Todo por una herencia

(Todo por una herencia) es un relato de ficción... espere una historia distinta cada domingo.

Infografía: Luis González

HOY

La sonrisa quería escaparse de su boca como un vómito, como flatulencia después de comer una mala combinación de víveres, como el gusano que nace naturalmente de la carne descompuesta, como la pus y el excremento. Así de chocante.

¡Lo hiciste, Erim, lo hiciste, sos de los míos! —resonaba una voz en la oscuridad de sus pensamientos. El veinteañero tenía los ojos a punto de salirse de sus cuencas, ardoroso, como un drogadicto en plena ansiedad; miró a su alrededor y todo le resultó común. Una noche más en su fracturada vida. Mientras tanto, en el mundo de los muertos tres almas quejumbrosas preguntaban a gritos: “¿Por qué lo hiciste?”, “¿por qué?”.

II

La casona se sentía más grande que de costumbre, los puntos del crimen eran un desastre, sangre, tripas y trozos de sesos regados por el suelo y algunos muebles. —Ahora todo esto es mío, como debió ser desde el principio —expresó el joven, mientras quitaba un fragmento de masa encefálica de su camisa. La textura del cerebro de su padre le resultó viscosa y blanda como un malvavisco. Pensó: “¡Él siempre fue así, blandengue y fácil de manipular!”.

Erim había perdido la noción del tiempo, el reloj de pared que su madrastra compró hace un año en la celebración de la Virgen de Cuapa marcó las 3:00 de la madrugada; suspiró, cerró los ojos y cantó con una incorregible locura: “El último en la casa de Saúl, ya no será más aquel, a quien nadie le da valor… vas a vivir en la casa del rey, vas a comer en la mesa del rey, vas a vestir las ropas del rey”.

III

Cuando el reloj marcó las 4:00 a.m., Erim abandonó la pieza del homicidio, bajó a la sala para descansar un rato en el sofá de su media hermana muerta, pero antes, llamó a Francisco (Pancho), su aliado. Le recordó sus obligaciones: —Tenés que dejar el piso blanco, todo limpio, ‘broder’, sin ‘cagadas’.

—Dejámelo a mí, chavalo, hacete tu viaje al taller, andá para que te desengañés, la fosa está como si nunca removieron la tierra, tranquilo, ya solo me falta la última lavada del cuarto, quitar el tufo con el cloro y el ambientador… honestamente, maje, la que sí me dio pesar fue tu hermana, estaba bien bonita la chavala jodida, hubiera sido bueno jugar un rato con ella antes de acribillarla —comentó mientras secaba el sudor de su cara con un trapo mugriento lleno de tierra y sangre.

Erim escuchó en silencio las palabras de Francisco, le sorprendió su franqueza y entendió que estaba tratando con un enfermo, quizá más dañado que él. Era difícil aceptar que el miserable caponero era un psicópata en potencia; llegó a sentirse culpable de todas las personas que morirían a manos del nuevo asesino que tenía en frente: ¡Tan incapaz que se miraba el veterano, en cuanto termine su trabajo lo saco de aquí! Le dio un aparente golpe amistoso en el hombro izquierdo y bajó a descansar en el sofá acolchado que siempre anheló.

IV

Con actitud retraída Erim merodeó por las calles del barrio La Siena de Managua, una zona marginal donde llegó después de haber vivido 16 años con su padre en la gran casona, ubicada en el área de comercio pesado del mercado Oriental. Hace mucho tiempo, su madre, doña Patricia Castellón, también había morado en la conocida mansión.

Una oleada de recuerdos tiernos salieron de su hipocampo y corteza prefrontal, las áreas del cerebro encargadas de almacenar memorias, llegaron a sus ojos en forma de lágrimas. Ese momento de fragilidad le duró solo unos minutos. La reprimenda de su padre horas antes le habían avivado el resentimiento y la ira. El rugido del odio en su corazón se escuchó hasta los confines del infierno y el señor de las tinieblas no hizo caso omiso a su llamado. —Aquí estoy, hijo mío, ya sé lo que estás pensando —le susurró al oído el ángel oscuro. El joven sintió frío en todo su cuerpo, tuvo miedo. Finalmente, sin pensarlo mucho, le silbó a un caponero: “Hermanito, dame ‘raid’”.

Cuando el ser humano desea alejarse de lo malo, de repente salta la liebre de la tentación, los malos consejos y aparecen de la nada aliados ideales para cometer desaciertos. Erim estaba a punto de tomar una decisión. Francisco Rocha, el conocido caponero del barrio La Siena, llegó como agua en el desierto, ¿o viceversa? Le escuchó. Le dio ideas como chispazos. De repente, solo se vieron las llamaradas en el alma del muchacho, flamas de odio inextinguibles contra su padre, madrastra y su hermana.

