoarte: Oswaldo Acosta

HOY

Todos en la sala de recuperación nos quedamos perplejos al ver al negro Lolo en esas condiciones. Siempre nos había parecido fortachón, un hombre sin miedos, pero esa noche, casi se meó en la bata vieja que le habían dado en el hospital.

De repente, empezó a rogarle a la enfermera de turno, una muchacha ojerosa y con buen trasero, que por favor le ayudara a cambiarse de camilla, porque el cachudo le había tocado la pierna y estaba seguro de que se le iba a engusanar.

Todos nos reímos de su alucín. Yo estaba en la sala porque me había intoxicado intencionalmente con unas pastillas y me habían hecho un lavado gástrico de emergencia. En esa época la vida me apestaba. Pero bueno, esa es otra historia que no voy a contar ahora.

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El caso es que Lolo jamás mintió. A la mañana siguiente, los doctores revisaron las puntadas en su cabeza, hacía dos días que le habían extraído unos cuágulos y querían descartar cualquier anomalía o infección. No encontraron nada peligroso. Pero, cuando le hicieron una inspección general, descubrieron algo extraño en su pierna izquierda, un orificio. Le sajaron de inmediato y hallaron en sus músculos más de una docena de gusanos gordos, el hedor era insoportable.

“Les dije jodidos que el demonio me tocó y ahora me voy a morir”, lloró Lolo amargamente por casi media hora. Ese día todos en la sala nos asustamos, como a las 9:00 de la noche, el broder empezó a temblar, sentimos una cosa espantosa recorrernos el cuerpo. Al rato, de uno en uno nos fuimos quedando dormidos, fui el último, estaba cagado, Lolo parecía agonizar y yo tenía la certeza de que en el cuarto andaba la muerte agarradita del brazo del diablo.

La camilla tres estaba limpia al amanecer, no había rastros de Lolo, le preguntamos a la enfermera qué había sido de él, y solo pudo decirnos que ya había pasado a mejor vida. La noticia nos puso chiva, meditamos por largas horas el asunto y llegamos a la conclusión de que en esa sala había un ente maldito. Con el paso de los días pude salir a caminar un poco, los matasanos no se atrevieron a despacharme porque aún tenía inflamado los intestinos y el estómago. Nadie de mi familia llegó a visitarme. Yo era como un perro callejero, con un poco de clavos con la justicia. Había decidido morirme cuando descubrí que mi jaña, otra joyita igual a mí, se había enculado de uno de sus clientes nocturnos.

En mis recorridos por los pasillos del hospital público miré todo tipo de personas, viejos estirados que no querían hacer filas porque se las daban de fresas, y la barriada como yo, capaces de pasar días enteros sentados en el suelo, solo para verles las jetas arrugadas a los doctores. En esas andanzas conocí a Palomino, un anciano con apenas tres dientes y más de 80 años de edad. Era famoso por acalambrar a la gente con sus historias de fantasmas en el hospital y se ganaba la comida haciendo mandados, me contó que la mayoría de sus relatos eran puro invento… tenía madera de escritor, pero me aseguró que el terremoto del 72 le arrebató todo: su familia, sus amigos y sus planes.

Palomino me contó la historia de la enfermera dañina que operaba sin anestesia y que espantaba a los hombres que arribaban al quirófano. La historia de la niña que murió de cáncer y salía a las tres de la madrugada en busca de su muñeca favorita, también me relató las aventuras de Ovidio Villalta, el maje a quien lo palmó la guardia en la insurrección. Siempre me pareció que se la fumaba verde, pero luego me acordaba que el viejo apenas andaba para un atol. Todas sus historias me causaban risa. “Solo vergas sos viejo hijueputa”, le decía. Pero, hubo una que sí me sacó de onda, me hizo pensar en Lolo, y la manera rara en que murió.

El origen del mal

Las agujas del reloj marcaron la una de la madrugada. La sala de espera del hospital Mano Divina, estaba atestada de gente triste, de esas que solo saben recibir malas noticias en la vida, entre todos ellos figuraba don Jacinto Prado, un leonés gatuno, de piel rojiza, que llevaba más de tres días sin pegar el ojo, su esposa, doña Columba, reposaba en la sala de recuperación, le habían puesto un marcapasos y su condición no era favorable.

