Artistas circenses sufren, carencias, olvido y pobreza

La necesidad obliga a que en los circos, haya niños trabajando, lo que para muchos sería incurrir en el delito de explotación infantil

Eran las 7:00 p.m. César Blandón esperaba con ansias que empezara la función por la que había pagado 3 córdobas. Sentado en una tabla de madera aquel adolescente, de 13 años, quedó maravillado con la presentación de los artistas guatemaltecos. En la localidad donde vivía en Estelí, este tipo de shows no eran comunes ya que estaba bastante alejada de la ciudad. Desde entonces, aquella enorme carpa color rosa, las caras pintadas de los payasos y los malabares, lo atraparon.

Esa no era la vida a la que él estaba acostumbrado. César nació en el seno de una familia campesina, pero nunca le gustó el trabajo en el campo, —”trabajar al machete no era lo que yo quería ”— dice, mientras corre a los dos perros que se rascan las pulgas, en medio de la entrevista, bajo una carpa agujereada en el Circo Galaxia. Los recuerdos de sus inicios en el circo van y vienen en la mente de César. Rememora que aquel día que asistió a la primera función se acercó a uno de los dueños y pidió trabajo. “No sabía nada de hacer malabares, pero sí sabía barrer”, cuenta con tono de broma.

Ese día lo contrataron para limpiar y hacer mandados. César ya era parte del King Black de Guatemala. Ahí empezó su sueño. Transcurrieron dos años desde el día que César dejó todo por iniciar una vida bajo la carpa. Guatemala, Honduras y Costa Rica, fueron algunos de los países que visitó. Con el tiempo, aprendió a hacer malabares y a tirar fuego por la boca.

Cico Galaxia. Foto: Jader Flores.

A sus 15 años César ya soñaba con fundar su propio circo, así que se fue “mojado” a Estados Unidos para ganar dinero. Allá trabajó 6 meses vendiendo globos. También estuvo en México, pero sabía que solo no podía dar vida a lo que según él, era su proyecto de vida.

“Circo hermanos gitanos”, ese fue el nombre que César decidió para el circo que años más tarde estuvo integrado en sus inicios únicamente por él, su esposa y un amigo.

Circo los vio nacer

Luis Blandón sabe que es momento de que inicie la función, para ello busca un espejo, pintura y su traje. Una vez que está listo “Ratonini” (es su nombre artístico) debe presentar su show de comicidad para grandes y chicos.

“Nací dentro del circo y es algo que amo, aunque a veces tengamos que cubrir nuestras lágrimas con una sonrisa, porque hay momentos difíciles, no todo en la vida de un payaso es felicidad”, recalca Luis.

Además de Luis, está Cristhian, Geovanny, Brenis, María y Cintya, todos ellos son parte de la prole que don César tuvo con su esposa y todos están involucrados en cada una de las funciones del circo. Unos bailan, otros son payasos y se han acostumbrado a la vida errante del circo.

Cico Galaxia. Foto: Jader Flores.

“El espectáculo debe continuar”, esa es la frase que según don César, define la vida de los artistas circenses. Él relata que bajo la carpa, no solo se guardan sonrisas, lágrimas también.

“Bajo esta carpa también hemos tenido un ataúd y en medio del dolor debemos hacer reír a la gente”, cuenta César. Mientras ata los cordones de sus zapatos -que son el doble de lo que en realidad miden sus pies- Luis recuerda el fallecimiento de su abuelita, hace un año. Esa misma noche tuvo que salir al escenario a brindar su show.

“Tenía el corazón chiquito, pero debía trabajar para poder comer. Una vez, mi abuelita nos hizo prometerle que aún en el peor de los momentos, la función debía continuar”, dice el muchacho.

Cico Galaxia. Foto: Jader Flores.

Miserias

Un letrero donde se lee “Bienbenidos”, es la entrada al circo, un lugar lleno de necesidades, precariedad pero también de arte. Con una taquilla de 200 pesos (en los días regulares) Eliza Ochoa administra la herencia que su esposo, Sergio Flores, le dejó a ella y a sus cinco hijos, el llamado “Circo Mágico”.

El amor unió a estos dos chichigalpinos quienes desde los 14 años, dedicaron sus vida al circo. “Él era parte del ‘Circo Unión’ que llegó a mi colegio de secundaria, me enamoró y decidí empezar una vida dentro de este show”, relata Ochoa.

El hollín de las pailas es lo que utilizaba Sergio o “Vitolo”– nombre artístico con el que se le conocía– para pintar su rostro. Sus pantalones viejos y camisas viejas, eran su traje para convertirse en el payaso que hacía reír a grandes y chicos. El personaje le dio de comer por más de 20 años, pero un corazón cansado y la falta de un seguro médico, llevaron a don Sergio a la muerte hace nueve años.

Circo Galaxia. Foto. Jader Flores.

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“Él se enfermó porque había días en que no teníamos para comer. En el invierno debíamos aguantar lluvia y en el verano el inclemente sol, porque no teníamos un techo seguro donde estar”, menciona Ochoa.

Jaquelin y Kasandra Flores (2 de las 5 hijas de Eliza) luchan con su madre y seis menores, por sobrevivir con cada función. Dos catres, una vieja cocina de gas butano, una carpa rota y unos trozos de tabla, son parte de los bienes del “Circo Mágico”. La vida de estos artistas está llena de muchas necesidades y de olvido. Ninguna organización de gobierno, ni privada se ocupa de la decadencia en la que vive este espacio de entretenimiento, cultura, y sobrevivencia.

Circo Mágico. Foto. Mariela González

Desprotegidos

Los artistas circenses carecen de un seguro médico. Tampoco tienen un salario fijo y según ellos “hay más días malos que buenos”.

No tienen una vivienda propia, deambulan por los barrios del país y deben alquilar terrenos, aunque muchos ni siquiera presten las condiciones sanitarias suficientes. Los hijos de los dueños, no estudian por el poco tiempo que permanecen en lugares a donde llegan.

La necesidad obliga a que en este tipo de circos, haya niños trabajando, lo que para muchos sería incurrir en el delito de explotación infantil.  Eliza Ochoa asegura que han sido víctimas de los delincuentes en diferentes ocasiones.

Circo Mágico. Foto. Mariela González

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