V

Erim no podía dormir, daba vueltas tras vueltas en la cama, su compañera en cambio descansaba como un niño. Le pareció mala idea haberle contado acerca del plan, resolvió en convencerla de que era una broma. Luego pensó: “Si ella está aquí a pesar de lo que voy a hacer, quiere decir que verdaderamente está interesada en mí y en la fortuna, no la culpó”, añadió mientras un coro de grillos endemoniados enmarañaban su cerebro.

VI

El sol nace para buenos y esa mañana también nació para el muchacho que un mes después sería el número uno en el ranking del terror y de las noticias más vistas a nivel nacional e internacional.

VII

Francisco llegó a las 8:00 de la mañana en búsqueda del hombre que iba a pagarle 100 mil córdobas por matar a su padre, madrastra y hermana; lo encontró sentado en una piedra, bajo la sombra de un árbol de almendras.

“Chocho, papito, te dije a las 7:00 de la mañana, son casi las 8:00, ya vamos mal”, le dijo Erim al caponero con un tono bromista. Había algo diferente en la dicción del muchacho, algo grotesco, una vibración espectral que le hacía sonar colérico y añejo.

Juntos realizaron las compras: dos galones de cloro y dos litros de ambientador barato. También, aprovecharon para ir en busca de la tierra, el camión llegaría a la casona de don Emilio a las 7:00 de la noche. Pagó 200 pesos, muy seguro de la prosperidad de sus finanzas futuras: “Esto es una buena inversión, Pancho, aquí no habrá pérdidas, mi papá tiene billete. Yo sé dónde están”.

VIII

Erim llevó a Francisco a la casona de su padre, sin duda alguna la infraestructura era preciosa, cristales de lujo, verjas fortísimas, cerámica brillosa e impecable.

—Ella es mi hermanita, Pancho, está chatela —le abrazó por la espalda juguetón.

—Es la consentida de mi papá, ¿verdad, Leticia? —preguntó con maldad y se quitó la mochila que ya empezaba a pesarle. Había guardado en ella un martillo de hierro y algunos tubos. —¿No está el viejo? —preguntó exaltado.
—No Erim, vos sabés que a esta hora él se va a comprar queso donde la ‘Chulis’ y se queda platicando buen rato —respondió la muchacha indiferente. Se enrumbó a la cocina, su figura era delicada, caminaba de puntillas y tenía un cabello hermoso. Francisco la miró con lujuria.

Ambos fueron tras los pasos de la joven. Cuando la infortunada cruzó el marco de la puerta, su medio hermano la sujetó con brusquedad. El demonio le apretó los sesos: “Fuerte, pendejo, recordá lo que te quitó”. La frase perforó su frente.

“Pancho buscá un cuchillo y ya sabés…”, gritó Erim tembloroso mientras le tapaba la boca. El aliado escudriñó entre gaveteros, encontró uno afilado, ideal para destazar a un cerdo. Se abalanzó sobre ella y la apuñaló 5 veces en el abdomen. Sangre negra salió de la boca de Leticia. Un trozo de sus vísceras cayó al piso, segundos después murió en los brazos de su hermano, quien la arrastró hasta el fondo de la habitación. Los asesinos descansaron un rato, Francisco descubrió que no le afectaba el olor metálico de la sangre, al contrario, le resultó excitante, un líquido espeso le corrió por la entrepierna.

Faltando un cuarto para las 4:00 de la tarde llegó don Emilio con las cuajadas, Erim salió a encontrarlo, le besó en la boca como de costumbre: “Papito, le traje un pollo que preparó mi mamá”, inventó malintencionado.

Don Emilio tenía el porte de un hacendado y baja estatura. “¡Ay, Erimcito!,  decime qué querés, o qué quiere tu mamá, además, ella sabe que yo no como pollo”, le recordó despectivo. El corazón del muchacho se detuvo por un momento, el diminutivo cariñoso que utilizó su padre le hizo pensar en todo lo bueno. Sin embargo, ninguna memoria superó el resentimiento.

Don Emilio reposó en el sofá que le había comprado a Leticia hace un año. —Leticita vení mamita, meté estas cuajadas a la “refri” —llamó a su hija, pero nunca obtuvo respuesta. —No vendrá papá —le dijo Erim con los ojos rojos. De repente silbó, el sonido era la señal. Francisco bajó las escaleras con un martillo en la mano.

Más de 5 golpes recibió esa tarde don Emilio en la cabeza, los primeros tres, en la sala, a manos del cómplice malévolo que contrató su hijo, los otros dos, en la cocina, cuando en un intento de luchar por su vida se arrastró hasta llegar al “pantry”, donde había un teléfono. —¿Qué hacés, papito? ¿Vas a llamar a tu abogado el sabelotodo? Sí, él lo sabe todo  —le dijo entre lágrimas y risas. Don Emilio estaba a punto de desmayarse nuevamente. —Hijo, ¿qué le hiciste a tu hermanita? —lloraba con dificultad mientras miraba a Leticia en un charco de sangre—. No me matés, Erim, tu condena ya es grande, pero será mayor si me hacés daño.

