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“Ni perdón, ni olvido”

No hay perdón para quienes mataron a su hijo. Es por eso que esta madre demanda justicia a paramilitares que ejecutaron a su muchacho en Carazo

La madre de Josué Israel Mojica García en las sombras, en el mismo lugar donde esperaba a su hijo.

Carazo
Cada noche, doña Elizabeth Velásquez se sienta en una mecedora junto a la puerta como lo hacía antes del 8 de julio. Le dicen que deje esa costumbre y acepte la realidad, pero ella se niega.

Cree que es una forma de recordar a su hijo. “Es una forma de no olvidarlo”, asegura. “En Nicaragua ni debe haber perdón, menos olvido”, comenta con los ojos desbordados de lágrimas.

Lo que dice se relaciona con Josué Israel Mojica García, su hijo menor, a quien una bala le arrebató la vida en Carazo, cuando los paramilitares del Gobierno cumplían la orden de Daniel Ortega y Rosario Murillo de atacar los tranques y las barricadas en esas ciudades.

Josué Israel tenía 20 años cuando murió. Era tan flaco y menudito que sus amigos del barrio lo bautizaron como el Feto, un apodo que hasta la familia aceptaba por gracioso y de alguna manera, tierno.

Elizabeth lo esperaba todos los días en esa mecedora. Y solo entraba a la casa cuando el joven llegaba. “Una madre no se va a la cama, si no sabe donde está su hijo, eso era lo que me pasaba”, dice para justificar la costumbre de sentarse en la mecedora.

Hoy Elizabeth sabe donde está su hijo, pero su paradero no la hace feliz y nadie a su alrededor comprende qué espera cuando se sienta en aquella silla. “Sé que no va a venir de allá, lo se, pero… es que duele su ausencia”, asegura .
muy querido

Cerca de la casa donde vivía Josué Israel, hay un pequeño parque y en él una banca, donde unos amigos dejaron una pinta para recordarlo.

En la banca, se lee primero las iniciales del muchacho fallecido y a continuación escribieron: el Feto.

“Así le decían de cariño, era chiquito, parecía un niño y flaquito, flaquito, era bajo y delgado”, explica la madre.

Doña Elizabeth recuerda que dos días antes de su muerte, él se había ido con unos amigos a pasear al mar, a las costas de Casares y La Boquita, y se llevó su consola de videojuegos “porque le encantaba eso de los juegos de videos”.

El sábado 7 de julio, en la tarde, regresó y en la noche cenó unas “tajadas fritas con queso” que compró cerca de su casa, en el barrio Francisco Chávez.

Josué Israel era más responsable de lo que parecía. Estudiaba y colaboraba con los quehaceres de su casa, generalmente los sábados que amanecía en casa.

El día que lo mataron
El día que lo mataron, domingo 8 de julio, le tocaba ir a abrir el tramo de ropa nueva y usada que su madre tiene en el mercado, pero no fue porque recibió una llamada. Como a eso de las 6:00 de la mañana, estuvo chateando con su novia que vive en el municipio de Dolores.

A su abuela materna, le dijo que lo estaban llamando y salió de su vivienda. Los disparos de armas de alto calibre se escuchaban en todo el municipio y la explosión de las balas se asemejaba a la celebración del 7 de diciembre, cuando en Nicaragua se celebra la Purísima.

Doña Elizabeth se encontraba en casa de su suegra, la cual queda como a cinco cuadras de la suya, y al escuchar la balacera, decidió regresar a su vivienda.

Su otro hijo, el mayor, trabaja en una mototaxi y ese día como de costumbre había comenzado sus recorridos desde muy temprano. A su madre le preocupaba que les pasara algo.

“Cuando sonó la balacera me acordé de mis dos hijos, uno salió a trabajar y el otro pensé que estaba en la casa, yo sentí miedo y por eso me vine”, relata la mujer de 45 años.

A las 8:30 de la mañana, estaba recibiendo la mala noticia: su hijo menor había muerto.

Una vecina suya le mostró una fotografía del muchacho que circulaba en redes sociales. Estaba ensangrentado, tirado boca arriba sobre el adoquinado en una de las calles del barrio La Libertad.

La incursión violenta

Carazo es una de las zonas del país donde los paramilitares orteguistas se ensañaron con sus pobladores. Las ejecuciones en estos municipios fueron sumarias y crueles. Un pastor, por ejemplo, fue sacado de su casa y acribillado delante de sus hijos.

Los muertos en un fin de semana llegaron a contarse hasta en más de una docena, según los organismos de derechos humanos. Una de estas instituciones denunció que unos 20 ciudadanos fueron acribillados por los paramilitares.

La población armada con celulares registró la incursión sangrienta e hizo circular varios videos de los grupos irregulares, sus ataques despiadados y su desproporcionado uso de armas letales que causaron dolor en las familias de esta zona del país.

Soñaba con su propio negocio

Josué Israel tenía 20 años cuando lo mataron. Era soltero y estudiaba, cursaba su primer año de secundaria en el Instituto Privado Enmanuel MongaIo (IPEM) y los sábados, su segundo y tercer año en el colegio público La Salle. En sus tiempos libres, particularmente los sábados, le ayudaba a su madre en la casa y en su trabajo de comerciante.

Cifras de terror

322 es el dato de víctimas mortales de la crisis que maneja la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Mientras que la Asociación Nicaragüense Pro Derechos Humanos (ANPDH) señala que son 450.

