El boxeo en la sangre: la historia de Cristofer Rosales, el retador al título mosca del CMB

Rogelio González, tío de su mamá, era entrenador, lo empujó a este deporte y le decía a su mamá que la iba a sacar de la pobreza.

Cristofer Rosales desarrollará su preparación en Nicaragua para la batalla titular. HOY/ ARCHIVO

Hace trece años, Cristofer “el Látigo” Rosales recibió dos calzonetas y dos pares de botas como regalo. Su tío Martín González le había mandado el paquete desde Estados Unidos, y él, entonces un niño de diez, vio aquello como especial tesoro, se sintió boxeador por primera vez, pero su primera derrota no la sufrió arriba del ring, sino cuando supo que le habían robado una calzoneta y un par de botas.

“Me puse triste. Solo me quedó una calzoneta negra y unas botitas café. Es el día de hoy y las tengo en mi casa como recuerdo de mis inicios, ahora no me gusta que nadie me las toque”, cuenta Rosales, quien atiende la entrevista con todo gusto, después que el lunes fuera anunciado como retador a la corona de las 112 libras del Consejo Mundial de Boxeo (CMB).

El regalo fue para motivarlo. En realidad, no fue con esos recursos que él debutó a los diez años y pesando sesenta libras. La primera vez que subió al ring le tocó encajarse una camisola, un short pequeño y unos zapatos de tela suave que su mamá se los consiguió. Para rematar, su rival fue un campeón infantil chinandegano y el resultado fue cerrado (2-1). “Desde ahí supe que quería ser boxeador”, dice.

Rogelio, el descubridor

Cristofer traía el boxeo en la sangre. Rogelio González, tío de su mamá, era entrenador y lo empujó a este deporte, y le decía a su mamá Julia que ese pequeño la iba a sacar de la pobreza, porque vivían con muy poco. En ocasiones lo ponía a pelear con jovencitos más altos y pesados y le inyectó la idea de que el miedo es mental.

“Me enseñó a tener un carácter frío, sin importar con quien me tocara pelear”, manifiesta. Después se enteraría de que su tío Martín —el del regalo— era también adiestrador, que tenía un primo llamado Román “Chocolatito” González, que su mamá Julia había practicado el deporte de los puños y en ese entorno se sintió pez en el agua.

Cogió vuelo

Hizo 117 combates en amateur y perdió nueve. Se acostumbró a pelear tres veces por semanas, a veces el premio era una canasta básica que llevaba gozoso a su madre y llamando la atención debutó profesionalmente a los 18 años, exactamente en 2013, siendo bachiller, pretendiendo ser arquitecto, bilingüe y raramente cocinero. Su primera bolsa fueron 1,500 córdobas.

“Me quedé con 300 y le di 1,200 a mi madre”, cuenta ahora, entre risas. Para Rosales su madre ha sido un motor con doble. Esquiva el tema de su padre porque es “alguien al que le importé poco”.

Sin contar con su tío Rogelio, porque este debía hacerse cargo de otras obligaciones, el Látigo pasó a las manos del entrenador Luis Mena, después a las de su primo Róger González y a la vez a las de Edwin Martínez, pero al final se quedó con el de su propia sangre.

De ahí comenzaría una carrera apasionada por el boxeo, entre errores y aciertos.

Se abre la puerta

“Hasta ahora mi pelea más difícil fue con Andrew Selby en Inglaterra, me sentí frustrado por no poder atraparlo, y ante Mohammed Obbadi me sentí sobrado, perfecto”, señala.

El 15 de abril en Yokohama, Japón, Rosales podría detener su propio mundo si se corona sobre el local Daigo Higa, por el fajón mosca del CMB.

“Tengo 23 años, me siento entero, quiero comprarle la casa a mi madre, sacarla del trabajo, pero cada pelea, cada gota de sudor, irá dedicada a mi tío Rogelio, fallecido en marzo de 2016 por un ataque cardíaco, el hombre que inició todo esto”, concluye.

...

Notas Relacionadas