Medicina contra el odio

(Medicina contra el odio) es un relato de ficción... espere una historia distinta cada domingo.

HOY/arte: Oswaldo Acosta

HOY

A pesar de las amenazas de sus vecinos, Lorenzo Tabla no le bajó el volumen al radio. Al contrario, conectó sus amplificadores y bailó desnudo en su habitación por largas horas. Parecía entusiasmado y alegre, sin embargo, su realidad era adversa. Estaba atormentado por la traición de su esposa y su mejor amigo. Tenía que canalizar el dolor haciendo cualquier disparate.

La noche en que los descubrió sosteniendo relaciones sexuales se le desmoronó el mundo. Por un acto reflejo recorrió las calles de San Rafael del Sur en su camión viejo. Llegó a Pochomil y tuvo largas pláticas con el mar. Cuando regresó a casa, al amanecer, con el pantalón plagado de arena, Dacala, su mujer, se había ido con Lucas para siempre. No le quedó más que llorar.

***

Después del bailongo a solas, tuvo unos minutos de paz, se miró al espejo, notó que tenía sobrepeso y estaba barbudo. No soportó el hedor de sus axilas y su mal aliento. Resolvió en bañarse. Levantar las botellas de guaro vacías. Bajarle el volumen al radio. Alimentar al gato y limpiar un poco la casa que hacía meses estaba convertida en un chiquero.

Al terminar los deberes que se impuso. Cambió de emisora. Sintonizó una con programación más relax. Pensó en Dacala, pero no con la veneración del pasado, sino con resentimiento.

“¿Por qué se fue con él? Yo soy un hombre bueno”, preguntó en un grito. Efectivamente. Lorenzo Tabla no era un tipo malo, siempre que podía salía en busca de trabajo, era excelente hijo tanto que sus padres aún le daban dinero cada quincena. Los fines de semana, no iba a emborracharse a ninguna taberna. Tampoco buscaba mujeres en los prostíbulos. Se quedaba en casa, comiendo pan con mantequilla y pinol con leche. No celebraba ningún día feriado y en la Semana Santa hacía votos de abstinencia sexual.

“No entiendo. Esa mujer las va a pagar por dejar a un hombre como yo”, pensó convencido de su importancia. En ese momento una voz cantarina se escuchó en la radio:

“Siente que el odio lo está matando. Que se odia a sí mismo, que odia su mundo. Al padre que le abandonó, su madre maltratadora. A su pareja infiel. Al amigo mentiroso. Al jefe pervertido… no lo piense más. Aproveche esta oportunidad y libérese. Venga a Managua, lo esperamos en la Casa Azul. Le atenderá el famoso espiritista y consejero del alma ‘Estad Salado’ y pondrá en sus manos las gotas contra el odio. Llame ya al 666-666- 66. Nuestra operadora le dará más información”.

Lorenzo Tabla escuchó atento y pensó que había encontrado la solución a su problema. Por fin lograría perdonar a su mujer y amigo. Marcó de inmediato.

—¡Triii,triii,triiii, triii…!— repicó el teléfono.

—Buenos días. Usted está llamando a la Casa Azul ¿qué desea?— respondió la recepcionista.

—Buenas… yo quiero el antídoto contra el odio. Necesito la dirección de la Casa Azul— indicó Lorenzo entusiasmado.

—Claro amigo. De la calle El Purgatorio, tres mil pasos al norte. La Casa Azul es esquinera. Ahí lo atenderá nuestro guía “Estad Salado”. Buen día.

Lorenzo no lo pensó dos veces, buscó en la billetera dinero, pero no encontró nada. Había gastado su mesada en licor. “Mierda”, dijo sosteniéndose la cabeza. “Ahora tendré que llamar a mi papa para que me haga un adelanto”. Llamó.

—¡Trii, trii, triiii— sonó el teléfono.

—Buenos días. Lorenzo hijo, ¿cómo estás mi muchachito?— respondió doña Chusila, su madre.

