La profeta de El Zacatal

(La profeta de El Zacatal ) es un relato de ficción... espere una historia distinta cada domingo.

Ilustración: Luis González

HOY

La noche se coló por la ventana del cuartucho de la joven.

Había dormido todo el día y tenía mucha hambre. Lo primero que hizo al levantarse fue devorar un pan con queso. Luego, inició su rutina de todos los fines de semana: minifalda, camisa ombliguera y tacones… algo de perfume y abundante maquillaje para ocultar las imperfecciones.

Salió de la habitación… se enrumbó a la gran sala… otras muchachas ya estaban cómodas en las butacas viejas… eran delgadas y algunas tenían moretones en los brazos y piernas… tristes y atentas a las indicaciones de la gran ‘Módel’… así le decían a su jefa, una mujer reconocida en el mundo de la farándula nicaragüense, que les había prometido transformarlas en modelo y ayudarles a salir de la pobreza.

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La Módel llegó despampanante… voluptuosa; con los pechos recién hechitos en Miami:
Hola, mis niñas… ya saben, bien atentas y complacientes con los chavos. Hoy tendremos visitantes finos y gentuza, no siempre tienen suerte… Lunis sabrosa, vos atendés a un parguito jugoso y nuevo, lo dejás rico para que regrese. Milash, te toca el diputado, acordate que a él le gusta lo duro. Sofi, vos te llevás al negro… no seás babosa, paga bien, aunque le apesta el ya sabés qué.
Más de 20 mujeres entre las edades de 18 y 22 años fueron nombradas esa noche, entre ellas Mirna, conocida por todas como “Cleo”. A ella no le comunicaron quién sería su primer rumbito, de inmediato, supuso lo peor.

No encendió las luces del techo, solo las bujillitas navideñas que la Módel había mandado a instalar en todos los cuartos… ¡Toc toc toc! (Alguien tocó la puerta). —Pasá —dijo Mirna temblorosa.

Un hombre alto cruzó el marco. Se le acercó con prisa y empezó a manosearla torpemente.

La muchacha pensaba en su pueblo mientras él le quitaba la ropa y embestía con rudeza… recordó las matas de plátano, el río Lotano que se desbordaba en septiembre… segundos después, su mente quedó en blanco.

Recuperó la conciencia hasta que la bestia tiró los billetes en la cama. Quedó cubierta de semen; el asco fue incontenible, corrió hacia el baño a vomitar… desesperada, abrió el grifo y se bañó por media hora. El tiempo exacto en que tardaba en llegar el segundo cliente.

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Cuando se sintió limpia, salió confiada. Prendió las luces… pavorosa fue la imagen que miraron sus ojos… en la cama estaba una persona que conocía, completamente desnuda… Mirna estuvo a punto de gritar… pero, no le dio tiempo… el hombre se abalanzó sobre ella amenazante.

Vaya, vaya, vaya… Mirnita, la santita… ¿qué dirían sus padres si la miraran aquí? Oprimió la mandíbula de la joven y le besó la frente.

—Timoteo, se lo pido, no diga nada, por favor… se lo ruego… yo no hago esto por gusto, usted sabe que mi familia no tiene dinero y quiero estudiar… no me haga daño —insistió Mirna entre llantos.

Timoteo lanzó una carcajada burlona. —Oiga… pero, yo pagué a su jefa hasta las cinco de la mañana… póngase las pilas porque si no ya sabe, esto lo va a saber todo El Zacatal.

A pesar de que Mirna imploró que se fuera, no logró persuadir al depravado.

Diez capas de odio la cubrieron de los pies a la cabeza y juró venganza… venganza; mientras se aferraba a las sábanas con dolor.


De regreso a casa

Mirna bajó del bus y cruzó el río Lotano a pie, con su gran enagua y una mochila a cuestas. Al otro lado del torrente, estaban sus padres, doña Sole y don Bernardino… hinchados de orgullo y con los brazos abiertos.

—Mijita, ya lligastes… desde lajocho estamos aquí… y vos estás más flaquita, ¿qué no comías allí? —preguntó doña Sole entre asustada y contenta por ver a su muchachita después de casi diez meses.

