Un secreto mortal

( Un secreto mortal ) es un relato de ficción... espere una historia distinta cada domingo.

Ilustración: Luis González

HOY

—Buenos días —dijo Naomi María cuando llegó a la puerta del cielo y se encontró sentado en un enorme sillón a san Pedro, vestido de blanco, de los pies a la cabeza.

—Buenos días, hija mía —contestó san Pedro, quien arrastró la silla, que tenía rodos, y se acercó a una mesa donde estaba un enorme y grueso libro dorado, con una pluma blanca como separador.
—Usted debe ser san Pedro, ¿verdad?

—Es correcto, hija. ¿Cómo te llamás y de dónde venís?

—Me llamo Naomi María y soy de Nicaragua. Yo vivía en un lugar que está camino a Pochomil, en una comunidad que no tiene nombre, pero algunos le dicen San José de los Mangos.

—Dejame adivinar, ¿te mató tu marido?

—Pues no era mi marido, era mi novio. Y no fue exactamente él, pero sí. ¿Por qué dice que fue él?
—¡Ay, hija!, eso de los femicidios está dando duro en Nicaragua desde hace rato. Aquí cada semana viene una nicaragüense que la mató su pareja. Pero dejame revisar tus datos, esperame, ya continúo con vos. Tomá asiento.

Naomi María se sentó en un sillón blanco, grande, muy cómodo. Sintió como si se estaba sentando en un montón de plumas, suaves, esponjosas. Quedó viendo a san Pedro y se le vino un sentimiento de miedo e inseguridad.

—A ver, hija, ya te encontré. Me demoré porque no te hallaba. Tenemos un problema. Explicame. Aquí dice que te moriste hace seis meses. ¡Seis meses! ¿Y hasta ahora venís? ¿Qué pasó? ¿Dónde estuviste todo este tiempo?

—Sabía que me iba a regañar. Usted no sabe todo lo que he pasado. (Se soltó en llanto).

—A ver, hija, a ver. Disculpame. No quise hacerte sentir mal. Lo siento. Comprendé. Después a mí me regañan cuando hay gente que pasa mucho tiempo penando. Vos sabés, hay que reducir esas cifras. Siempre mando a los ángeles que busquen dónde hay gente en esa situación, pero de vos nunca me hablaron.

—No podía venir, tenía que arreglar cosas.

—¿Problemas de justicia? Ay… vos esperanzada en que los jueces de Nicaragua hagan bien su trabajo. Desde hace tiempo vengo escuchando a la gente que se queja de ese sistema judicial, de esa Policía. Es un problema. Los peritos no hacen bien su trabajo, en Medicina Legal te cambian el dictamen. Y si no es alguien de un partido que da una orden y ya los jueces cambian sus sentencias como si fueran borradores. Pero… mejor decime, ¿qué te pasó?

Una semana después de Semana Santa, Cony quiso saludar a su amiga Naomi María y de paso aprovechar para que esta última le cortara el cabello. En el camino se acordó de la última vez que se habían visto. Naomi María le contó que desde hacía ocho meses que las cosas ya no eran iguales con Tony y este la llamaba constantemente para exigirle que no lo dejara. Pero también había notado que con cada llamada que recibía de su exnovio, casi siempre había uno o dos hombres en moto acechándola.

Naomi María nunca quiso contarle a nadie el motivo por el cual ya no quería estar con Tony y era su secreto mejor guardado. Cony, aprovechando la amistad que tenía con ella, pues habían sido compañeras de clases desde el preescolar, insistía en sacarle el secreto a su casi “hermana”. Pero no lo había logrado.

Así que otro de los motivos que tenía para visitar a Naomi María era volver a cuestionarla por su separación de Tony, el joven panameño que había llegado a aquella remota localidad tres años atrás, y dizque era escritor e investigador, y que trabajaba para una revista norteamericana contando historias. En realidad, Tony era un investigador, pero no necesariamente de historias.
En eso iba pensando Cony cuando a media cuadra del salón de belleza de Naomi María se percató de que el negocio estaba aún cerrado. “Qué raro, son las 11:30 de la mañana y esta aún no abre el salón”, dijo Cony para sí misma, extrañada porque su amiga siempre abría su negocio a las 9:30 de la mañana.

Llegó a la puerta y se acercó a la ventana que estaba a la par, semiabierta. Una vieja cortina le impedía ver con claridad, así que metió la mano derecha para apartarla, pero no vio a nadie. Las sillas plásticas de espera estaban ordenadas. El espejo estaba en su lugar. Lo único que notó raro es que una vitrina de vidrio, donde había todo tipo de tratamientos para cabello, estaba abierta y vacía.

