La difícil vida de los nicaragüenses en el exilio

Huyeron de las balas y la cárcel y hoy luchan por sobrevivir

Desde mediados de abril, cuando en Nicaragua se desató una violenta crisis sociopolítica que ha dejado centenares de muertos y paralizó la economía, miles de nicaragüenses han tenido que irse y dejar su país.

Se trató de poner a salvo la vida, porque el régimen recetó muerte a los que en las ciudades y pueblos se levantaron con el fin de pedir democracia y libertad para pensar diferente.

Muchos de esos miles se dirigieron al vecino Costa Rica. La cifra no es precisa, unos dicen que entre 40 mil y 60 mil, pero funcionarios de Migración de ese país aseguran que el éxodo se queda corto en comparación con los grandes flujos migratorios de la región.

Fueron primero docenas, después cientos y por último miles, los que cruzaron la frontera a través de puntos ciegos para evitar ser apresados por la Policía y luego ser trasladados al Chipote, para enfrentar procesos fabricados donde el aparato represor mezcla delitos comunes con acusaciones políticas.

Varios nicaragüenses perseguidos por el gobierno en un refugio en Costa Rica. HOY/AFP
Varios nicaragüenses perseguidos por el gobierno en un refugio en Costa Rica. HOY/AFP

“H” quiere mantener su identidad en reserva. Es un joven que no llega a los 30 años y trabajó para una radio oficialista en la ciudad de Matagalpa.

Se sumó a las protestas en el llamado tranque de las Praderas, buscando salida hacia la capital. Se declara autoconvocado y recuerda que en los días de la convulsión más fuerte, trabajó en el turno nocturno.

Cuenta que trató de convencer a su jefe que se informara todo lo que estaba pasando, pero él se negó y se los prohibió bajo la amenaza de denunciarlos con turbas del orteguismo o echarlos de la estación.

“Tuve que involucrarme de manera silenciosa, de noche trabajaba y de día me iba a los tranques, recuerdo que el 15 de mayo en Matagalpa hubo más de 75 heridos, entre ellos un primo mío que hirieron en la parte derecha de la garganta, pasó en estado de coma, se lo llevaron al Vivian Pellas y falleció el 12 de julio”, asegura el refugiado.

“Esa muerte me dio más fuerzas, me convenció de que estaba del lado correcto”, añadió “H”. Recordó que pese a la posición del dueño de la radio, miembros de la Juventud Sandinista (JS) intentaron quemarla.

“Yo reconocí a varios. Esa vez tuve que llamar a mis amigos y familiares para que me ayudaran a salir, porque la radio ya estaba incendiada. El colmo es que el dueño y los medios oficialistas dijeron que los autoconvocados estaban atacando la instalación. Esa mentira y otras sobre varias muertes en Matagalpa de parte del gobierno fue la gota que derramó el vaso y decidí poner mi renuncia, ya mi vida peligraba. Yo creo que ya estaba en la mira por mis críticas”, recordó.

El exiliado asegura que sus jefes le dijeron que denunciara ante las autoridades a los autoconvocados, de lo contrario sería acusado él de ser el responsable de la quema.

“Entendí entonces que el Gobierno iba a desatar la delincuencia y culpar a los opositores, tal y como está pasando ahora. Eso ellos lo tenían planificado, ya venían haciendo cada barbaridad, cada muerte y culpar a inocentes”, añadió.

Después de uno de los enfrentamientos más fuertes en Matagalpa, el pasado 7 de julio, muchos de los jóvenes que se encontraban en las barricadas tuvieron que enrumbarse hacia las montañas para poder salvar sus vidas.

“H” manifestó que pasó un mes aguantando frío, hambre y corriendo el riesgo de ser atrapado, hasta que uno de los líderes del movimiento rebelde le ayudó a contactarse con el empresario Jorge Estrada, que le ayudó. “Casi me agarran” , dice “H”, quien ahora espera una cita en Migración para tramitar la solicitud de refugio.

Lucha en otro país
40 años habían pasado desde que en la década de 1970, miles de nicaragüenses huyeron del país y se refugiaron en Costa Rica. Por entonces se escondían de la represión de otra dictadura: la de Somoza. 52 mil nicaragüenses ingresaron a Costa Rica y se han quedado allá, después de lo crudo de la crisis sociopolítica que vive el país, según información de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). 25 nicaragüenses atiende la organización SOS Nicaragua, que apoya a los nacionales que llegan en busca de salvar sus vidas ante las agresiones del régimen orteguista. 600 nicaragüenses han sido privados de libertad, desde que el Gobierno ordenó represión policial y paramilitar.

Exfuncionarios públicos
“quemados” y en desgracia

Las autoridades costarricenses han sido aplaudidas por la comunidad internacional por haber abierto sus fronteras y recibir a los nicas desesperados, ello aunque su economía también hace crisis y su gobierno haya tenido que enfrentar huelgas en contra de una reforma al plan fiscal y las críticas a sus acciones humanitarias a favor de los nacionales.

La mayoría de los nicaragüenses que han cruzado hacia Costa Rica desde mayo, han llegado a hogares de familiares o conocidos.

Otros están en albergues improvisados, en hoteles en la zona roja de San José; sus habitaciones son pagadas por grupos religiosos u organizaciones comunitarias. Otros duermen en parques y en las calles, o han sido acogidos por familias locales.

Marlon Hernández era trabajador de la alcaldía en la ciudad de Jinotega. Nos cuenta que se unió a las marchas y nunca ocultó su posición ante la crisis. Publicaba fotos en su Facebook y eso fue suficiente para ser despedido sin derecho a pago y liquidación.

