Los espantos del cafetal

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HOY/Ilustración: Oswaldo Acosta

HOY

Un disparo al aire fue la señal… ¡buuum!… a los segundos, como por arte de encantamiento se abrieron los portones de la hacienda “El Manzanito”.

Los jugadores permanecieron quietos en el umbral y observaron temblorosos los cafetales… ninguno tenía la vida asegurada en la carrera. Pero… estaban ahí, dispuestos. Unos movidos por la necesidad y otros por la ambición.

Esa noche Chico Toribio, antes de salir de casa abrazó a sus hijos. Escondió el ruido de su estómago que gritaba miedo y lo reemplazó con una risotada nerviosa.

“Mañana en la tarde iremos a comprar sus regalos”, mencionó mientras cruzaba la puerta con la frente a chorros.

Todos creyeron que iba a la carnicería. Como siempre, a descuartizar las reses que serían vendidas en el mercado al amanecer. Pero no.

El pobre hombre iba a jugarse la vida en busca de la fortuna de los hermanos Gutier. La actividad en la que desaparecía el cinco por ciento de la población del Narajal anualmente.

Claro… eso nadie lo sospechaba. Asociaban el problema con la migración, el secuestro y los ahogamientos en la laguna de Tola. Se mantenía la creencia de que el cuerpo de agua no regresaba a sus víctimas.

¡Si usted busca estos sitios en el mapa de Nicaragua, no los va a encontrar. No insista… son tierras de sombras!

***

La mayoría de habitantes del Narajal guardaban la historia de los cafetales malditos como una leyenda vistosa, un cuento de camino que se leía a los niños malcriados para sembrarles temor.

Sin embargo, los que conocieron al viejo Nutria, cambiaron de parecer al instante. Lástima que no tuvieron la oportunidad de ofrecer el testimonio al mundo, murieron antes.

El anciano, de casi 115 años, en su juventud había sido el mayordomo de los hacendados y sabía de memoria el camino secreto para llegar a la propiedad.

También era el creador de las olimpiadas sangrientas en donde 77 personas penetraban los cafetales con palas, machetes y focos, en busca del tesoro.

La mañana en que Chico Toribio conoció a Nutria pasaba por una situación fatal. Uno de sus hijos estaba enfermo de muerte y necesitaba medicinas.

La piel blanquecina del anciano, su impecable reloj de oro y la vestimenta de niño pijudo que se cargaba le indicaron al padre emproblemado que se trataba de un adinerado. No dudó en solicitarle dinero.

—Señor no lo conozco. Disculpe, pero… por favor hágame un crédito, se lo pagaré. Si mi hijo no toma su medicamento morirá —contó desesperado. El viejo lo miró fijamente y sonrió.

—Claro que te los doy. ¿Sabés algo?… muchos me buscan por codicia, porque se enteran de que tengo el mapa de una fortuna. Pero vos estás en blanco, pedís por tu familia. Contá conmigo, eso sí, va a ser parte de mi equipo— aclaró tajante.

Chico Toribio asintió con la cabeza. Era capaz de decir “sí” a todo por el bien de sus hijos. Aún sin conocer la peligrosidad de sus tareas.

Fue así como entró a las olimpiadas.

***

A las 1:00 de la madrugada cuarenta hombres y 37 mujeres se internaron en la espesura de los cafetales olvidados de la hacienda “El Manzanito”. El lugar despedía un hedor insoportable. Similar al de la carne humana en descomposición.

Minutos antes, Nutria los había acomodado en fila india para confesarles que si querían vivir y ser ricos, tenían que superar un sinnúmero de pruebas.

“Algunos de ustedes son competitivos y tienen sed de oro, hoy tendrán la oportunidad de sobresalir… en cambio, otros necesitan desear más y no ser conformistas, aquí van a superarse”, expuso con tono burlesco.

Mientras el anciano hablaba, Chico Toribio recordó a sus hijos y se avergonzó. “No les he dado nada bueno, no me he esforzado lo suficiente por ellos”, se reclamó severo.

***

La neblina de los cafetales era aterradora. Los buscadores se aglutinaron para protegerse de cualquier alimaña. Tuvieron la sensación de haber caminado cinco horas, pero la oscuridad del cielo era invariable.

Cuando llegaron a un predio más despejado apagaron las linternas y disfrutaron de la luz de la luna.

Al rato, cuando se les había olvidado para qué habían llegado, fueron sorprendidos por dos bultos espectrales, uno más tenebroso que el otro.

Los gritos invadieron el aire, el espanto sombrío durante su ataque sacó los ojos de todo aquel que se cruzaba a su paso.

Chico Toribio, alterado, se cubrió con una manta de hierbas espinosas. Todas le atravesaron la piel.

Esa madrugada, de 77 personas solo diez quedaron vivas.

El ánima semiluminosa levitó sobre la rama de un árbol y desde ahí observó el mar de cadáveres. Los sobrevivientes en pánico lanzaron piedras a su faz, pero era inútil, ninguna logró lastimarle.
“Perdonen a mi hermano. Él es Fátimo Gutier, el dueño legítimo de estas tierras, no le gustan los intrusos. No vivirán. Jamás debieron venir. Su tesoro es intocable”, dijo el espanto con tono pacífico.

Tiempo después Fátimo Gutier descendió de la colina, furioso y acabó con la vida de los últimos buscadores, se acercó a su hermano de luz y le lanzó un gruñido tenebroso.

Chico Toribio aún oculto y con la piel ensangrentada se arrastró por la tierra, pasó por encima de los cadáveres y logró regresar a los surcos.