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—Sí comía, mama, pero es que me hace falta mi gente, allá solo era estudiar y estudiar —contó Mirna mientras se remangaba la falda para montarse a la mula que su papá le ensilló con esmero.

El ambiente de la comunidad El Zacatal era el mismo de siempre… boscosidad, zancudos y vacas rumiando en cada rincón. Una bandada de niños salió de entre los matorrales, descalzos y sucios.

—Mirnita, qui trajiste, qui trajiste —la rodearon. Esta les sonrió y sacó de su mochila una bolsa con caramelos… los pequeños se amontonaron sobre ella hasta que la dejaron sin nada. Don Bernardino no soportó la escena. —Chavalos jodidos quítense —lanzó manotadas a los que no hacían caso.

Cuando estuvo en su cuarto, Mirna sacó la ropa y la acomodó en una silla, su madre le observó desde la puerta absorta.

—¿Qué pasó, mama? —consultó la joven con temor.

—Nada, solo miro lo bonita quistás, hija, mañana cumplís 20 años, vas a ver a los muchachos de la iglesia cómo te van a pretender —dijo la señora con total candor.

Mirna puso los ojos en blanco y lanzó una risotada nerviosa: —No ma, su hija no tiene cabeza pa eso —le aseguró.

Con el paso de los días la joven se mostró meditativa… a ratos, estaba inquieta, indispuesta y poco cortés con los lugareños que se daban su pasadita para visitar a la futura doctora del pueblo.

Doña Sole se preocupó, y decidió visitar al pastor de la comunidad, un fanático loco que tenía más demonios dentro que el mismo infierno.

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En la iglesia evangélica de El Zacatal, diario se hacía una cadena de oración para que el Espíritu Santo tocara la vida de Mirna… hasta que un día se le vio cantar y danzar los coritos con pasión, empezó a dar vueltas tras vueltas con las manos extendidas al cielo… de repente cayó convulsa. El pastor corrió a tocarle la frente, seguro de que la fuerza de Dios estaba en su ser.

—Dios me habló, pastor… Dios me habló —dijo Mirna con los ojos saltones y llorosos.

—Él nos advierte de una persona que vive aquí en El Zacatal… dice el Señor que un demonio entró en su cuerpo y va a causar mucho daño a las mujeres y niñas de la zona… el Altísimo ha pedido que lo purifiquemos con el fuego.

Al escuchar esas palabras el pastor empezó a brincar en señal de júbilo. —¡Gloria a Dios, él habló y su Palabra es verdad, esta muchacha es una elegida… recibió el don de la profecía! —aseguró el religioso. —Vamos a estar pendientes de los mensajes divinos, hoy iniciamos ayuno indefinido, para que el Creador nos dé el nombre exacto de ese esclavo de Satanás.

A los tres días de la primera “revelación divina”, Mirna volvió a presentar convulsiones… el pastor lloró y habló en lenguas: —Arrancalabaranda y larramaseca… Dios nos dirá, Dios nos dirá —gritaba frenético, sudoroso y hasta algo erecto. Al rato… Mirna se quedó serena y con los ojos fijos al cielo.

—Pastor, ya sé quién es el hombre… es Timoteo… dice Dios que seamos valientes y no le tengamos pesar… él está en Managua ahorita… va a venir con una lengua de serpiente, levantando falsos a todas las señoritas de la comunidad, incluso de mí hablará… dirá que yo soy una mentirosa, y que trabajo en un putero… después matará a los recién nacidos por orden de Satán… tenemos que detenerlo.

La noticia fue un escándalo, los jefes de familia pasaron durante días afilando sus machetes…
“A mi chavala naide la desondra”, “A ise Timoteo yo lo desbarato si se le ocurre tocar amijo”, “Lo anduvo persiguiendo el diablo toda su vida… pero, le llegó su hora… ji señor…”, vociferaban los campesinos mientras preparaban todo para el día de la purificación.

La gran fiesta

Timoteo llegó a la comunidad el 22 de diciembre, cruzó el río Lotano con dificultad y caminó todo el trecho que lo llevaba hasta El Zacatal. Le sorprendió ver las esquinas vacías.

