El cuento de hoy sábado es: Un milagro de Navidad

Los dos hermanos, Clara y Pedro, miraban con detenimiento los juguetes a través del cristal de una de las tiendas de la ciudad. Sus ojos se humedecieron.

Un milagro de Navidad. HOY/Ilustración: Luis González

 

HOY/Colaboración

Los dos hermanos, Clara y Pedro, miraban con detenimiento los juguetes a través del cristal de una de las tiendas de la ciudad. Sus ojos se humedecieron. Pero se conformaron con mirar. Por ser muy pobres sus sueños estaban negados. Sin embargo, Clarita jaló la camiseta de Pedrito y le dijo:

—Vámonos, terminemos de vender el agua helada antes que oscurezca.

Cada uno buscó una esquina del parque central y, entre gritos, pregonaron las bolsitas de agua, ofreciéndoselas a la gente.

Quedaban pocas horas para la Nochebuena. Mientras la multitud llenaba los establecimientos, los dos hermanos, llevados por el cansancio, buscaron una de las bancas del parque y se sentaron a observar. Clarita vestía un vestido floreado y bastante sucio; Pedrito con su short remendado, camiseta blanca y rota, bastante sucia también. Ambos de chinelas, observaban boquiabiertos a la gente que iba en todas las direcciones. Sus ojos se perdían en una veintena de niños con ropa nueva que corrían en la plaza de la mano de sus padres.

—¿Qué quieres que te traiga el niño Dios, Pedrito? —preguntó la niña.

—Yo quiero un camioncito, ¿y vos? —contestó el niño.

—Me gustaría una muñeca para que me acompañe cuando duerma —dijo Clarita.

De pronto, ella vio algo que brillaba en el suelo; se levantó para recogerlo, tratándose de una cadena gruesa de oro.

La tomó y aprisionó con su mano pequeña, miró para todos lados preguntándose quién la habría perdido. Como Pedrito se había dormido momentáneamente, lo despertó y comenzaron a preguntar a los transeúntes si algo se les había perdido. Estos, en virtud de responder, los miraron con desprecio, ordenándoles desaparecer de su vista.

Ya se hacía tarde y debían regresar a su humilde casita, donde los esperaba la madre enferma. Ella arreglaba ramas secas sobre una caja de cartón, acompañándola con cabellos de ángel del año pasado. Era el arbolito de la casa. Clarita lo miró con ternura, pero a la vez con tristeza y, enseguida, mostró a su madre lo que había encontrado.

—Mamita, no pienses mal —le dijo la niña, mientras abrazaba a su hermanito—. El niño Dios escuchó lo que deseábamos y nos mandó esta cadena que encontramos abandonada. Preguntamos a muchas personas, pero nadie la había perdido. Podemos venderla y así tendremos nuestra cena de Nochebuena, y seguro, alcanza para tus medicinas.

Ella lloró de la emoción y abrazó a sus dos pequeños hijos amorosos.

Aquella noche, al lado del arbolito de ramas y cabellos de ángel, los tres disfrutaron de una buena cena de Nochebuena, como nunca antes la habían tenido.

Clarita besaba a su muñeca y Pedrito, muy contento, jugaba con su camioncito.

...

Notas Relacionadas