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La pesadilla de una militante sandinista

Hija de guerrillera, militante FSLN de años, defensora de sus votos y casi le matan a su hijo

Los paramilitares del gobierno mantienen el terror en todo el país. Son los responsables de más de 400 nicaraguenses muertos. HOY/Cortesía

Los paramilitares del gobierno mantienen el terror en todo el país. Son los responsables de más de 400 nicaraguenses muertos. HOY/Cortesía

El sandinismo que Juana profesa lo heredó de su madre. Creció oyendo cuánto sufrió ella en las celdas de la Guardia Nacional de Somoza antes de 1979.

Cuando Juana oía lo cruel que fueron los esbirros de Somoza, la mujer lloraba, pero al mismo tiempo se enorgullecía de haber resistido hasta la última tortura sin delatar a sus compañeros guerrilleros de Carazo.
Lo que oía de su madre hizo que Juana creciera odiando el somocismo y que militara desde muy joven en el partido Frente Sandinista.

No recuerda una sola elección en el pasado en la que no se haya desvelado cuidando el voto, ni un solo paro, manifestación o huelga cuando el partido fue oposición.“Estuve en cada asonada, cuando Daniel (Ortega) llamaba ahí estábamos, cuidé el voto. Siempre fui disciplinada”, dice.

Juana es una de las miles de sandinistas que no ven victoria en el asesinato de decenas de jóvenes en todo el país solo por oponerse al Gobierno, ni siente orgullo al ver los abusos criminales de los paramilitares afines al Gobierno contra la población civil, sobre todo en Carazo, en cuya población se han ensañado, igual que en Masaya y León.

Una cara cruel

Juana dice que en sus 50 años de vida y los cerca de 30 de militancia, esta es la primera vez que ve tanta crueldad en la gente que ella defendió. ¿Pero qué le pasó? A esta mujer “su partido” la humilló, ofendió su años de militante acusándola de traición y torturó a su hijo, a quien primero lo dieron como desaparecido y ahora perseguido.

Todavía recuerda, con ira, los lloros en los portones de El Chipote, con mucha decepción las veces que tocó las puertas de “compañeros que me conocían muy bien” para abogar por la suerte de su hijo. La desconocieron y destruyeron todo en lo que antes había creído. Esta mujer no solo es hija de una combatiente histórica de su localidad, es sobrina de un excoronel y su exesposo tuvo un cargo de dirección en la escuela de infantería del Ejército. Pero nada de eso le valió.

Secuestrado

Un 8 de julio, su hijo, administrador de empresas con calificación universitaria fue secuestrado por civiles armados, encapuchados que ese día, ejecutaron “operación limpieza” en su barrio. Dice que su hijo iba a una entrevista de trabajo, porque estaba desempleado.

Los paramilitares operan con impunidad, sin ley y con la protección de instituciones como la Policía, que están  obligados a proteger a los civiles. HOY/Cortesía
Los paramilitares operan con impunidad, sin ley y con la protección de instituciones como la Policía, que están obligados a proteger a los civiles. HOY/Cortesía

Un operador político de la zona le dijo que había “dos orejas” (CPC) que lo habían visto en un tranque. Esa fue una sentencia para una desgracia que, para Juana, todavía no termina y que hoy nos la cuenta en el anonimato.

El hijo de Juana, a quien llamaremos Pedro para proteger su identidad, tiene 37 años. El día que lo secuestraron, el 8 de julio pasado, había amanecido con la certeza que sería un buen día.  Algunos días antes lo contactaron para una entrevista de trabajo en una empresa de Carazo. Estaba seguro que le darían el cargo de administrador y dejaría meses de carencia causados por desempleo y empleos temporales poco rentables.

Como poco le interesaba la política y eran otras sus preocupaciones, tampoco se levantó enterado que ese mismo día, los paramilitares del Gobierno acosaban ciudades de Carazo.

Detención violenta

Doña Juana sabría después que a Pedro lo encañonaron, lo culatearon y le gritaron. De nada sirvió que alegara que andaba en sus asuntos, y no en rebeliones, los encapuchados “como endemoniados lo sometieron y lo tiraron a la tina de una de las camionetas de la muerte”.

“A mi hijo, como a muchas personas que son inocentes, no hubo nadie quién lo defendiera, se paga justos por pecadores. Los paramilitares lo agarraron al frente de la casa y lo montaron a la camioneta”, relató la madre.

Los hombres que fueron detenidos ese día los llevaron al parque central y los metían en las ruinas de la Alcaldía, luego eran trasladados a la delegación policial en Las Esquinas, San Marcos. El hijo de doña Juana estuvo en esos dos lugares.

“Me contó que eran bastantes los detenidos y que les daban con unos tubos y con las armas, esas AK. Él perdió el conocimiento tres veces y de último pidió que lo mataran, porque ya no aguantaba tanta paliza”. Es la fecha y Pedro padece de lagunas mentales sobre lo que pasó ese día que lo secuestraron.

