Le invitamos a leer el cuento de hoy sábado: La vaca y el loro

En la mañana atravesada por rayos de oro, la vaca platicaba con el loro. Cuando las alegres golondrinas salieron de la montaña escucharon unos gritos.

La vaca y el loro, un espectacular cuento para leer con sus niños. HOY/Ilustración: Luis González

 

HOY/Colaboración

El cuento de hoy es: La vaca y el loro… En la mañana atravesada por rayos de oro, la vaca platicaba con el loro. Cuando las alegres golondrinas salieron de la montaña de rastrojo escucharon el grito del loro:

—¡Vaca flaca, mala para dar la leche a la gata!

La vaca lo miró macabra y respondió:

—Loro de mala facha, pico curvo y cola larga, patas flacas, pura caca.

El loro movió su cuello y descendió para gritarle aún más a la vaca, que estaba junto a su dueño:

—Mira vaca malabarista que no llenas la cubeta no das ni pizca, solo sirves para amamantar al gato del aprisco.

El gato Teto se enfadó con el loro, porque lo incluyó en el pleito que se tenía con la vaca:

—Mide tus palabras loro almariado, si estás acabado como trompo sacrificado, ¡para qué ensuciarme las patas con un loro bien pringoso!

De repente, aparece el que siempre se las daba de galán, el sapo con su escalofriante voz. Sus gritos se escucharon en todo el caserío del cerro:

—Se les invita a todos a presenciar el pleito que se armó: la vaca pinta de don Cleto se medirá con el loro de don Dagoberto. ¡Señores, hagan sus apuestas!

La vaca, con sus históricos cuernos, la pensó: seguir viviendo o dar su última gota de leche en el infierno. Por su parte, el loro, hizo mérito a aquello que dice: “Todo pequeño bien opuesto”, y empezó a hacer sombras en la troca que se utilizaba para el aporreo de frijoles nuevos.

—Vaquita, acércate y llevarás tu probadita… Vaquita, acércate y haré guisado con tu colita.

La vaca solo miraba con piedad al loro. El sapo enardecía el pleito con sus instigaciones. El loro tiró un bolado a los deteriorados cuernos; la vaca se sacudió y el loro cayó inconsciente, casi muerto.

Por mucho tiempo, el loro no conversó con los vientos, mientras que la vaca continuó llenando las pichingas de don Cleto, tan mansa como de buen parentesco.

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