El riesgo de ser un joven opositor en Nicaragua

Unos están presos, otros en las calles marchando y hay quienes viven clandestinos porque son perseguidos ferozmente

Pese a la represión los nicaraguenses se mantienen en las calles. HOY/Archivo

El temor de convertirse en víctimas directa de la feroz represión que ejerce el gobierno Ortega-Murillo desde hace más de cien días salpica la conciencia de los manifestantes y más de quienes han vivido en carne propia las malas experiencias de huir para salvar sus vidas durante las movilizaciones públicas.

Mariela Sánchez, estudiante de secundaria, acompañó por primera vez una marcha masiva con dirección a la Universidad Politécnica de Nicaragua (Upoli) y al finalizar el recorrido, escuchó los rumores que se acercaban grupos civiles armados afines al Gobierno. “Me dio mucho temor, pero me calmé y honestamente sí tengo miedo andar en marchas, pero ¿qué le vamos hacer? Tenemos que resistir”, dice.

Perseguidos

Algunos manifestantes consideran que ir a las calles portando la bandera nicaragüense, un distintivo de color azul y blanco o algún cartel que aluda a la rebelión antigobierno, es sinónimo de peligro. Pende sobre quienes lo hacen ser perseguidos y acusados de terroristas y como medida de seguridad, optan por cubrir sus rostros, ocultándose entre la multitud y rehuyendo dar declaraciones a los medios de comunicación.

“Soy universitario. Puedo decir que casi vivo en la clandestinidad”, revela al diario HOY un joven que pide lo llamemos Xavi, el Vandálico. “Ahora procuro mantener mi perfil bajo y ser prudente, tomando algunas precauciones, por ejemplo: salir solo, si es necesario a manifestarme porque el temor está presente, pero no tanto por mí sino por mi familia”, explica. Este joven estuvo dos veces atrincherado, primero en la Upoli y después en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua).

En el país, el gobierno califica de criminales a quienes han protestado, pero no es todo los sigue y los enjuicia. HOY/Archivo
En el país, el gobierno califica de criminales a quienes han protestado, pero no es todo los sigue y los enjuicia. HOY/Archivo

Clandestinos

A las manifestaciones acuden jóvenes que van acompañados de familiares y otros que prefieren ni decirles a sus padres para evitarles preocupación.  “Desde que empezó esta vaina, yo no he podido dormir tranquilo. He llorado muchas veces de tristeza y miedo, sí lo tengo, porque todos estamos propensos a morir, hoy salí sin decirle a mi madre donde iba.

Ella teme que una bala me alcance en las marchas”, refiere una muchacha a quien entrevistamos en la última caminata por la liberación de los presos políticos. Estos jóvenes coinciden en algo: tienen miedo, pero no renuncian a seguir en las calles. ¿Porqué desafiar su suerte? —les preguntamos—. “Esta es una lucha por liberar al país, tenemos que hacerlo a costa de todo. El tirano tiene que irse”, responden.

“No nos rendiremos”, dicen

Estefanía Tapia, de 21 años de edad, asiste religiosamente a todas las convocatorias y además de enfrentar el temor de las calles, desafía a sus tías, quienes también pertenecen a los Consejo del Poder Ciudadano (CPC) de su barrio.
“Ellas me critican cada vez que yo voy a las marchas y afirman que me paga el MRS (Movimiento Renovador Sandinista), cuando soy yo la que pongo de mi dinero para cubrir mis pasajes y mi agua helada”, refirió.

Una maestra de secundaria recuerda que la primera vez que presenció un ataque fue el 30 de mayo, cuando se unió a la marcha para acompañar el sufrimiento de las madres que habían perdido a sus hijos por protestar contra el Gobierno.

“Nunca esperamos que la cobardía del Gobierno llegara a tanto, porque a las madres lo que más nos duele son nuestros hijos”, recriminó.

Los jóvenes han puesto su vida para lograr un cambio en Nicaragua. HOY/Archivo
Los jóvenes han puesto su vida para lograr un cambio en Nicaragua. HOY/Archivo

Doloroso

La siguiente experiencia para esta maestra sucedió en la Marcha de las Flores, en honor a los menores de edad asesinados y el respaldo a la combativa ciudad de Masaya.  “Es muy doloroso lo que vivimos porque tenemos derecho a tener nuestras propias ideas”, dijo con tristeza, mientras se limpiaba las lágrimas. “Soy madre de un niño de 15 años y quiero heredar una patria donde yo confíe que mi hijo va a salir y volver a casa sano y salvo. Tal vez yo no logre ver esa libertad, pero las nuevas generaciones sí porque lo merecen”, aseguró.

La represión se ha recrudecido en las últimas semanas con detenciones selectivas a miembros y líderes activistas, lo que inciden en que la cantidad de manifestantes sea cada vez menor, sin embargo, prevalece la resistencia pacífica en las calles.

Oscar Navarrete, de 50 años, es uno de los pocos manifestantes que acude a las marchas sin cubrirse el rostro y no teme dar su nombre. Al consultarle, siempre responde optimista.

“Haga lo que haga el Gobierno no va a calmar el descontento social. Nos podrán matar a 400 o a mil personas, pero mayor será la resistencia porque la semilla ya está en la tierra y la falsa normalidad no les va a ser eterna”, dijo.
Navarrete concluye que su lucha termina hasta que la dictadura acabe, aunque se le vaya la vida en ello. Ese es el precio que está dispuesto a pagar por la libertad de un país secuestrado.

A más represión, más resistencia

Cada uno de los levantamientos masivos se ha convertido en un foco de ofensiva en contra de las acciones arbitrarias que el gobierno sandinista ejerce sobre los manifestantes desde el pasado 18 de abril.

Las marchas están encabezadas por familiares cargando retratos de las víctimas que perecieron y, a medida que avanzan en el recorrido, elevan sus reclamos de justicia.  A ellos se suman los familiares de los presos políticos acusados de terrorismo por las autoridades de Nicaragua.

Es cacería

La cacería del Gobierno contra ellos ha sido brutal. Hace unas semanas, por ejemplo, una estudiante universitaria de 21 años, con casi dos meses de embarazo, intentaba escapar de Nicaragua con su novio, pero un policía en motocicleta les cerró el paso cuando subían a un taxi junto con otros estudiantes para irse a una casa de seguridad. Los rodearon cinco camionetas policiales con hombres armados y enmascarados vestidos de civil.

Policías uniformados comenzaron a revisar las mochilas de los estudiantes. Uno de ellos sacó una bandera nicaragüense azul y blanca. “¡Estos son los terroristas”, gritó el agente, usando el término con el cual el presidente Daniel Ortega se refiere a quienes han protestado contra su gobierno desde abril.

La joven pareja y sus amigos se sumaron a los más de 2,000 arrestados en Nicaragua en casi cuatro meses de protestas y represión oficial.

El saldo de la rebelión
317 fallecidos ha dejado el conflicto sociopolítico en Nicaragua, según el último recuento de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). 198 es la cifra de muertos que admite el Gobierno. No existen causas abiertas contra simpatizantes oficialistas, pese a que Ortega ha aceptado la presencia de paramilitares y que los ha nombrado de diferentes formas para justificarlos. 137 personas enfrentan causas judiciales por varios delitos comunes. Estas personas antes se habían declarado opositores al Gobierno y fueron vistas en la organización de marchas y protestas.

 

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