Don Jacinto recordó la madrugada en que perdió a sus tres hijos. —Ellos quedaron bajo los escombros hermano —comentaba a un joven que lloraba por su madre muerta.

La memoria de la sangre de sus hijos mezclada con la tierra, el yeso y los trozos de bloque le abarrotaron la cabeza de dolores y miedos. Jacinto pensó en su esposa, estaba seguro de que más pronto de lo que esperaba la muerte Quirina se la arrebataría.

Caviló hasta quedarse dormido. Como a eso de las tres de la madrugada despertó exaltado, caminó al parqueo para despejarse. Sus enojos con el Creador eran inmensos, todavía no le perdonaba el arrebatamiento atroz de sus chavalos, por eso no se atrevía a elevar ninguna oración. “Por lo menos dejame llegar sin dientes con mi Columba jodido”, reclamó a Dios con los ojos puestos en un mango recién caído. Se reclinó a recogerlo, en ese preciso instante escuchó una voz a sus espaldas. Se le erizó la piel y un temblequeo dominó sus canillas.

—¿Quién sos? —interrogó Jacinto sin el coraje de voltear para ver de quién se trataba.

—Te recomiendo que te quedés así, no girés. Yo tengo muchos nombres y formas, podés llamarme como querrás, hay varios, está Lucifer, Beelzebul, Satán, y el favorito de los envangélicos: el anticristo —explicó la voz con un acento fatal.

Jacinto tuvo miedo, pero algo en su garganta no le dejaba gritar, tampoco podía correr. —¿Sos el diablo verdad? —preguntó aterrado.

—Qué mal gusto, es el peor nombre que me han puesto los humanos, hasta Dios me llama luz bella —dijo en tono burlesco. —Te tengo noticias, una mala y una buena, la primera: en un rato tu mujer se va a morir. Pero estás de suerte, hoy amanecí con buen humor y si te portás bien, puedo darle más vida.

Jacinto puso atención a la propuesta, una tristeza profunda dominó su pecho, no pudo resistirse.

—¿A cambio de qué bestia? ¿De mi alma? —le habló desafiante. El de muchos nombres soltó una risotada.

—¿Tu alma Jacinto?.. nooooo, tu existencia es miserable, no me sirve de mucho, yo quiero más. Pero tranquilo, tampoco tomaré a Columba. Haremos otra cosa —declaró sibilante.

—Poné atención despojo, tu mujercita hoy mismo presentará mejoría, te lo juro por mis legiones. Pero, decenas de almas tendrán que pagar el precio. Así como en tu pueblo de espantos hay una carretanagua que se lleva en el saco a todos los que están enfermos, en este hospitalucho habrá una camilla bruja, todo el que se acueste en ella morirá, yo guardaré sus almas en los abismos del mundo hasta que Dios se rinda y me entregue las llaves del reino. Algo más, la maldición no acabará hasta que vos te acostés en la camilla agonizante —explicó el demonio con total sencillez.

Jacinto pensó por unos segundos en la cantidad de personas que por desgracia llegarían a la camilla maldita. Pero nada le detuvo.

—Acepto cachudo —decidió alegremente y con un entusiasmo insulso regresó a la sala de espera. La enfermera le llamó inexpresiva, era la hora de ver a su esposa. Columba tenía un buen aspecto, los médicos calificaron con un 10 su recuperación, en dos días regresaría a casa. Mientras tanto sería cambiada de área.

La camilla tres de la sala de recuperación del hospital Mano Divina fue ocupada por una jovencita con problemas de tiroides, pese a que ya no estaba en esa área, Jacinto estuvo al pendiente de cualquier acontecimiento extraño, nada indicaba gravedad, pero, de la noche a la mañana la muchacha empezó a convulsionar hasta morir con los ojos, los oídos y la boca ensangrentados. Este hecho confirmó los temores de Jacinto, se le pusieron los pelos de punta y efectivamente entendió que el demonio había iniciado su cacería.


