Sergio Romero, el arquitecto del taekwondo: una figura del deporte universitario

El deporte no es solamente generador de resultados, sino productor de sueños, estabilizador de carácter y forjador de disciplina. Sergio Antonio Romero sabe mucho de eso. Tiene con círculo rojo en el calendario del recuerdo, los años de 1995 a 1998

Sergio Romero fue un atleta de élite cuando cursaba Arquitectura en la UNI. HOY/ROBERTO FONSECA

El deporte no es solamente generador de resultados, sino productor de sueños, estabilizador de carácter y forjador de disciplina. Sergio Antonio Romero sabe mucho de eso. Tiene con círculo rojo en el calendario del recuerdo, los años de 1995 a 1998, cuando entró a la élite universitaria con el taekwondo ganando cuatro veces seguidas los torneos interuniversitarios. La rectitud de su vestidura y la fortaleza mental lo hicieron romper la barrera del simple atleta, porque Romero vivió una dualidad de buenos resultados: como deportista y también como estudiante, lográndose graduar de Arquitectura.

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Romero empezó su idilio con el taekwondo demasiado tarde. A los 19 años no es normal que alguien inicie su aventura en el mundo de las artes marciales y sea un referente en su entorno. No obstante, la firmeza en las decisiones y el conocer cómo usar los medios para un fin, hicieron que la ruleta del destino cayera a favor del otrora joven.

La situación económica empujó a Romero a buscar alternativas. “Siempre fui buen alumno. Mi promedio en secundaria era arriba de noventa y por ese motivo me ayudó mucho a la hora de hacer el examen. Antes era muy complicado entrar porque habían pocas universidades. Luego cuando pasé debía buscar un trabajo para sostener la carrera, la cual siempre ha sido costosa y aproveché la brecha que me dio el taekwondo”, indicó Romero, mientras estira los músculos a sus 43 años en la academia de uno de sus amigos.

Romero siempre mostró su hidalguía, consiguió una beca, la cual le otorgaba 800 córdobas y al año siguiente ya era parte de la élite de su universidad. Llegó para quedarse. “Me siento orgulloso de poder decir que fui un campeón invicto. No solo gané cuatro años de manera consecutiva el interuniversitario de taekwondo, sino que nunca perdí una pelea oficial. Eso significó ganar entre 20 y 25 peleas a lo largo de mi trayectoria”, comenta.

Más allá del deporte

“Me gradué en cinco años como está estipulado”, reitera Romero, como otro reflejo que disfruta de sus logros a base de esfuerzo. Una vez finalizada la universidad confiesa que compitió en un selectivo para la Selección Nacional y clasificó pero no le gustó la desorganización existente. “Qué antagónico que a nivel universitario había una estructura bien montada y en la selección no existía”, explica.

Los sueños de este taekwondista pasaron la frontera del tatami. Tiene 19 años siendo profesor de Arquitectura en la Universidad Americana, fundó el Centro Cad Nicaragua, donde imparte clase de todo lo que tenga que ver con diseño, pero sobre todo formó una familia en la cual el eje central es el amor, respeto y disciplina: principios que le dejó el deporte. El niño que un día vendió periódicos por las calles de El Dorado para sobrevivir cuando pequeño concluye: “Mi mérito no son las medallas, sino llevar una vida fructífera dedicada a la educación y arquitectura”.

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