Cuando intentó quitarse la manta de espinas, algunas de sus venas perforadas reventaron y la sangre resultó incontenible.

Estuvo a punto de colapsar a causa de las heridas hasta que el ánima bondadosa de Bladimir Gutier llegó a reconfortarlo.

—Vos estás vivo, eso nunca había pasado. No hagás ruido, no quiero que Fátimo te mate, si vos vivís yo iré a descansar al cielo. Sos diferente, el viejo Nutria seguro lo notó, él está encargado de buscar entre los pobladores del Narajal un alma gris, o sea, a una persona con moderada codicia y moderada humildad. Sos perfecto —argumentó el espanto.

Chico Toribio, espeluznado y débil, dudó de las buenas intenciones del espíritu. Pero cuando este le aseguró que volvería a ver a sus hijos se llenó de confianza.

—Ayudame a salir de aquí. No me interesa nada más— suplicó.

—Te ayudaré. Pero, tenés que mantenerte fuerte. Vamos a iniciar el camino de regreso y serás tentado. Verás materializados todos tus deseos. ¿Estás listo?

—Sí lo estoy —respondió convencido.

El cielo permaneció a oscuras, no hubo cambios en el ambiente. Parecía que el tiempo se había estancado en la zona. De repente, Chico Toribio vislumbró a lo lejos una mesa llena de comida, el olor le resultó agradable. “No debés comer eso”, le aconsejó Bladimir, “es una trampa. La comida está envenenada. Morirás en cuanto devorés todo”.

Un babaza liviana salió de la boca del hambriento. Para vencer la tentación pensó en los días en que sus hijos iban a la cama sin probar bocado. Se concentró en el dolor del estómago vacío y continuó caminando.

La segunda prueba fue la puerta de la facilidad, “ella te llevará de inmediato al lugar en donde todos los muertos bondadosos descansan, dejarás de sufrir en el mundo”, le informó el espanto.

Chico Toribio sonrió emocionado, era una oportunidad única y solo un tonto la desaprovecharía.
“Yo soy un tonto Bladimir” expresó altisonante. “Los únicos dignos de pasar por esa puerta son mis santos hijos, yo no, no podría irme sabiendo que ellos perecen en la tierra”, aseguró entre llantos amorosos.

Antes de llegar a la tercera y última prueba el terrible Fátimo Gutier los atacó de imprevisto. Por primera vez Bladimir tuvo la fuerza para enfrentarlo. Lo desorientó con su luz que resplandecía más que nunca. Chico Toribio aprovechó ese momento para correr despavorido, el viejo Nutria le gritó desde la entrada jubiloso. “Corré chavalo, corré”.

***

Ya en las afueras de la hacienda “El Manzanito” Chico Toribio se sentó silencioso a descansar, una capa de sangre y tierra cubrían su camisa.

—Lo lograste hombre, lo sabía, sos el único sobreviviente en toda la historia de las olimpiadas sangrientas. Te felicito. Vos acabaste con la maldición, tu color es ideal, ahora sos gris. Las porciones de codicia y humildad son exactas.

“¿Por qué Nutria? ¿Qué significan estas olimpiadas?” preguntó Toribio. El anciano quedó pensativo y contó:

—Hace 95 años don Palomo Gutiérrez heredó todas las riquezas a sus dos hijos. Vos acabás de conocerlos. En esa época yo era mayordomo, mi señorito más querido era Bladimir, un hombre sin malicia. En cambio, Fátimo era ambicioso y con el tiempo multiplicó cinco veces más su fortuna, su gran pecado fue matar al hermano por acaparar su parte de la herencia. Una tarde lluviosa se adentró en los cafetales y enterró sus riquezas. Lo miré. En ese preciso instante le cayó un rayo al condenado. Yo juré que castigaría a todos los que fueran como él, todos los ambiciosos. Es lo que he venido haciendo” —Nutria respiró hondo.

—Y… ¿por qué andan penando los hermanos? —cuestionó Toribio.

—Mi señorito fue asesinado, él se comunicó conmigo y me dijo que si no encontraba un corazón gris estaría atado entre las tinieblas de su hermano. Había que invalidar la maldad de Fátimo. Vos lo lograste, ahora te pregunto: ¿querés el oro?

—Mi familia lo necesita, vos lo sabés Nutria. Vos decidiste traerme aquí, yo no sabía nada de ningún tesoro. Te agradezco porque ahora voy a esforzarme más. No quiero maldiciones en mi casa, no quiero la fortuna. Gracias.

Nutria le dio una palmada en el hombro, lo llevó al Narajal y regresó al cafetal.

—¿Por qué vas hacia allá de nuevo viejo? —consultó Chico Toribio confundido.

—Me espera mi señorito, voy a morir. Nos iremos juntos. Se acabaron las olimpiadas.
—Bueno. Nos vemos Nutria.

Cuando el ganador llegó a su casa su familia lo aguardaba. La camisa de Toribio estaba limpia, no tenía heridas.

A la mañana siguiente un camión gigante llegó a la humilde vivienda del carnicero. Un hombre serio en extremo bajó de la máquina.

—Buenos días. ¿Usted es Chico Toribio? —preguntó mientras leía un documento.

—Sí, soy yo

—Nutria Téllez ha fallecido. En su testamento aparece usted como único heredero. Tiene derecho a ocupar sus propiedades y su dinero. ¡Felicidades!

El humilde Toribio elevó la mirada al cielo. Se atacó en llanto y dijo: “Gracias señor”.

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