139 días de crisis cumple hoy Nicaragua desde el 18 de abril que comenzaron las protestas, es decir, cuatro meses en que los asesinatos de muchos jóvenes siguen impunes.

18 víctimas mortales dejó la represión gubernamental en el departamento de Carazo. Esto según datos de la ANPDH. Jinotepe: 3 fallecidos; Diriamba: 11 fallecidos; San Marcos: 3 fallecidos; y Santa Teresa: 1 fallecido.

+250 de las personas víctimas de las masacres del Gobierno fueron asesinadas con armas de fuego, durante la crisis y su represión. Al menos 14 de ellas fueron acuchilladas, 10 calcinadas, ocho atropelladas, nueve por golpes y lesiones, ocho macheteadas, dos ahorcadas y una decapitada.

Caminó entre los verdugos

Cuando doña Elizabeth supo de la muerte de su hijo, sus gritos desgarradores se escucharon en todo el barrio. Ella intentó ir por su hijo, pero los vecinos la detuvieron. Unas dos horas más tarde, cuando la intensidad de las balas bajó, no aguantó más y con unas camisas blancas, junto a otros familiares, armó unas banderas y se fue en busca de su vástago.

El cadáver del estudiante ya no estaba en el sitio donde le habían indicado, pues fue movido por sus ejecutores.

“La gente que estaba ahí alrededor me dijo que los paramilitares se lo habían llevado en una camioneta y que lo echaron en una bolsa plástica. Fue algo horrible, solo hallé la sangre en el suelo”, recuerda Velásquez.

Vio a los asesinos
Explicó que mientras caminaba en las calles, miró a muchos hombres vestidos de camisa negra, armados y encapuchados.

Unos se movilizaban a pie y otros en camionetas. Los disparos continuaban, pero doña Elizabeth ya había perdido el miedo.

En el parque central, contiguo a la Basílica Menor de San Sebastián, estaba concentrado un buen grupo de parapolicías, también había ambulancias, pero nadie daba información concreta del chavalo que recién había cumplido sus 20 años.

Doña Elizabeth piensa que la muerte de su hijo fue algo planificado, “porque ellos (los paramilitares) decían que no habían matado a nadie y que ellos venían solo a limpiar las calles. Yo les decía que me lo entregaran, pero ellos al final me dijeron que ahí lo miraron y que iba para donde su novia. Otro me dijo que iba para donde su hermana, al lado del cementerio”, contó.

Fueron brutales Josué tenía un impacto de bala en el estómago —que le perforó el hígado—, una estocada de arma blanca en el pecho, sus costillas estaban quebradas y tenía excoriaciones en diferentes partes de su cuerpo. Sus restos fueron trasladados al Instituto de Medicina Legal, en Managua.

El día que lo asesinaron, andaba una calzoneta playera celeste con la que había ido al mar, una sudadera gris, una gorra negra y una pequeña mochila de cordones negros. Su gorra, celular y zapatos fueron robados por sus verdugos.

Aparentemente el joven diriambino estuvo en las barricadas y cuando fue herido, fue cargado por varias cuadras por amigos de trinchera que trataron de llevarlo a un hospital para salvarle la vida, pero los esfuerzos fueron en vano.

La lluvia de balas era demasiada. Doña Elizabeth dice que aquel día fue el más oscuro de sus existencia. “Duele solo recordarlo”, menciona. Esta mujer espera que haya justicia en el caso de su hijo, aunque sea tarde. “Si hay un Dios, habrá justicia contra los asesinos de nuestros muchachos”, sentenció.

La bandera de su muerte

Josué Israel era un confeso autoconvocado y se sentía orgulloso de ser parte de un movimiento que busca un nuevo país. Él participó en al menos dos marchas de la gente autoconvocada, la bandera azul y blanco la usaba como capa. En su vela y entierro, los paramilitares y policías mantuvieron rodeado el barrio donde vivía.

Lo conocían y sabían de sus convicciones. Entre sollozos, doña Elizabeth expresa que ella “lo miraba alegre con la bandera, pero yo nunca pensé que iba a ocurrir esto”.

A Josué Israel, le gustaban las canciones del cantautor nicaragüense Carlos Mejía Godoy y estaba seguro que estaba del lado correcto. Su madre dice que ella siempre simpatizó con el Frente Sandinista que dirige Daniel Ortega, admite incluso que ella misma le dio el voto para llegara a gobernar Nicaragua.

Hoy reniega de ese apoyo. Sostiene que no concibe cómo el presidente designado por el poder electoral le paga con balas y muertes a un pueblo que debió oír primero.

Acabó con sueños
Asegura doña Elizabeth que su hijo no anduvo en tranques, porque siempre llegaba a dormir a la casa y que le hubiese gustado recuperar su celular para darse cuenta quién fue la persona que lo llamó el día que lo asesinaron.

Vender zapatos usados era uno de los proyectos que Josué pretendía establecer con su madre. La casa de doña Elizabeth, con la muerte de su hijo, no ha vuelto a ser la misma, la alegría refiere que se acabó.Pasa noches sin dormir y ahora toma antidepresivos.

“Los nervios los tengo alterados y me parece que esto no ha pasado, pienso que mi hijo va a entrar y que me va a pedir comida, la casa es una soledad, porque he sentido que me han arrancado una parte de mí”, dijo. Agregó que aguarda la justicia divina, que no confía para nada en la terrenal: “Aquí hay mucha maldad”.

 

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