“Una vez el ingeniero nos dio la orden que llenáramos un camión de piedras, para tirárselas a los autoconvocados, el alcalde Leónidas Centeno nos reunió y ofreció armas para atacar a los chavalos de los tranques, me negué y me dijo que era un traidor, me sacaron de una oficina donde estábamos reunidos”, contó Hernández.

Según este refugiado, al ser expulsado de su trabajo, su foto fue compartida entre la militancia acusándolo de terrorista y de desestabilizar el país.

Se contactó con una persona de San Marcos, y cruzando de barrio en barrio llegó hasta la capital y así pudo trasladarse por puntos ciegos hacia la frontera con Costa Rica, hasta llegar a una casa de seguridad en la capital del país vecino, donde ya posee su cita para el carnet provisional de refugio.

“Uno anhela estar en su patria, estar con su familia, abrazar a su madre, a sus hijos, no es lo mismo estar en patria ajena, donde somos discriminados. A veces hay que comer salteado, no nos dan trabajo hasta no tener carnet y permiso laboral. Esto es duro”, dice el autoconvocado.

Las solicitudes de refugio son tantas que las citas para entrevistas se programan hasta para seis meses o más. HOY/AFP
Las solicitudes de refugio son tantas que las citas para entrevistas se programan hasta para seis meses o más. HOY/AFP

“Esperamos volver a casa”, dicen

A la mujer nicaragüense se le ha visto activa en las luchas políticas y sociales de Nicaragua. Fue notoria su participación en las acciones contra la dinastía de Somoza.

Ellas han estado ahí y en la rebelión de abril también estuvieron. La Madrina es otra matagalpina que se ganó el respeto entre los autoconvocados, como lo hizo la comandante Masha o la líder campesina Francisca Ramírez.

La Madrina ahora se refugia en Costa Rica. “Era salir o morir allá, no defendiendo la patria porque nosotros no estábamos armados, aquí nadie quiere morir por el país, queremos vivir. Es patria libre y vivir. Esa es la diferencia entre esta lucha y la del 79”, dijo.

Oír hablar a la Madrina explica su seudónimo. Tono alto y firme. Cada palabra la dice a plomo. “Aquí nadie se ha rendido, estar en resistencia pese a todo lo que vivimos, es parte de la lucha. Es lo que el dictador no soporta, es como lo derrotamos, resistiendo”, señala.

La Madrina recuerda crudas protestas en Matagalpa. Dice que en una ocasión un grupo de autoconvocados se encontró con miembros de la JS. Ellos sacaron armas, nosotros nos defendimos con piedras y consignas.

“Comenzaron a caer personas heridas y lo que más me impactó fue ver caer a un jovencito de unos 15 años, y nadie lo auxiliaba, yo lo agarré, me quite el suéter, llamé a unas amigas que me ayudaran, lo sacamos de la zona de peligro, compramos medicamento y comenzamos a curarlo, después de eso publiqué en mi Facebook la crueldad con la que nos habían atacado y como habían herido a ese menor de edad, recibí una llamada de personas que ayudarían con medicamentos y así logramos habilitar siete puestos médicos”, relató.

El pasado 15 de mayo, la Policía allanó la vivienda de la Madrina, a quien acusaban de tener armas. “No me encontraron nada, pero se llevaron mis documentos, fotos, después de eso recibimos un ataque desde las dos de la tarde hasta las cinco de la mañana, nos refugiamos en uno de los puestos médicos, hasta que llegaron los de derechos humanos. Un sacerdote llegó a pedir que por favor nos dejaran salir, tuve que irme a la montaña con mi hija, duré mes y medio escondida, hasta que pude venirme para acá a Costa Rica y ponerme a salvo”, dijo.

Igual que la Madrina hay otras mujeres en condición de refugiadas. También hay niños en tarea de supervivencia. “Esperamos volver a casa, abrazar a nuestros padres, a nuestros abuelos en un país libre, nos lo meceremos todos, hasta los que defienden al régimen”, dijo la Madrina.

Jóvenes, mujeres y niños sufren el exilio tras la represión ordenada por el Gobierno contra opositores.

Huyen de otro dictador
Datos del gobierno costarricense citados por la CIDH indican que, hasta septiembre pasado, 52,000 nicaragüenses ingresaron a Costa Rica y se han quedado en este país. “Esta migración tiene características muy similares a la que llegó (a Costa Rica) de Nicaragua hace 40 años, en la década de 1970, cuando el régimen autoritario de Anastasio Somoza Debayle aumentó la represión”, comentó a AFP el politólogo Alberto Cortés, un estudioso de la migración nicaragüense. En esos años, Costa Rica recibió a figuras como los escritores Sergio Ramírez y Gioconda Belli, los músicos Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy, y los entonces guerrilleros Humberto y Daniel Ortega. Daniel Ortega es ahora el represor. Según Cortés, la migración nicaragüense continuó en los años 80 con personas que huían de la guerra contra la Revolución sandinista o que querían evitar el servicio militar obligatorio La corriente migratoria continuó con nicaragüenses que buscaban empleo en Costa Rica, muchos de los cuales trabajan en seguridad privada, agricultura o como empleadas domésticas. Cortés advirtió que el movimiento actual no da señales de que vaya a parar a causa del grave deterioro económico que vive Nicaragua, con el cierre de negocios y el corte del financiamiento y la ayuda internacional.

 

 

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