La leyenda de José Martín Urrutia, el misterioso hombre de la antena

Ha burlado a la muerte más de 75 veces y ya en El Timal le han atribuido varias leyendas, a todos les parece rara su soledad. Conozca algunos detalles de la asombrosa vida de Urrutia.

El cuidador de la antena aconseja a las personas que andan pensando en morir, que disfruten de la vida, que busquen momentos a solas, admiren la naturaleza, y crean en Dios que es el único que sabe cuándo es tiempo de partir al otro mundo. HOY/Foto: Alejandro Flores

HOY

En la comunidad El Timal, Tipitapa, hay un personaje pintoresco. Su nombre es José Martín Urrutia, de 55 años, le dicen el Gato por tener ojos verdes, por solitario y por haber burlado la muerte en varias ocasiones.

Desde hace más de diez años Urrutia pasa sus días y noches velando la antena de una radio nacional. A su alrededor solo hay inmensos arrozales, una refrescante presa artificial y las gaviotas que llegan a comer pescado o insectos.

Los del pueblo le guardan mucho cariño, pero también se conmueven por su soledad, su aislamiento y hasta existen curiosas leyendas en torno a él.

Unos dicen que es un hombre brujo de los buenos, amante de las hierbas y las oraciones; otros aducen que tiene el poder de mirar en la oscuridad, como los felinos o los búhos, y los más osados creen que hizo un pacto con “el malvado” para no morir nunca.

“Esas son solo historias”, ríe Urrutia, “lo único que me ha guardado en esta llanura solitaria es mi Dios, yo creo en Él y paso solo porque es mi trabajo cuidar los transmisores de la radio, la planta eléctrica… por eso me dan mis centavitos y he aprendido a vivir aquí con mis perros, mis vacas, mi caballo y los árboles”.

Entre la vida y la muerte

José Martín Urrutia fue llevado casi agónico al Hospital Alemán Nicaragüense por envenenamiento en el 2012. HOY/Archivo

El cuidador ermitaño refiere que en el terreno que cuida han muerto violentamente tres hombres, por intentos de robo y vendettas. Comparte que de vez en cuando mira el espíritu de dos de ellos, penando por los arrozales, confundidos, sobándose la cabeza o como buscando algo desesperados.

Recuerda con mucho pesar, casi entre lágrimas, el día en que lo envenenaron con un fresco de naranja, allá en el 2012. “Mi amigo Leónidas González, al que le había dado posada, no aguantó el veneno y murió. Yo logré llegar al hospital y los médicos dijeron que si vivía era un milagro, y aquí estoy aún luchando”, indica.

Ese fatal incidente ocurrió cuando Urrutia y González estaban reparando el cerco de la propiedad, pasó un joven vendiendo frescos a tres pesos y ellos por la sed y porque les pareció admirable la labor del muchacho, le colaboraron.

No transcurrieron ni cinco minutos cuando ambos empezaron a marearse. Desde ese entonces, al soportar un veneno que los médicos aseguraron mortal, toda la población de El Timal lo reconoció como una persona con algo “misterioso” y antinatural.

“No es nada de eso de brujería, me salvé porque Dios quiso y es que cuando uno no está en la raya, ni que le arranquen el corazón se muere”, expresa Urrutia.

El argumento de los lugareños radica en un evento que aconteció años antes del envenenamiento, cuando Urrutia cortando leña, se atravesó el hacha en un pie y al no haber ninguna persona que le ayudara se amarró a su caballo y como pudo llegó a donde estaban unas casitas, lo encontraron pálido, desmayado y, según la leyenda, ya sin sangre en las venas.

Lo que asombró a la población es que casi moribundo, abrió los ojos y pidió que le lavaran la herida y le echaran café para detener la sangre.

Urrutia no niega que ha burlado a la muerte varias veces. Relata que en los años 80, cuando fue capitán del Ejército, estuvo en 75 combates que se llevaron a cabo en toda la zona norte.

“Por eso yo digo que he vencido a la muerte más de 75 veces, y es que así es… mi vida ha estado expuesta al peligro, yo pisé una mina en la montaña, debido a eso murieron siete personas y yo quedé vivo, me salvé de balas, de todo… de lo que no he podido salvarme es del ácido úrico, que ahora me hincha las piernas y me enferma, solo Dios sabe de qué moriremos, no hay que andar pensando ni deseando morir”, finaliza.

Vida silenciosa

Las vaquitas de Urrutia, de ellas saca la leche y en ocasiones la regala. HoY/Foto: Alejandro Flores

Cuando José Martín Urrutia abandonó el Ejército compró una finca de ocho manzanas en Sabana Grande, formó una familia y a los años resolvió dejarlo todo para ir a cuidar la gran antena.

“Les dejé a mis hijos y señora toda la finca, está arborizada, no les falta nada. Casi no los veo, no sé si este es el final de mi camino pero aquí en El Timal llevo mi vida alejada de los ruidos de la ciudad, de tanto problema. Ordeño mis vaquitas, cumplo mi labor… a veces vienen jóvenes a verme, estar conmigo. Yo los recibo. Ya Dios me hizo así, medio solitario. Estoy bien”.

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