Familias de Masaya, Jinotepe y Diriamba dicen que no olvidarán a sus hijos que fueron asesinados por fanáticos a quienes el orteguismo armó contra civiles. HOY/Archivo
Familias de Masaya, Jinotepe y Diriamba dicen que no olvidarán a sus hijos que fueron asesinados por fanáticos a quienes el orteguismo armó contra civiles. HOY/Archivo

Bajo las secuelas de la tortura

Cuando Pedro llegó a la Dirección de Auxilio Judicial, El Chipote, el maltrato fue más cruel. “Fueron siete días de torturas psicológicas, me contó que, a él y a otros muchachos, los tenían desnudos y que los cargaban a patadas. El agua se la ponían cada ocho horas y aquel que estaba enfermo, tampoco se capeaba”.

A Pedro, con una especie de navaja, le arrancaron las uñas de una de sus manos para que hablara de algo que no sabía. Le buscaban residuos de pólvora, lo acusaban de la muerte y violación a una policía, también lo relacionaban con una banda delincuencial de la capital.

Tras esos días de tortura, ahora come poco, no sale de su casa y no puede conciliar el sueño. En las madrugadas se despierta y llora, porque tiene pesadillas.

Cuando alguien toca a la puerta de su vivienda, la que conduce a la calle, se esconde y no abre, porque piensa que son los paramilitares que llegan por él. En su cuerpo, las señas de tortura, ya están desapareciendo, pero en su mente esas heridas las mantiene frescas.

A los desmantelamientos de los tranques, su progenitora le llama genocidio, “porque realmente fue una matanza. Mi hijo me contó de graves vejámenes contra los detenidos en las cárceles. Los golpeaban en el estómago y en las costillas”.

Doña Juana dice que su familia es bien conocida en Diriamba y que de los políticos de su municipio, al darse cuenta que habían cometido un error en llevarse secuestrado a su hijo, solamente recibió disculpas.  Ella pasó días y noches afuera de El Chipote preguntando por su vástago. Aguantó hambre y frío, refiere que las oraciones entre todas las madres que lloraban a sus hijos, era lo único que las mantenía con fuerzas para enfrentar la situación.

Por esos días, la mujer se preguntaba dónde estaba la solidaridad que una vez ella misma propagó en nombre del Gobierno de Unidad y Reconciliación Nacional. “La CPDH (Comisión Permanente de Derechos Humanos) estuvo ahí, mano a mano con las madres que sufríamos”, dijo. Una escena que recuerda en los portones de El Chipote fue cuando dos reos saltaron de una patrulla y huyeron. Los policías amenazaron con sus armas a todas las mujeres que ahí se encontraban y las arrinconaron contra la pared.

Masaya, una ciudad odiada por el orteguismo y cuya población lo ha sufrido en carne propia. HOY/Archivo

“Ortega no debe seguir gobernando”

Entre sollozos, doña Juana recuerda que la casa de su madre fue casa de seguridad en la guerra contra Somoza y que todos los miembros de su familia fueron amenazados de muerte por eso. “La Guardia torturó a mi madre, le arrancaron las uñas de los pies y nunca le crecieron. Ella guardaba armas y levantaba barricadas por esa época. Combatió también”, dijo.

También afirma que la mujer que la trajo al mundo, trabajó por 25 años como cocinera en la casa del presidente designado por el poder electoral, Daniel Ortega. Para ese tiempo doña Juana era una adolescente. “Ella, mi madre, cocinaba para sus escoltas y para los del comandante Borge”, recordó.

Detalla que Ortega a finales de cada año, en diciembre que se festeja la Navidad, invitaba a su casa a los hijos de sus trabajadores y que les hacía piñatas. Además, a cada familia le regalaba un paquete alimenticio. El recibimiento que les daba, lo define como bueno.

“Él (Daniel Ortega) saludaba a todos y daba un mensaje, luego se iba, pero la piñata y la comida, seguía. Ahí había de todo. Yo era danielista y sandinista, hasta la muerte, pero desde que tocaron a mi hijo, no quiero saber nada. Para mí, Daniel era una gran persona, porque hacía muchas cosas por el pueblo, yo pensaba que era la derecha la que andaba molestando, pero tuve que vivirlo en carne propia para darme cuenta que no es cierto”, se lamenta la mujer.

Dice que ahora si un voto va a defender es el que esté contra Daniel Ortega. “Este señor no puede seguir gobernándonos”.

Sangre de Nicaragua
10 de julio. Día sangriento para las familias de Carazo. Fuerzas combinadas de la Policía y paramilitares llegaron a Jinotepe y Diriamba y desmontaron las barricadas de autodefensas de los barrios a punto de balas, causando más de diez fallecidos. 2,720 personas han resultado heridas, según informaron organismos de derechos humanos en uno de sus últimos informes a finales de julio. La mayoría son por bala de plomo y en “operaciones limpieza”. 317 personas han fallecido producto de la crisis sociopolítica del país, según el último informe de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, CIDH. Las ciudades de Masaya, Carazo, León y Managua registran la mayor cantidad de muertes. 198 es la cifra de muertos que reconoce el Gobierno desde que comenzaron las protestas. Aunque insiste en justicia y reparación, no hay un solo juicio contra quienes mataron a algún manifestante opositor.

 

 

 

 

 

 

 

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