—Jodido, dónde está la gente de este maldito pueblo —pensó mientras encendía un cigarrillo.
Cuando pasó por la iglesia “Jehová es mi pastor” los miró a todos reunidos y en bullaranga. Fue recibido como un rey…

—Por fin me tratan como lo que soy… el hombre del billete aquí —dijo con total presunción. Las mujeres del pueblo mataron chanchos, asaron carne, hicieron chicharrón, frito y moronga.

Mirna lució un vestido floreado y azahares en la cabeza, Timoteo la miró a lo lejos lujurioso y no dudó en acercársele.

—Mirnita Mirnita, la espero hoy en mi ranchón… vamos a recordar algunas cositas… ya sabe, si no llega, todo este pueblucho se va a enterar de su trabajito en Managua —la amenazó en silencio.

A la hora de la prédica, como siempre, Timoteo tomó sus maritates: Se acabó lo bueno. Cuando llegó a la puerta, una muralla de hombres lo retuvo a la fuerza.

Las hermanas buscaron sus chalinas y el pastor habló: Ahí tienen al esclavo de Satanás… nuestra profeta dice que Dios sigue con sus planes.

Timoteo se puso agresivo, don Bernardino le golpeó la cabeza con una raja de leña y lo dejó desmayado.

—Bien hecho, apito, así lo quizo Jehová —le indicó Mirna mientras caminaba hacia el centro de la sala.

—Ya tenemos dominado al maligno… el Santo Santo Santo pide purificación… alisten la hoguera —demandó a sus seguidores. Mirna se sentó y observó a sus amigos y familiares desorbitados y afanosos. Su madre, se encargó de quitarle la ropa a la bestia… el pastor lo amarró al gran tronco y lo cubrió con una sábana roja.

La joven recordó la noche más terrible de su vida en manos de Timoteo, las torturas a las que fue sometida. El desgarro entre sus piernas cuando el pervertido le introdujo un palo mugriento. Las quemaduras en sus muslos, las mordidas en sus pechos, las infecciones y el dolor.

Fuego purificador

Timoteo despertó en grito. Aterrado, suplicó a sus paisanos: “Suéltenme, suéltenme”, sus peticiones fueron en vano.

Mirna subió al atrio y desde ahí dirigió todo el evento: Dios dice que la maldad no puede seguir en nuestro pueblo, este hombre tiene un demonio en la lengua… hermana Solial haga lo que acordamos… que sus manos bendecidas corten el veneno.

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Solial sacó la navaja de su cartera y se aproximó a Timoteo… dos jóvenes le sostuvieron el rostro con fuerza, uno de ellos introdujo su mano en la boca del condenado y le estiró la lengua. Solial, sin asco aprovechó para cortársela. El trozo de carne cayó en la tierra, junto con los borbotones de sangre.

—No esperen más hermanos… prendan la leña… el demonio quiere salirse —gritó Mirna con una sonrisa de victoria.

Las llamas poco a poco cubrieron el cuerpo de Timoteo, sus gritos y el calor de la fogata lograron que las cigarras brotaran de la tierra a destiempo con el chirriar ensordecedor de sus cantos.

Los miembros de la iglesia se tomaron de las manos e hicieron un círculo alrededor de las llamas… Mirna se quitó las sandalias y en compañía del pastor inició una danza de júbilo con movimientos sensuales y perturbadores. Todas las personas actuaron de forma extraña, emitieron quejidos de placer y no supieron por qué.

Cuando salió el sol, el cuerpo de Timoteo era un puñado de cenizas. El pueblo se sintió aliviado porque habían cumplido el mandato divino.

—Dios está contento, gente… hemos salvado a nuestro hermano Timoteo de la condena eterna… si alguien de la capital viene con preguntas extrañas, no digan nada, son enviados de Satanás… así señala Dios —finalizó Mirna, satisfecha por su venganza.

Las diez capas de odio se quebraron en su interior, por fin pudo respirar tranquila… todos en la iglesia empezaron a limpiar el lugar. Mirna les señaló que no tocaran los restos. —De eso me encargo yo —mencionó en voz alta. Recogió las cenizas, se enrumbó a casa y fue directo a la letrina.

—Timoteo, Timoteo… en los puteros del infierno, hombres como usted la pasan mal —lanzó una carcajada estridente y lo dejó perderse entre las heces para siempre.

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