El divertido cuento de hoy sábado es: El perro Jeremías

El perro Jeremías amaneció con alas, su corazón ladró al sentir el plumaje enredado en su cuello y patas. Se sentía incómodo.

Ilustración: Luis González

 

HOY / Colaboración

El perro Jeremías amaneció con alas, su corazón ladró al sentir el plumaje enredado en su cuello y patas. Se sentía incómodo.

Después del primer susto, poco a poco se incorporó hasta sentarse sobre sus extremidades traseras. Trató de mover tantas plumas, pero no pudo. Pensó que tal vez tenía en su espalda las alas de su amiga Ruperta, a quien perseguía a menudo mientras jugaban todas las mañanas. Entonces, corrió hasta el riachuelo cercano, pero observó que eran ¡sus propias alas!

Poco a poco fue asimilando la situación. Ya calmado, pensó qué hacer con esas alas bien pegadas a su piel y huesos. Tenía que darles uso de alguna manera.

Después de horas de intentos aprendió a moverlas, fijándose en la manera como lo hacían los pájaros o su amiga Ruperta, quien lo ayudaba dándole consejos.

Esa noche casi no durmió, pensando qué hacer al día siguiente. Por momentos soñaba que volaba desde las ramas de un árbol de tigüilote.

Por la mañana, lo primero que hizo fue subirse al árbol, se lanzó de cabeza y por poco pasa directo al cielo de los perros con alas. Logró sobrevivir.

Después de ese incidente, estuvo un poco depresivo, pero con apoyo de sus compañeros decidió seguir con sus intentos. Aún convaleciente, reinició su práctica con insistencia, pero con más cautela.

Una tarde, después de muchos días de entrenamiento, logró alzar el vuelo hasta cuatro metros de altura. Para él fue un triunfo mayúsculo, una felicidad superlativa, porque había logrado realizar algo que, al inicio, consideraba imposible.

Su vida cambió por completo. Su ánimo aumentó, su autoestima llegó a la cumbre. Por eso, a partir de esa fecha, todas las mañanas, tardes, hasta que oscurecía, continuaba practicando hasta que logró volar con gran destreza, a tal punto que planeaba como un avión de combate, asustando con sonidos de metralla o bombas y persiguiendo a baja altura a todas las gallinas y gatos de las fincas vecinas.

Pero, como bien dice la canción: “…nada es eterno en el mundo”. Un día se aburrió de volar y comenzó a extrañar los olores de la tierra mojada, de las flores, de los huesos enterrados en el patio. Añoraba perseguir a sus amigos cuando jugaban a las escondidas. Añoraba olfatear los calcetines de su amo, las huellas y el popó de los caballos y vacas. El solo hecho de tener que bajar para alimentarse lo cansaba. Entonces, pensó que un perro no tiene razón de volar, que su cuerpo estaba diseñado para saltar, correr, para vivir una vida plena, pero terrestre. Así que, de un solo tajo y sin pensarlo mucho, se cortó las alas. Sangró un poco, pero logró superarlo de manera tranquila.

Sin embargo, ya no volvió a ser jamás un perro cualquiera. Nadie, absolutamente nadie, podría decirle que un perro… no puede volar.

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