El calvario de “El Diablo”, un lustrador de zapatos del Oriental

Emilio Robleto, un lustrador, está enfermo hace meses y sus vecinos piden a sus hijos que lo atiendan

HOY/ Raquel Acosta

Nadie recuerda su nombre, las personas que lo conocen, que son muchas, solo saben que le dicen “El Diablo”. Algunos comerciantes empiezan a echarlo de menos. Su presencia no es notoria como solía serlo meses atrás, a pesar de que ha permanecido en el mismo sitio por más de veinte años, de los casi cincuenta que lleva trabajando en este mercado.

El diablo

Limpiar el calzado, dar brillo a cada zapato que llega a sus manos es el trabajo que aprendió don Emilio y el que todavía realiza, con la poca fuerza que le queda.

Son las 10:00 de la mañana. A lo lejos se nota la figura de un hombre muy delgado sumergido en sí mismo, duerme en posición fetal. Un colchón sucio y gastado por el tiempo, es lo que soporta el cuerpo de don Emilio. Debería estar en su faena, pero hoy, como muchos días atrás, todavía reposa.

El sueño parece ser tan profundo que el mercado no lo interrumpe. Mientras sus materiales de trabajo —una caja de madera donde guarda los enseres para lustrar— aguardan a que él tenga ánimo de trabajar y a que los clientes lleguen en busca del servicio.

 

Débil

—¿Don Emilio?, ¿don Emilio?— después de escuchar varias veces su nombre logra despertar, un poco desorientado y asustado.

—¿Cómo se siente?—

Se nota enfermo, decaído. Los huesos de su cuerpo resaltan a primera vista. Su aspecto es completamente descuidado, pero no se niega a conversar.

—Estoy bien— admite —¿Pero tiene tos?— es lo que sus vecinos comerciantes dicen. —Ah sí— afirma, disociado, como que lo hubiera olvidado. —¿Hace cuánto tiene tos?— intenta recordar sin obtener resultados. —Ya no me acuerdo, hace mucho… Me duele el pecho— dice con voz temblorosa y disfónica.

La tos se ha apoderado de su salud y lo ha llevado al detrimento de su condición. Han sido varios meses de tos, seis o quizás más, dicen sus vecinos, que prácticamente lo tiene postrado.

“Ese señor se ve mal. Para mí que está mal de los pulmones, porque tiene una congestión pulmonar que lo hace vomitar. Aquí le cae sol, lluvia y de todo, él (Don Emilio) necesita cuido. Antes hacía mandados, platicaba con todo mundo y ahora ni habla”, comenta preocupada Elízabeth Zapata, comerciante.

Doña Elízabeth ha logrado ver los momentos más intensos de la enfermedad de don Emilio, pues es en la orilla de su tramo donde se ubica este anciano.

“Yo le regalaba café, pero ya no quiere beber, ya no quiere comer. Necesita atención especial. Ya tiene casi el año de estar mal. Los hijos deberían de venir a traerlo para que se recupere”, afirma Rever Martínez, vendedor de café y conocido de don Emilio hace unos 18 años.

Familia

“El Diablo” tenía 10 años cuando llegó a este mercado con su papá, quien ya falleció.

A sus 63 años parece ser un hombre solitario y sin familia, una situación que él mismo eligió, después que se separó de Isabel Hernández, con quien estuvo casado 30 años. Procreó a dos hijos, Arnulfo y Emilio Hernández, ambos vendedores ambulantes en este mismo centro de compras pero casi nunca lo visitan, según cuenta “El diablo”.

A pesar de su estado de salud don Emilio afirma que no le gustaría regresar con su familia porque “son muy jodidos”.

Al sol y al viento

Don Emilio Robleto permanece todo el día en el mercado. A 15 metros de “Los cocos”, al norte de la antigua jabonera América, es donde trabaja de 6:00 a.m. a 6:00 p.m. A veces duerme en el mismo sitio, en otras ocasiones dice que unos amigos le dan lugar en un parqueo.

Sus vecinos, amigos y conocidos consideran urgente que sus hijos o familiares se hagan responsable del señor, para que no termine pereciendo en cualquier momento.

Don Emilio dijo a este medio que quería que alguien le ayudara con su problema de salud para sentirse bien, “trabajar y comer”.

 

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