Cony comenzó a llamar a Naomi, pero, al no recibir respuesta, probó abrir la puerta y lo logró sin dificultad. No estaba enllavada.

Cony se dirigió al siguiente aposento de la casa, donde hay un lavandero y una cocina, una refrigeradora y un lavatrastos. Ahí las cosas comenzaron a ser más sospechosas. Todo estaba desordenado. Unas chinelas estaban tiradas en el suelo. Había ropa por todos lados y unas bolsas negras de basura. Cony comenzó a tener miedo y no quería entrar a la tercera habitación, el dormitorio de Naomi María. Pero lo hizo después de atravesar una pesada cortina de tela.

Recostado sobre la cama, el cuerpo de su amiga estaba envuelto en varias sábanas. Era como estar viendo a una momia. Estaba atado de los pies y con las manos hacia atrás.

El grito de Cony se escuchó como a tres cuadras a la redonda. “¡Noooooooooooooooo! ¡Auxilioooooooo! ¡está muerta!”.

El primero en llegar fue Alfredo José, el vecino de al lado de Naomi María. Poco después él le dijo a la Policía que había visto a su vecina salir a buscar desayuno como a las 7:00 de la mañana. Todavía logró hablar con ella y la notó sonriente. Lo raro fue que, aunque no la vio, la escuchó regresar como a los cinco minutos. Pensó que tal vez algo se le había olvidado. Y seguidamente escuchó unos gritos, pero no les puso mente porque pensó que eran los chavalos que viven del otro lado de donde Naomi María.

Además de Alfredo José, nadie vio ni escuchó nada sobre la muerte de Naomi María. Ningún vecino dijo si habían visto entrar a alguien en la casa.

III

El oficial de la Policía Carlos Holmes, agarró de la camisa al sospechoso y lo sentó con violencia sobre una banca.

—Decime la verdad imbécil. ¿Vos mataste a la chavala? ¿Vos fuiste?

—Yo no sé nada. Se lo juro.

—A ver Gabriel Miguel, hacelo por tu mamá, ella ya está viejita y está sufriendo mucho con todo eso. Decí la verdad y la condena que te va a caer va a ser menor. Pero decí la verdad, decí quién te pagó para que mataras a Naomi. Estás perdido. Encontraron cabello tuyo en la escena del crimen. Y en las uñas de Naomi había piel tuya.

—¿Si le digo la verdad, me van a ayudar?

—Confiá en mí.

—Yo lo hice. La había empezado a odiar. A mí me gustaba y nunca me hizo caso. Apenas vino ese extranjero, el panameño, comenzó a andar con él. Después parece que se había dejado con ese y ya andaba saliendo con un salvadoreño.

—No es verdad, Gabriel Miguel, estás encubriendo a alguien.

—No, oficial Holmes, es la verdad.

Hasta antes de capturar a Gabriel Miguel, el oficial Holmes estaba seguro de que quien estaba detrás del crimen contra Naomi María era Tony, el panameño. Las investigaciones reflejaban que Naomi María había vivido con miedo los últimos seis meses de su vida. La razón por la que había capturado a Gabriel Miguel es porque los vecinos de Naomi María dijeron que él siempre andaba rondando la casa de la joven en una moto con otro a quien no identificaron. Pero no creía que Gabriel Miguel era el verdadero interesado en matar a Naomi María.

Unas horas después, el oficial Holmes se reunió con Cony.

—Usted era la mejor amiga de Naomi. Cuénteme qué sabe.

—Naomi y Tony se conocieron cuando ella trabajaba de cocinera en el restaurante “Delicias”. Ella cocinaba riquísimo y a Tony le gustaba cómo a ella le quedaba el pescado. Él siempre iba a ese restaurante por ella. Cuando comenzaron a andar él se portaba bien con ella y hasta le dio dinero para que pusiera el salón de belleza, la otra pasión de Naomi, y la sacó del restaurante. Pero después él comenzó a viajar más seguido a Managua y ya poco se veían. En realidad, ellos nunca terminaron definitivamente. Él siempre la buscaba.

—Pero ¿por qué cree que pudo haberla matado?

—¡No lo sé! Pero estoy segura de que no era por celos. Muchas veces él le encontró mensajes en el celular, en los que muchos hombres le mandaban cosas románticas, enamorándola, y Tony nunca dijo nada. Como que no le importaba. Pero hay una cosa que Naomi mencionó una vez y nunca quiso decirme más. Ella le encontró unos apuntes y ese día pelearon mucho. Nunca había visto tan enojada a mi amiga.

