El cuento que le compartimos hoy es: El libro de trapo

En su amago no se olvida de las páginas leídas del catauro con las frutas del espíritu y la emoción que producen los libros y las ideas...

El libro de trapo, un hermoso cuento para leer el familia. HOY/Ilustración: Luis González

 

HOY/Colaboración

Le invitamos a leer este hermoso cuento. Mauro parece tauro, pero no es ni lauro de los primeros días del centauro. En su amago no se olvida de las páginas leídas del catauro con las frutas del espíritu y la emoción que producen los libros y las ideas. El libro es elogio a la grandeza del pensamiento: el cerebro habla de su belleza…

Mauro soñó que tendría esos tesoros en abundancia como regalo y no cabrían en la tina de la camioneta. Cada página era su testa y no se atrevía al olvido. Su vino venía escrito en letras negras de papel periódico. Allí se pegaba como hijo de la madre, cuya ubre fecunda exhalaba estrellas.

¡Insólito! ¡Increíble misterio de los libros y su fuerza! La raya de la muerte no existe. Del cielo te caen palabras en forma de libro para gozarlo y estirarlo con cuerdas vocales y tripas del sentimiento. El mejor momento es llegar a tiempo con el mejor invento del hombre. Puso sus ojos y su pensamiento para descifrar las hojas en forma de cuña.

—¡Cargá lo que querrás! —le dijo Bernarda—. ¡Sacá tus peleros y llenalo! Botá las tristezas…

—¡Solo tengo el morral! —contestó Mauro—. ¡Yo botaré tripas y miserias! ¡Mis desgracias!

Mauro que parecía tauro y no era ni lauro de los primeros días del centauro sacó del morral sus peleros: cuatro camisas viejas almidonadas, dos calzoncillos rotos y floreados y un pantalón de lino que se arrodillaba en el suelo cuando se acordaba de limpiarlo con el cepillo en el lavandero.

—¡Me dan pesar mis desgracias!

Allí quedaron las camisas viejas, los calzoncillos rotos y el pantalón de lino que se persignaba al acostarse en el lavandero, duro el majadero. Apenas tenía jabón y unas orejas de guanacaste para restregar el tiempo y el botadero.

Mauro que parecía tauro y no era ni lauro de los primeros días del centauro se fue tranquilo, desnudo y feliz, cargando los libros en su morral, llevado por el vendaval de sus memorias para escribir sus propias historias. Ahí está… escribiendo el toro.

A Mauricio Paguaga Rivera.

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