El monstruo de Las Canoas

(El monstruo de Las Canoas) es un relato de ficción... espere una historia distinta cada domingo.

HOY: Ilustración: Luis González

HOY

El camión se detuvo en Peñas Blancas. Un oficial regordete, con cara de pocos amigos y sudoroso se acercó a la ventana del conductor… solicitó licencia, cédula y pasaporte.

—Pura vida maeeees… ¿todo bien?— preguntó el chofer con una sonrisa que dejaba entrever sus dientes amarillos e invadidos de sarro.

El agente se tomó su tiempo para inspeccionar los documentos, “Carlos Ernesto Toledo Pastiche de nacionalidad costarricense”, leyó frunciendo el entrecejo.

Miró la foto y la comparó con el rostro que tenía en frente… confirmó que se trataba del mismo hombre, aunque en la imagen estaba menos delgado.

—Bajate Toledo y enseñame qué llevás atrás— ordenó mientras llamaba a otros policías para que le ayudasen a revisar el vehículo.

—Son electrodomésticos de segunda pipi, se los llevo a una señora en Managua. Aquí van todas las facturas.

—Bueno, bueno… enseñame— refirió el oficial desconfiado e impaciente.
Toledo bajó del vehículo desidioso, ya no lucía alegre. Estaba rojo y se jalaba las mangas de la camisa en señal de nerviosismo.

La carga era ligera, apenas una lavadora con abolladuras por todas partes, una cocina, un microondas, una cama unipersonal y una refrigeradora.

Los policías no notaron nada raro y lo dejaron marcharse al rato.

II

En la Carretera Panamericana, casi llegando a Sapoá el viento se sentía a unos 115 kilómetros por hora. Había un hombre de unos 35 años, piel morena y rasgos toscos sentado en el asiento del pasajero.

—Mierda, casi nos agarran los polizontes Rutbel Solano— dijo Toledo a su acompañante que no tenía pasaporte ni identificación, y que durante la inspección se había ocultado dentro de la refrigeradora.

—A mí na-die me de-tiene hermano…— aseguró arrastrando la lengua.

—No te encachimbés más con las mujeres unhappy (amargado), mira que allá en mi país eres hombre muerto, casi matas a la Colocha.

—Ella se lo buscó… dijo que había encontra-do a otro… era mía o de nadie.

—Pinche, yo voy hasta Tipitapa, ¿dónde te quedas?

—Ahí mismo compa… yo miro cómo me traslado a Las Canoas. Ahí tengo un ranchito, ¿has ido al río Malacatoya?… me espera una mujer y mija que no la conozco.

—¿Estás seguro que te espera? Cuidado te sorprendes, recuerda que la abandonaste… ya debe tener otro.

—La mato, ella me juró que iba a esperarme.

III

El sol de mediodía y la posibilidad de que Cándida, la que fue su mujer hace tres años, tuviera otro hombre, causó gran desasosiego en Rutbel, en su mente sin cultura, la mujer era un objeto, y no tenía derecho a elegir.

Cuando llegó a Las Canoas, la gente no lo reconoció, pero, tampoco pasó desapercibido… una señora que vendía elotes a cinco córdobas le pregunto: —¿y a quién busca?—

—¿Doña Lucha?… no se acuerda de mí, yo soy Rutbel Solano… vengo de Costa Rica, regreso donde la Cándida y mi hija.

—Aaaa, vos sos hijo de Lester, el que mató a la Trinidad… sí, ya sé quién sos papito. Y para qué vas donde la Cándida. Hace un año que ella se casó con el nieto de Lozerato. Es bien feliz, ya sabés: “El que se va, pierde su lugar”. Y qué sabés del maldito de tu papa.

—Nada vieja tapuda— gritó Solano con ira y le patió el balde con elotes cocidos. Todos rodaron por la tierra. Doña Lucha se enfadó mucho, tomó dos piedras y una de ellas le golpeó la frente. Rutbel huyó del lugar furioso y sangrante.

En el camino pensó en lo que había dicho la anciana. “Si la Cándida tiene a otro se jodió, la mato, juro que la mato, me dijo que solo sería mía, estas mujeres creen que son hombres ahora, que pueden tener a uno y otro… la mato, juro que la mato”.

Cuando Rutbel estuvo frente a su casa miró a una niña jugando con barquitos de papel en un charco.

—Esa debe ser mija, es igualita a mí— pensó orgulloso.

A los segundos, salió Cándida del brazo de su compañero.

Rutbel calificó la escena como “traición”, estaba dispuesto a matarlos. Sin embargo, resolvió en que solo arrebataría la vida de su exmujer.

—Es una perra, merece morir— dijo entre dientes y con los ojos rojos.

IV

Magdali jugaba con una muñeca mientras su madre preparaba la cena. La casa estaba limpia y olía a detergente. Sería una buena noche, Lauro llegaría temprano de la carnicería y antes de las 10:00 todos estarían en la cama.