El desalmado de Francisco estaba listo para continuar la masacre, brincaba como boxeador en pleno calentamiento. —¿Lo remato jefe? —preguntó exaltado. —No, Pancho, yo me encargaré de esto —afirmó Erim con total frialdad, sin ningún rastro de clemencia en el tono de su voz. Tomó convulso uno de los tubos y golpeó. Golpeó fuerte el cráneo de su padre. Trozos de masa encefálica salpicaron su camisa y quedaron esparcidos en el piso.

IX

Como a eso de las 5:15 de la tarde, la blancura de los interiores de la casona más lujosa del mercado Oriental contrastaba con el rojo de la sangre de las dos primeras víctimas. Faltaba una, la más odiada por Erim: su madrastra, Soledad Pichardo.

Ese día, la mujer de aproximadamente 50 años, había resuelto visitar la tienda de ropa y zapatos que su esposo inauguró hacía un mes, por el sector de Altamira. Al terminar su jornada se enrrumbó hacia casa. Mientras conducía, pensaba en lo que iba a cocinar para la cena: “Una ensalada de lechuga para Emilio y pollo con papas para mi hija y yo”, determinó mientras miraba la fila de carros por el retrovisor.

Erim y Francisco dispusieron sentarse cerca de la puerta principal a esperarla. Permanecieron en silencio, cada uno con sus demonios internos. Al rato, escucharon el toc-toc de unos tacones. —Es ella, estate listo —indicó Erim a su socio, que ya tenía el cuchillo en posición de ataque. Cuando Soledad entró a la casona sintió de golpe un desagradable olor a carne y sanguaza. Miró los ojos de su hijastro que hablaban por sí solos. Un temblequeo dominó su cuerpo, tenía de frente el rostro de la muerte. Como un acto involuntario y de supervivencia se hincó y pidió misericordia.

—Erim, perdoná si alguna vez te traté mal o herí tus sentimientos —dijo Soledad con un llanto desgarrador—. Siempre quise atenderte como un hijo, pero tu resentimiento no te dejó ver mi amor de madre —expresó mientras suplicante le besaba los zapatos.

Erim soltó una carcajada aterradora, le provocaba placer ver a su madrastra en esa posición. —Usted fue la culpable de mis miserias, por sus pecados está pasando todo esto, ahora cállese que no voy a perdonarla —dijo mientras le asestaba una fuerte patada en la cara. Piezas dentales con sangre cayeron al piso. Francisco terminó con su dolor, atravesándole de lado a lado el cuello con el cuchillo.

X

El garaje de la casona servía como taller mecánico, llevar los cuerpos hasta ese punto resultó un tedio. La tierra de relleno llegó puntual. Al parecer, los encargados de trasladarla eran cómplices, porque jamás preguntaron qué era lo que cubrían las misteriosas bolsas negras. Solo ubicaron capa tras capa de tierra, en silencio y a portón cerrado. El sumidero era profundo, Erim notó que el terreno no iba a quedar a nivel. Sacó su celular. —Su señoría, ya todo está hecho, el único problema es que hace falta un viaje más de tierra. La persona que estaba tras la línea telefónica no dudo en solucionar el inconveniente. —Ya te llega Erimcito, ya sabés, limpien bien. De eso dependerá el éxito de nuestro plan y fortuna— y colgó.

Los muertos entierran a sus muertos, los muertos en vida, como Erim y sus secuaces. Con el pasar de los días aparecieron familiares confundidos: “¿Dónde están?”. Erim siempre decía que se habían ido de viaje sin tiempo determinado, y él, había quedado a cargo de la casa y los negocios.

Una mañana llegó de visita Fernando Luna, abogado de la familia. Erim, su madre y su mujer le recibieron airosos.

—Erim, ¿todo bien? —preguntó Luna. —Sí, su señoría, lo único que estaba asustado, marqué y marqué su número todos estos días. El hombre le miró con malicia. —Sí, es que cambié de chip, el otro ya no existe en los registros —le aclaró.

—¿Me ha traído los cheques? —preguntó el joven algo exaltado. — Eso no puede ser Erim, las cuentas de tu padre están a nombre de su primer hijo, él va a recibir las propiedades y el dinero lo más pronto, vos irás a la cárcel por asesino… esto es así Erim, siempre hay alguien más astuto —le indicó mientras llegaban más de cinco patrullas policiales a la zona.

—Erim, usted es acusado de la desaparición de su padre, madrastra y hermana… inspeccionaremos la casa, una fuente anónima dijo que aquí enterró los cuerpos —dijo un oficial.

Erim quedó en shock y efectivamente entendió, que en el mundo había personas más dañadas que él, como el psicópata de Francisco, sus otros cómplices, el abogado Luna y sobre todo, su hermano, que vivía en el extranjero, hijo de la primera esposa de su padre. El verdadero monstruo. (Cualquier parecido con la realidad, es mera coincidencia).

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