—Buenas mama. Póngame a mi papa. Debo hablarle— la señora llamó a don Péndijo. A los segundos…

—Aló. Lorenzo, ¿qué hubo hijo?— preguntó el padre asustado.

—Papa. Fijate que necesito que me des los riales de la otra quincena ahora. Se me presentó un problema— Lorenzo no explicó para qué necesitaba la plata.

—Sí. Claro chavalo. Te lo llevo. No te preocupés— Don Péndijo se los llevó esa misma tarde, eran más de cinco mil córdobas.

***

Una mañana de octubre Lorenzo salió a las 5:00 rumbo a Managua. Iba alegrísimo. Cuando llegó a la capital localizó la casa. Era una impresionante fortaleza del color de la bandera nacional. Con ventanales gigantes y un jardín en perfecto estado. “Aquí es”, pensó sonriente. De pie, al lado de la puerta principal estaba un guarda vestido de blanco.

—Buenas. Vengo a comprar el medicamento contra el odio— explicó torpemente.

—Sí. Pase señor. Ya lo estábamos esperando. Nuestro “Estad Salado” nos dijo que hoy vendría un hombre con sus mismas características. Bienvenido.

Al escuchar las palabras del hombre con rostro de monje tibetano, Lorenzo se sintió grande.

El interior de la vivienda era aún más sorprendente. Adornos de todo el mundo. De la India, de China.

Fotografías de “Estad Salado” con el presidente. A diestra y siniestra vitrinas llenas de productos. Leyó los nombre: “Jugo de la felicidad. Píldoras para olvidar el pasado. Agua de alacrán, cura toda maldición generacional. Pomada para ganar el puesto. Almohada para los celos…”. Lorenzo sintió que había encontrado el lugar ideal para curar sus males.

De repente, el gran genio apareció.

—Hola. ¿Tu nombre lleva vocales verdad?— preguntó el hombre.

— Sí señor. ¿Cómo lo supo?— mencionó Lorenzo asustadísimo por la revelación de “Estad Salado”.

—Es el don de la revelación. Dios se lo da a los hombres como yo. Me ha dicho que venís en un camión también— en ese instante Lorenzo se postró a sus pies conmocionado y le dijo con mirada de perro enfermo; “maestro… vine por las gotas contra el odio”.

“Estad Salado” le acarició la cabeza, “ya lo sabía”, confirmó.

—Yo tengo de todo para vos. Pero… ¿trajiste dinero?

—Sí señor. Sí— Lorenzo entregó todos los billetes uno por uno.

***

Después de haberse aplicado por tres meses las gotas contra el odio en el ombligo, como lo recomendó “Estad Salado”, Lorenzo Tabla se sintió renovado. Ya no pensaba en Dacala y Lucas airado. Estaba convencido de que en el mundo las infidelidades ocurrían a diario. También, sabía que era un hombre perfecto y que cualquier mujer rehacería su vida con él. “Nadie como yo”, se decía…

La sensación de paz que le ocasionó el producto fue tan grande que una mañana decidió ir a buscarlos. Se aplicó las gotas y tomó su camión. En el trayecto, mientras escuchaba una canción del famoso Dyango que decía: “Si la vieras con mis ojos como yo, me perdonarías todo lo peor”, sintió un ardor en el estómago.

“Esto me pasa por salir a la calle sin desayunar”, pensó. Minutos después, su cuerpo temblaba. Tenía los ojos enrojecidos y los labios resecos.

Cuando llegó a su destino no soportó la imagen de bienvenida. Dacala y Lucas haciéndose fotos con un celular, besándose a cada instante, disfrutando la vida sin preocupaciones. Se le subió la sangre a la cabeza, sintió morirse de la rabia. Bajó del vehículo casi corriendo y se abalanzó contra la pareja.