Pero, como siempre, el mal acomoda las cosas a su antojo.

Ese día Lauro demoró más de lo normal. Como a las 11:30 Cándida se dirigió a la cocina para tomar agua, escuchó unos ruidos en el patio.

Pensó que eran los gatos o un zorrillo hambriento que buscaba la manera de comerse a las gallinas. Fue a echar un vistazo. No encontró nada raro. En lo que regresaba al interior de la vivienda alguien le silbó.

De inmediato supo que se trataba de Rutbel.

—¿Estás ahí? Preguntó asustada mientras una sombra se movía lentamente entre los árboles.

—Sí Candidita. Te veo feliz.

—¿Querés ver a la niña?

—Claro, y… ¿cómo te ha ido?

—Pues bien, me casé con el nieto de Lozerato, Lauro. Me cuida, me trata bien y a la niña igual. No te preocupés, podés seguir tu vida, nosotras no necesitamos dinero, nada. Además, yo estoy embarazada— confesó Cándida sin aliento. Sabía que Rutbel era un hombre violento. En el pasado muchas veces la golpeó y abusó.

—Tranquila… estoy de paso. Quería ver si habías cumplido lo que prometiste… ya vi que no, con el primero te enredaste. Solo te advierto lo siguiente: el lunes de la otra semana estaré aquí para que me des a la niña. Si no lo hacés te mato y mato a tu hombre. Sabés que no digo mentiras.

Cándida se atemorizó hasta el punto de desvanecerse. Despertó en una camilla del centro de salud de su comunidad. Lauro y Magdali estaban a su lado, preocupados por lo sucedido.

Lo primero que hizo la mujer fue abrazar a su hija. Mientras estaba inconsciente soñó que Rutbel se llevaba a la niña lejos y le hacía mucho daño.

—Lauro, tenemos que irnos a vivir a otro lado… no quiero regresar a la casa. Corremos peligro ahí. Rutbel regresó y dice que se va a llevar a la niña. Si no se la entrego nos va a matar. El lunes vendrá por ella.

—Eso nunca mujer, no tiene derecho a amenazarte, ese día iremos a la Policía. Pediremos protección, lo meterán preso. Estate tranquila— trató de confortarla Lauro.

V

Los días fueron terribles para Cándida, pasaba noches en vela cerca de la puerta. Se le hincharon los pies y presentó un leve sangrado, que el médico de la zona consideró peligroso por el embarazo.

Magdali ya no salía ni a jugar, se quedaba en el cuarto, entretenida con unas muñecas. Lauro temía ir a la carnicería y dejar a su familia sola.

Cuando llegó el lunes, los tres se fueron de madrugada a la estación de Policía. Al llegar al sitio los agentes de turno hicieron caso omiso a sus denuncias, “dónde están las pruebas”, cuestionaron entre burlas. No miraban ningún peligro.

Al ver la evasión de los oficiales, la familia no tuvo más remedio que regresar a casa.

Como un gesto de compasión, los Policías dispusieron trasladarlos en una patrulla.

VI

El temor de Cándida se acrecentó. Sintió que caminaba rumbo al matadero,
sujetó a su hija lo más fuerte que pudo. Conocía la maldad de su expareja, sabía que aparecería en cualquier momento.

—Calmate amor, le hará daño al bebé y la niña ya está asustada— consolaba Lauro a su mujer igualmente temeroso.

Cuando bajaron de la patrulla las puertas de la casa estaban abiertas, alguien había entrado por la fuerza.

—Hasta ese momento los oficiales entendieron que verdaderamente se trataba de una tentativa de homicidio. Cinco entraron a la casa armados, los otros tres se quedaron resguardándolos.

Efectivamente… Rutbel estaba en la vivienda. Brincó el cerco de púa y con cuchillo en mano se cruzó a un predio verde. Desde ahí le rogó a Cándida que se fuera con él.

—Vámonos mujer, trae a mi hija… me dijiste que ibas a esperarme. Te prometí regresar. Aquí estoy. Tenés que venir conmigo.

Los Policías se quedaron tras el cerco… analizando cómo retener al desalmado y evitar una desgracia. “Dale papito, soltá ese cuchillo, las cosas no se hacen de esta forma, entregate y será mejor para vos”, le dijo un policía mientras se tocaba la parte trasera del pantalón, donde precisamente tenía el arma.

—Disparen si quieren, de aquí no me muevo. Delen, disparen cabrones, yo me llevo a esa vieja, viva o muerta— aseguró Rutbel en posición de ataque, como un gato callejero en plena cacería.

Los agentes notaron la postura ofensiva y determinante de Rutbel. Se hablaron en claves y al instante todos le apuntaban con la pistola.

—Si no salís de ahí, llegaremos a vos y dispararemos… te conviene rendirte, soltá el cuchillo… no te metás a clavos hombre— aconsejó otro oficial.

