Echémosle corazón a la vida

Cuando se piensa, se razona, se siente y se actúa en razón del amor, la vida y la convivencia cambian y se enriquecen cada día más de valores

Cuando se piensa, se razona, se siente y se actúa en razón del amor, la vida y la convivencia cambian y se enriquecen cada día más de valores que las dignifican. Pero, cuando falla el corazón, cuando muere el amor, muere con él el sentido de la vida y solo quedan el vacío, el egoísmo, la soledad, la tristeza y el absurdo.

Dios no nos hizo sin corazón: nos creó para el amor, y la cultura que debemos crear, debe ser una cultura de amor y para el amor. Nuestro carnet de identidad no es otro que el amor: “En esto conocerán que son mis discípulos: en que se aman los unos a los otros como yo les amo” (Jn. 13, 35). Vida sin amor no es vida, convivencia sin amor es imposible. Fe sin amor es pura mentira (1 Jn. 4, 20-21).

Para nada vale la política sin amor; para nada vale la cultura sin amor; para nada valen las riquezas sin amor; para nada vale el bienestar económico sin amor; para nada vale la vida sin amor; para nada valen nuestras familias sin amor. Fe sin amor es una fe muerta. El amor, el amar, el sentirse amado, es la mayor de las riquezas que podemos tener y podemos dar. El amor, nos dice Jesús, va de la mano: con Dios porque “Dios es amor” (1 Jn. 4, 8). Con la fidelidad: “Si cumplen mis mandamientos permanecerán en mi amor” (Jn. 15, 10). Con la alegría: “Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena”. (Jn. 15, 11).

Va de la mano con la amistad: “Ustedes son mis amigos” (Jn. 15, 14). Con la entrega desinteresada: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn. 15, 13). Con la comunicación sincera: “Yo les he dado a conocer todo cuanto le he oído a mi Padre” (Jn. 15, 15). Con el bien obrar: “Les he destinado para que den fruto y su fruto permanezca” (Jn. 15, 16).

Va de la mano con la libertad: “Ya no les llamo siervos, sino amigos” (Jn. 15, 15). Por eso, decía San Agustín: “Ama y haz lo que quieras; si te callas, calla por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; ten la raíz del amor en el fondo del corazón”.

El amor es el distintivo de nuestro Padre Dios: Su amor es más grande que el mismo amor de una madre: “¿Puede una madre olvidarse del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidase, Yo no me olvidaré de ti” (Is. 49, 15).

Por amor nos ha dado el más grande don que tiene: su Hijo: “Tanto ha amado Dios al mundo que le dio a su Hijo” (Jn. 3, 16). Por eso, San Juan nos dice: “Dios es amor” (1 Jn. 4, 16).

El amor es el distintivo de Jesús: Su vida fue un testimonio vivo de amor a su Padre y a los hermanos. Por amor entregó su propia vida: “Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin” (Jn. 13, 15-16). Decía San Juan Pablo II: Jesús es el profeta del amor… Para conocer qué es el amor verdadero, cuáles son sus características y cualidades, es necesario mirar a Jesús”. Este es el mensaje para nosotros hoy: “¡Echémosle corazón a la vida!” El amor es el oxígeno de corazón. Donde no hay amor, muere el corazón. Quien no sabe saborear el amor y lo bello que es sentirse amado, es que no tiene corazón. La vida solo tiene sabor en el amor.

Dejémonos querer y seguir queriendo mucho a la gente, como decía Cantinflas: “Yo amo, tú amas, él ama, nosotros amamos, vosotros amáis, ellos aman. ¡Ojalá no fuese una conjugación, sino una realidad!

¡Dios te bendiga!
Correo: padreoscaroliver@hotmail.com

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