—¿Nunca le dijo qué decían los apuntes?

—Nunca. Me dijo que era mejor que yo no lo supiera.

IV

Ilustración: Luis González

San Pedro quedó viendo fijamente a Naomi María y le hizo la misma pregunta que al menos ya le había hecho en tres ocasiones en menos de cinco minutos:

—Dime, hija, ¿por qué tardaste tanto en venir al cielo?

—Ya le dije don san Pedro, solo estaba esperando a que terminara el juicio por mi muerte.
—Pero, pasara lo que pasara vos ya no podías hacer nada.

—Cuando me mataron, yo estaba saliendo de mi casa para ir a comprar un desayuno. Pero Gabriel Miguel, un amigo del barrio, me dijo que le urgía que yo le cortara el cabello y me obligó a regresarme al salón. Lo que yo no sabía es que Tony, mi exnovio, venía detrás de nosotros y también se metió en la casa. Fue horrible, no me dieron tiempo para nada. Apenas logré gritar unas dos o tres veces, pero parece que nadie me escuchó. Tony me tapó la boca con un trapo y Gabriel Miguel le ayudó a arrastrarme hasta mi cuarto. Ahí…

—No, hija, no tienes que contarme más detalles. Ya sé que te violaron y te asfixiaron.

—¿Cómo lo supo?… ¡ay, san Pedro!, los policías lo hicieron todo mal. Para empezar, confundieron todos los cabellos que encontraron tirados en el piso de la casa. Yo estaba viendo todo. Cuando capturaron a los sospechosos, hubo muchas llamadas de amigos de Tony a las autoridades penales, al jefe de la Policía, a los médicos forenses, a los guardias del penal, a los testigos del crimen, querían cambiarlo todo. A Tony lo capturaron porque se hallaron en la sin remedio. Porque al final Gabriel Miguel lo vendió. De todas maneras, a Tony lo dejaron libre.

—Hija, esas cosas pasan. Pero, recuerda que la justicia divina nunca falla.

—Yo ya sabía lo que me iba a pasar. Yo sabía algo de Tony. Me di cuenta una vez que le encontré una libreta llena de apuntes y desde entonces yo ya no quería estar con él.


V

La vida de Tony era una mentira. Era hijo de un panameño que había peleado en 1979 en la guerra de los sandinistas contra Somoza, bajo las órdenes de Hugo Spadafora, y también de Edén Pastora. Al terminar la guerra, el padre de Tony se había convertido en una persona muy violenta. Pero eso sí, era muy responsable con la crianza de sus hijos.

Tony creció con todas las comodidades, pero en un ambiente de violencia. Y desde muy joven se vio envuelto en cosas de drogas. Su padre quería ayudarle a salir de ese mundo, pero no era fácil porque Tony le tenía resentimiento.

El último problema que Tony tuvo en Panamá fue cuando mató a una mujer.

—Andate del país —le dijo su padre.

—¿Adónde me voy a ir? A Estados Unidos está difícil llegar.

Andate a Nicaragua, ahí tengo buenos amigos, que están en el Gobierno y ellos te pueden ayudar. Yo hablo con ellos.

Cuando Tony pisó tierra nicaragüense llevaba las bolsas del pantalón llenas de dinero. Pero no había sido su padre quien se las llenó. Nuevamente se había metido al mundo de las drogas y llegó al país como miembro de un cártel, a garantizar personal que ayudara a trasegar drogas. Y para pasar desapercibido se inventó que andaba buscando historias para contarlas en una revista.


VI

Cuando san Pedro terminó de escuchar a Naomi María llamó a un ángel y le dijo al oído: “Prepará una cama para esta mujer”. Luego se dirigió a Naomi María y le dijo:

—Entonces descubriste que Tony era narco…

—Sí, San Pedro. Comencé a vivir los ocho meses más tormentosos de mi vida.

—No te preocupés, hija. Me tenías molesto de que anduviste escapando y no habías venido al cielo. Pero hemos estado recibiendo unos cursos acá en el cielo, de género, y pues te comprendemos hija. Algún día va a venir Tony por estos lados y ya se las verá con nosotros. No te preocupés, hija, andá descansá en paz. Aquí en el cielo no están los jueces de Nicaragua y ni la Policía.

—¡Gracias, san Pedro!

...

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