Reflexión cristiana: Enfrentando la vida

Uno de los sinsabores de la vida es que por más que queramos quedar bien con los demás nunca lo logramos.

HOY/Archivo

Uno de los sinsabores de la vida es que por más que queramos quedar bien con los demás nunca lo logramos. El otro día, conversaba con un grupo de jóvenes que estaba viviendo dificultades emocionales y familiares, como muchos de nosotros, y les decía:

Nos desgastamos intentando cambiar a los demás. Nos matamos intentando complacer a quien nunca se le puede contentar. Nos agotamos intentando encontrar soluciones a problemas que no son realmente nuestros… la vida nos llena de estrés y ansiedad viendo que no importa lo mucho que hagamos, las cosas siguen iguales en los demás.

Y es que generalmente nos sentimos mal cuando intentamos comportarnos equilibrados, tolerantes y dándonoslas de expertos, y no sirve para nada.

Yo me siento mal cuando doy el brazo a torcer fácilmente para no entrar en discusiones o cuando permito que se den situaciones de abuso de confianza.

Me siento mal cuando accedo a la opinión de los demás, creyéndome comprensivo y tolerante, sin darme cuenta que de esa forma les estoy permitiendo tener dominio sobre mis acciones.

También me siento totalmente mal por tomarme a pecho situaciones y responsabilidades que no me corresponden, preocuparme tanto por problemas que no son míos y que acaparan mi tiempo, energía mental, física y económica… y me siento mal cuando temo poner límites porque no quiero ser odioso, huraño o malgeniado.

Cuando asumo esas responsabilidades o retos (que no son míos) es cuando más me equivoco. A veces me creo capaz de cambiar una situación o una persona, y a pesar de saber que hay cosas que no dependen de mí, me ahogo en el cansancio, la frustración y la rabia.

Entonces prefiero la soledad y la huida, dejando desvanecer las relaciones para evitar la confrontación, el rechazo y la vergüenza.

Porque en realidad no quiero ser una víctima que lo entrega todo por nada… aunque reaccionar así me pesa.
Creo que hablo mucho y escucho poco. Creo que reacciono y no me tomo el tiempo de sentirme y escucharme. Me dejo convencer con facilidad, perdiendo la intuición. Me enredo con las dificultades y termino respondiendo con un sentimiento de culpa.

Por eso es que tenemos que conocer y aceptar nuestras realidades, tomar determinaciones de quererse más, darse su lugar y alejarse de aquellas personas o situaciones con las que no se puede, ni ser feliz, ni tener paz. Ora pide al Señor el poder hacerlo y verás la gran diferencia. ¡Dios te bendiga!

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