Entre golpes y pasteles: la historia de vida del ex boxeador Bismarck Alfaro

De andar vendiendo pasteles en los recovecos del Iván Montenegro, ganando seis mil córdobas por cada combate en el país, Alfaro se fue a Europa.

Bismarck Alfaro ha tenido doble vida: boxeador y hacedor de pasteles. HOY/ ÓSCAR NAVARRETE

El sol se deja caer con fuerza a las 2:00 de la tarde. Bismarck “Pastelito” Alfaro aparece por una de las calles del mercado Iván Montenegro, en Managua, vistiendo una camisa de mangas largas y cargando en hombros una pana de plástico de la que se levanta un cerro de pasteles con rastros de azúcar. Se ven recién hechos.

Para Pastelito este es su segundo turno de trabajo. Ya en la mañana vendió la primera producción de 200 pasteles, y en medio del ajetreo de la tarde, con la obligación de vender otros 200, accede a desnudar su pasado, a la vez que los carros pasan a su lado como acariciándolo.

“A mi padre lo mataron cuando era un niño de dos años. Él se llamaba Rito Alfaro, era un pelotero de Ocotal, lugar en el que nací”, cuenta el hombre que ahora tiene 33 años, dos hijas y una esposa.

Ese golpe inesperado de la vida, tan temprano para que Pastelito lo recibiera, se sintió como un gancho al hígado en las pretensiones de superación de una familia de nueve hijos y una madre que en adelante tuvo que empujar a su descendencia sola.

“Ese fue el inicio de una vida difícil, que todavía sigue”, dice.

Niño y a la calle

Al hablar de su padre, Pastelito no deja que se le acumulen las lágrimas. Está interesado en resaltar el carácter de leona de su madre, Gertrudis Jarquín, quien le enseñó que en la vida nada es gratis y por eso a los 5 años ya andaba por las calles vendiendo los pasteles que ella hacía, y que él poco a poco fue aprendiendo a hacer. En realidad, todos sus hermanos participaban de la fabricación y la venta. Solo en conjunto podían oxigenar una economía de telarañas.

“En algunos momentos debí fajarme a golpes con chavalos más grandes para que no me robaran la venta. Cuando entré a la escuela, me iba a vender después del almuerzo, pero nunca la rutina dejó de ser dura”, relata.

Entre el estudio y el trabajo, Pastelito no tuvo tiempos para pensar en juegos. “En la calle veía de todo, pero no me dejé tocar por los vicios. Al final fueron unos amigos los que me orientaron que practicara boxeo para que me defendiera cuando me sintiera amenazado”, recuerda.

El primer hombre que vio llegar a un Bismarck Alfaro, de 13 años, al Instituto Nicaragüense de Deportes (IND) fue el entrenador Bayardo “Polvorita” Martínez, quien rápido entró en una especie de interrogatorio para saber si el joven llegaba para convertirse en un boxeador que quería llegar largo o alguien que solamente apostaba por aprender a defenderse.

“Yo le dije que quería competir, pero era mentira. Lo que en realidad quería era aprender a defenderme porque en el mundo que vivía no tenía amigos. Pero después no pude zafarme, me fue gustando y me fui quedando”, comenta.

Un rato en el paraíso

Sin saberlo, Pastelito le estaba abriendo las puertas al deporte que lo llevaría a ganar medalla de bronce en los Juegos Panamericanos de Santo Domingo, República Dominicana, en 2003; visitó Cartagena, Colombia, y anduvo por toda Centroamérica, región de la que fue cuatro veces campeón en la división de los 57 kilogramos.

“En su momento llegó a ser considerado un prospecto”, expone Onofre Ramírez, réferi que atestiguó más de una docena de combates de Pastelito. “Le gustaba pelear a la distancia, era estilista”, añade.

“Después de ganar la medalla, la gente me miraba, decían, ahí viene Pastelito. Eso me dio popularidad, al punto que me compraban más, porque aunque me metí al boxeo, nunca puse a un lado la pana de pasteles”, comenta y se ríe.

El debut de Bismarck Alfaro en el boxeo se dio el 1 de abril de 2006, en el antiguo gimnasio Alexis Argüello, hoy llamado Nicarao, contra el leonés Daniel “la Serpiente” Castro. Un cabezazo terminado en corte impidió un resultado unilateral.

Después Pastelito ganaría cuatro combates al hilo, hasta que José “el Brillo” Gutiérrez, entonces con un récord de siete victorias, cinco de ellas por nocaut, fue anunciado como su rival y para su desdicha fue noqueado en tres asaltos, perdiendo su invicto.

“Esa derrota caló en mi moral. Lo que pasa es que estaba recién casado, estaba en la preparación de mi pelea y no podía tocar a mi pareja. Pero corrí los riesgos y decidí meterme con ella, fue mi luna de miel y llegué mal a la pelea. El ego lo tenía herido. Hice una pelea más, le pedí la revancha y lo noqueé en ocho asaltos. Fue una de mis mejores peleas como profesional que yo recuerde”, manifiesta.

“Fue mi mayor error”

 

Después de 15 peleas, Pastelito cometió el error más grande de su vida en 2008. “Pienso que fue lo peor que pude hacer. Me fui a pelear a España. Un colombiano me sirvió de enlace y me dijo que ganaría cuatro mil euros por combate, fue cierto, pero estando allá me quitaban la mitad”, se lamenta.

De andar vendiendo pasteles en los recovecos del Iván Montenegro, ganando seis mil córdobas por cada combate en el país, Alfaro se veía con la oportunidad de dar un paso adelante en su carrera, en Europa. Él estaba enterado que lo habían llevado como “carne de cañón” pero, corajudo como aprendió a ser desde niño, se preparó para rebelarse a todo aquello, sin éxito.

“Fui una escalera”

“Me fui sin permiso de la Comisión de Boxeo, lo que quería era dinero para levantar mi casita que se me estaba cayendo”, comenta. Fue así como Pastelito fue aceptando pelear en 118 libras, en 122, 126, 130, 135, 140 y 147 libras, en Italia, Austria, España y Francia.

“A mí me gustaba la vida en esos países. Estaba rosadito, comía bien. Lo viví como un descanso de mi vida cotidiana. Fue difícil porque en verdad perdí nueve peleas y solo gané una. Me usaron como escalera, yo recuerdo que cuando peleé en 147 libras me tuvieron que engordar y peleé con un mastodonte, daba risa yo, estaba panzoncito y tenía las patitas flacas”, recuerda.

Fueron tres años en los que Alfaro se olvidó de ofrecer pasteles en las calles, lo que ganó —no recuerda cuánto— lo ocupó para “poner” bonita su casa, la que todavía tiene, pero el resultado de esta maniobra fue “echar a perder su carrera”. Su última pelea fue en noviembre del 2013 y en un intento por conseguir dinero, incursionó en las artes marciales mixtas, lo que causó que lo suspendieran de forma definitiva del boxeo rentado.

“Lo que queda es la nostalgia de esos años. No me quedó la gran cosa, pero tengo mis pasteles, que son los que me dan de comer hasta el día de hoy”, cuenta.

Bismarck “Pastelito” Alfaro ha pasado más de una hora hablando de sí, es hora de irse. “Pasteles, pasteles”, va pregonando, perdiéndose en los recovecos del mercado.

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