Lorenzo Tabla descargó el odio contenido por muchos días en el rostro de su rival. Lo golpeó tantas veces que los vecinos tuvieron que interceder o acabaría por matarlo. En llanto, Dacala le gritó “cobarde”, “inútil”, “poco hombre”, “inservible en la cama”, “niño de mami y papi… hombre de mentira”. Lorenzo huyó de la escena.

En el camino, quiso comprender lo que había pasado. Las gotas habían fracasado por completo. Quería su dinero. Alterado, realizando mil maniobras indebidas por la carretera, se enrumbó a Managua. Llegó a la Casa Azul. Encontró a “Estad Salado” sentado con el guarda, tomando limonada.

—Viejo jueputaaa… devolveme mi dinero. Eso no sirvió, casi mato a alguien ahorita por confiarme— le gritó y quebró lo vasos con limonada.

—Cálmese Lorenzo. A mí no me venga con ofensas. Yo le vendí el producto. Usted quedó complacido. Además, acaso no leyó las letras pequeñas del envase. Esas gotas son un tipo de placebo. ¿Sabe qué es eso?… algo que los doctores le dan a sus pacientes que se sienten enfermos, pero no lo están. Es su caso hermano. Yo soy psicólogo. Aquí no recibo a gente equilibrada emocionalmente. Ningún cuerdo vendría. A mí el presidente me autorizó comercializar estos medicamentos. Esto es legal en este país. La sociedad ha respondido bien.

—Es un robo. A nadie se le vende una mentira. Tiene que pagar por esto.

—No. A diario vendemos mentiras. Tu vida es una. Mejor entremos. Te ayudaré a conocer tus problemas. Entremos.
Lorenzo Tabla, al borde de la desesperación entró a la gran casona y se sentó en un sofá reclinable. Estaba tembloroso. Confundido. “Estad Salado” se sentó a su lado.

—Lorenzo. Voy a realizarte unas preguntas. Eso te ayudará a entender tu mal. ¿De acuerdo?

—ok…

—¿Tu nombre es Lorenzo Tabla? Preguntó Salado.

—Sí.

—¿A qué te dedicás?

—Mmmm. A nada. Mis padres me dan mi aporte económico siempre. No necesito hacer nada.

—Entiendo.

—¿Tu mujer sabía cómo eras al iniciar una vida con vos?

—Sabe que mis padres tienen dinero. Al principio se acostumbró a eso. Luego quería que yo me ganara el billete por mi cuenta. Odiaba que me quedara en la casa. No le gustaba cómo era en la intimidad. Pues, en realidad, no soy muy potente. Tengo mucha pena y soy muy miedoso en algunas cosas. Es una mujer linda fíjese. Pero no me valoró. Yo soy lo mejor que le pasó. Es bien tonta— aseguró Lorenzo Tabla.

—Mirá hombre. Noto que tu personalidad no logró definirse nunca. Me decís que sos y no sos muchas cosas. Al final. No sos nada. No trabajás, no te ganás el pan de cada día, siempre vivís en tu rincón tranquilo, sin arriesgarte. Tenés un problema de eyaculación precoz. Y negás tus limitaciones diciendo que sos lo mejor. Ahora te pregunto… ¿qué habrá visto tu exmujer en otro?

—Pues. Es una loca. Lucas, era mi mejor amigo. Lo conozco. Jamás será como yo. Sabe qué, ya me voy. Su plática no sirve.

Lorenzo Tabla subió a su camión viejo y condujo sin cuidado. En el camino iba diciéndose: “Soy lo mejor”, “el niño más bonito”, “tengo la familia más rica de San Rafael”, “soy guapo”, “soy una bomba en la cama”, “soy….”. Quedó en silencio. No supo qué otras virtudes atribuirse.

—Sos nada— le dijo una voz en su cabeza. —Sos un despojo, una vergüenza… sos un hombre sin huevos— rió a carcajadas el espectro interior.

Lorenzo lloró. Chocó de bruces con la realidad. Terminó en un guindo, maltrecho, con el corazón roto y lleno de odio. Incurable.

...

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