—Yo nunca he estado preso, no tengo problemas con ustedes, solo quiero llevarme a mi mujer. Si no lo logro tendré que hacer lo que no quiero. Delen, disparen, pero no me detendré.

Rutbel no parecía cambiar de idea. Su terquedad reflejaba un comportamiento airado y antisocial.

Cándida estaba al borde de la histeria, a puerta cerrada, dentro de la camioneta, observando todo a través de las ventanas, junto con ella estaba su hija y su esposo, un hombre manso y poco confrontativo.

Los uniformados empezaron a bordear el lugar y acercarse a Rutbel… este les enseñó los caninos, como las fieras cuando están a punto de lanzarse a devorar a su presa.

En cuestión de segundos Rutbel se abalanzó sobre un policía que intentaba arrebatarle el arma. Le asestó una cuchillada certera en la parte superior izquierda de la clavícula, el filoso cuchillo llegó hasta el corazón. El hombre cayó y la sangre salpicó el monte. De inmediato persiguió a los otros que fallaron al disparar.

Los hirió a su antojo. De largo Cándida gritaba “disparen… disparen”. Lauro tapó los ojos de Migdali… aunque muy tarde… la pequeña ya había visto el proceder atroz del hombre desconocido, que decía ser su padre. Una visión que posiblemente no olvidaría jamás.

Los policías malheridos y los que se quedaron cerca de la familia resguardándola dispararon, una de las balas entró por el costado izquierdo de Rutbel y no salió más, otras en cambio le atravesaron: el pecho, los testículos y la pierna izquierda. Tiritó por unos minutos en pie, pero luego cayó vencido.

VII

La ambulancia llegó como dos horas después de la masacre. Los policías heridos habían sido trasladados en la patrulla al Hospital Primario Yolanda Mayorga en Tipitapa.

Al único que faltaba trasladar era a Rutbel… los paramédicos se sorprendieron al verlo con vida. Sujetaba el cuchillo como un crucifijo. Convulsionaba a ratos y se quejaba del dolor. La sangre que salía de su boca era negra y estaba morado.

Cándida cargó a su hija y entró a la casa para alejarla de ese ambiente funesto. Sin embargo, fue imposible no escuchar los gritos de su expareja agonizante.

HOY: Ilustración: Luis González

—Maldita Cándidaaaaaaa… me las vas a pagar— se ahogaba con su propia sangre. —Ese hijo que vas a parir… seré yo— decía con odio.

La mujer se sujetó el vientre mientras prestaba oídos a las blasfemias. Tomó una pala de hierro y salió corriendo al monte. Lauro no pudo detenerla.

Cuando Cándida estuvo frente a Rutbel, no lo pensó dos veces y le golpeó la cabeza fuertemente.

Los paramédicos, que habían decidido esperar que este muriera desangrado, la apartaron.

Sorprendente… Rutbel seguía vivo y reía a carcajadas. El charco de sangre era terrible, pero su alma infernal se aferraba a la vida, la venganza, la barbarie de su naturaleza.

Los lugareños decían que el cuerpo estaba poseído por algún demonio. Ya no había pulso, el corazón no latía, estaba verde… pero seguía maldiciendo, riéndose y negando a Dios a cada instante.

Un grupo de señoras empezó a rezar… “dale señor el eterno descanso y que brille para él la luz perpetua”… al anochecer, toda la población de Las Canoas estaba en el lugar con velas y oraciones.

El último en llegar fue el cura. Rutbel seguía riendo… con los ojos ensangrentados y más ofensivo que hace unas horas.

—Está muerto físicamente padre… pero aún habla… dice que va a reencarnar— dijo un paramédico al sacerdote.

—¿A sí? Dice él… ya lo vamos a reprender— dijo el eclesiástico mientras le mojaba la cara con agua bendita.

De lejos, Cándida miraba el evento insólito. Lauro intentó persuadirla de que entrara a la casa, pero ella quería ver morir al monstruo que deseaba verla acabada.

De repente, el padre se quitó el ceñidor y fajeó a Rutbel.

—Ya hijo… ten-nés-que-irte de aquí— y le daba y le daba con la hebilla. —Madres… no de-jen-que- sus chavalos se conviertan en esto, corrijan— aconsejó sudoroso y tambaleante el religioso.

A los cinco minutos Rutbel quedó en silencio y con los ojos abiertos.

Cándida sintió que el bebé en su vientre se movió con mucha fuerza. Emitió un quejido doloroso.

—Dios nooooooooo— dijo aterrada y se desmayó.

Cuenta la leyenda, que nació un niño muy parecido a Rutbel.
Pese a que este no era su padre. hablaba como él y se comportaba violentamente…

Todos los días…. Cándida lo corrige y le pega con la misma faja que ocupó el cura aquella noche… por si acaso…

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