MUERTES INEXPLICABLES

Palomino me había llenado la cabeza de cochinadas, yo que no creía en babosadas del demonio y los espantos de la noche, pero ahora dormía con las patas encogidas y las sábanas hasta el cuello. Me imaginaba a la muerte jugando con los monitores, tal como si se trataba de un videojuego. La imaginaba gacha con las patas huesudas y sin ojos.

La camilla de Lolo seguía vacía, a pesar de que algunos dormían incómodos en sillas o colchones consumidos, no tenían el valor de reposar en el camastro maldito.

Una mañana llegó Azucena Gallejas, la caraceña más bonita que mis faroles habían visto. Le habían operado de apendicitis, según los doctores la chelita estaba fuera de peligro, pero después de 24 horas sufrió un infarto fulminante de la nada. Después de ese acontecimiento empecé a pedirle a los médicos mi salida, mis ojos estaban viendo como la camillanagua hacía de las suyas.

Don Palomino tenía razón, esa historia era real. Me esforcé por recordar las oraciones que ya había olvidado, pero fue en vano, porque en dos semanas, mientras esperaba que mis tripas volvieran a su normalidad, desfilaron más de 8 personas muertas. Los médicos y enfermeras se hacían los locos ante la situación, llegué a pensar que todos estaban aliados con el demonio, se susurraban cosas al oído antes de llevar a una nueva víctima.

Mi permanencia en el hospital me cambió la vida, semanas antes, todo en mí era un saco de basura, quería morirme, pero al ver la deliberada canallada del demonio empecé a valorar mi existencia. En mis últimos días decidí orinar en la camilla para que nadie se atreviera a dormir en ella, resultó hasta que me descubrieron. Como último recurso busqué al director del hospital, el pijudo me dijo que no me hiciera ochos el cerebro, que cuando la pelona llegaba, no había quién la detuviera. Me molestó su desinterés, decidí marcharme con toda la mala educación posible. Antes de cruzar el marco de la puerta el hombre me detuvo.

—Te recomiendo que te quedés así, no girés. Yo tengo muchos nombres y formas, podés llamarme como querrás, hay varios, está Lucifer, Beelzebul, Satán, y el favorito de los envangélicos: el anticristo.

La piel se me puso de gallina, tenía un torozón en la garganta que no me dejaba gritar.

—Muchacho, bien te pude llevar conmigo. Vos tenías talento… pero te echaste a perder. De repente, empezaste a razonar. Te llevabas el anillo sin cortar el dedo, la cadena sin atravesar el cuello, la cartera sin violar a la muchacha… sos más bueno de lo que parecés… eso te jodió.

Cuando el ‘supuesto’ director del hospital dejó de hablar y yo recobré el aliento, salí despavorido a la sala de recuperación, en la entrada me esperaba una enfermera, tenía en las manos mi epicrisis.

—Usted ya está listo para irse —me aseguró con placer. No lo dudé ni un segundo. Entré a sacar mis peleros, cuando de repente miré a don Palomino acostado en la camilla tres.

—Anciano imbécil qué hacés aquí, vos mismo me dijiste que la camilla estaba maldita y yo acabo de tener una entrevista con el mero diablo —le dije casi en pánico.

—Te vas a morir papito, bajate, vámonos a otro hospital, yo te llevo.

Palomino tenía la cara amarilla. Una enfermera se acercó para pedirme que dejara de molestarlo.

—¿Qué hiciste viejo bobo? —gritaba alterado.

—Hoy se acaba la maldición muchacho, hoy Jacinto Prado pagará con su vida, ningún inocente más morirá en esta mugre. Tuve largos días de paz con mi Columba, pero murió de la forma más trágica, aplastada como perro en una de las carreteras de Managua, yo no la dejé morir en su tiempo, con dignidad. Estoy seguro de que mi alma ya tiene lugar en el infierno, salí de aquí y componete chavalo, no le hagás caso al diablo.

Al escuchar a mi moribundo amigo sentí compasión por su alma… ¿Para qué regañarle o criticar sus decisiones?

—Haber Palomino recemos… Padre nuestro que estás en los cielos…

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