Los ángeles caídos

(Los ángeles caídos) es un relato de ficción... espere una historia distinta cada domingo.

HOY

Z

Las lombrices y las vísceras iniciaron un coro desentonado en su estómago “glo glu glu glo”, cantaban alborotadas; hinchadas por la acumulación de gases y excremento mal evacuado desde hace meses.

La niña comió la tortilla y el queso con impaciencia, se tragó hasta los parásitos que habían en sus uñas. —No me llené— pensó mientras observaba a su hermanito de tres años temblar de frío.

El solazo del medio día en los semáforos y la calentura infernal de los carros, les había tostado la cara y los brazos. Sus piernitas eran flacas y granosas, y las ojeras, les llegaban hasta la mitad de las mejillas por el mal dormir. Siempre, en plena madrugada, algo les despertaba de golpe… la rasquiña por los piojos, pulgas y garrapatas, el ataque de las ratas de alcantarilla, la lluvia, o los espantos nocturnos.

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La pequeña se acurrucó cerca de su hermano… recordó a su madre, siempre drogada y nada amorosa, los golpes que recibía cuando no llevaba reales a la casa, el abandono definitivo… recordó el desagradable olor del hombre que la violó, la humedad de la sangre, la ropa manchada… De repente… un pinchazo en el pecho le quitó el aliento, el peso del mundo cayó sobre su cuerpo y la quebró, una babaza espesa invadió su garganta… solo las hormigas escucharon sus lamentos.

Y

La rotonda ‘Calixta’ estaba llena de curiosos… “jueputa levantalo”… “llamen a la Cruz Roja”… “dale agua”… Un mar de voces quebradas invadieron el ambiente.

Matilde Lazo, bajó de su motocicleta, se quitó el casco y observó a más de veinte niños tirados en el suelo… algunos muertos y agonizantes.

Uno de ellos, logró arrastrarse hasta sus pies. La tomó de los tobillos como quien pide perdón o ayuda, y segundos después, vomitó sangre sobre sus sandalias. Los dedos de Matilde recibieron el último aliento de la criatura… quedó con los ojos saltones y reventados.

X

La matanza de los 38 niños de la rotonda ‘Calixta’ fue la noticia de dos años consecutivos, cada día, la Policía Nacional recopilaba pistas para dar con las señas del responsable de tan repudiable acto.

El dictamen brindado por Medicina Legal indicó que todas las víctimas habían comido ‘tortilla y queso envenenado con arsénico’. “No encuentra al mataniños”, “Vigilan a tortilleras de la capital”, “Aparecen más niños muertos”, “Presidente abre mega albergue para niños en riesgo de los semáforos y zonas marginales de la ciudad de Managua”. Más o menos así eran los titulares de las agencias noticiosas.

El terror inundó las calles. Los clasemedieros y la clase alta, también tomaron medidas para proteger a sus hijos del asesino.

Se imaginaron futuras muertes por envenenamiento a través de caramelos, jugos, galletas… un abusador sexual, un vende órganos o un secuestrador.

En esos meses de zozobra, casi nadie era indiferente con los niños de la calle, la gente llamaba a la policía para que los trasladaran al refugio, o ellos mismos los llevaban.

El gobierno e instituciones no gubernamentales se unieron a la protección de los infantes, les contrataron maestros, doctores, padrinos y cocineros fiables que garantizaran comida sana.

W

—Iré a trabajar al albergue, ya me harté de ser puta, puedo hacer otras cosas. Sé cocinar… mi mamá mataba chanchos y reses en la Paz Centro, vendía fritanga, tortillas, frijoles cocidos, todo eso me lo enseñó, además, dicen que el ‘hombre’ está pagando bien— expresó Matilde a su cliente mientras se ceñía el sostén, el desconocido salió molesto de la habitación, le tiró doscientos córdobas en la cama.

—Hijueputa más loca— gritó mientras cruzaba la puerta sudoroso y con olor a sexo. Matilde no lo pensó dos veces, se lavó las manos, se bañó de colonia para ocultar el tufo a hombre y se montó en su moto.

V

El mega albergue tenía alrededor de dos mil colchones, sábanas, almohadas, ropa limpia para los niños y niñas, baños, varios comedores gigantes, un amplio salón donde se aprendían las primeras letras y los números… en fin, era un hogar como nunca había existido. Matilde se encariñó con todos los pequeños. —Estar aquí me hace olvidar mis cagadas— decía a sus compañeros en la cocina.

U

Por mucho que intentaron, la policía no logró esclarecer el caso, por tanto, decidieron cerrarlo.

Con el paso de los meses el aporte económico disminuyó para la posada, hubo escasez de comida, de atenciones médicas, desaparecieron las limosnas de los organismos no gubernamentales. El gobierno apenas mandaba la provisión de víveres semanalmente. Algunos pequeños volvieron a las calles.

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La persona que planeó los primeros delitos se sentó bajo la sombra de un árbol de nancites… dibujó unas cruces en la tierra y encendió un cigarrillo. —Llegó el segundo golpe pues…— declaró.

Para este ser la pobreza tenía que eliminarse de raíz o provocaría más miseria en el mundo, matar a los niños era un acto de purificación. —¿Para qué dejarles vivir en tanta mugre… Dios me ha hablado para pedirme que acabe con tanta mala hierba… tengo que contárselo… Dios le puso ahí para que realicemos juntos esta tarea… ¡Dios es bueno!— dijo la voz entre risas y fumaradas.

T

Matilde se levantó temprano, se puso ropa fresca y guardó una camisa en su bolso. —Hoy será un día de pura chamba… bendito Dios— le dijo al hombre que estaba en su cama mirándola silencioso y marcando un número en su celular.

El ambiente del albergue era bullicioso, todos celebrarían con piñatas y comida el primer aniversario… Matilda se encargó de preparar las gallinas… la donación fue grande… 30 aves gordas y grandes sacos de verduras.

—Esto se hace así chavalos, primero les torcemos el pescuezo, Clac clac clac clac Clac clac clac clac… luego las desplumamos con agua caliente— les decía a los niños con fuertes risotadas.

Más de una gallina sobrevivió al brusco movimiento y salió corriendo con el gaznate torcido… los chigüines disfrutaron del espectáculo. Muchos se unieron al desplume.

Cuando la sopa estaba puesta en el fogón, llegaron dos canastos cubiertos con manteles blancos, La tarjeta decía: “con amor para ellos”.

A la hora del gran almuerzo, 300 niños entre las edades de 3 a 10 años, ocuparon los comedores. Matilde junto a otros servidores repartieron las porciones; una taza de sopa, un vaso de pinol y el bastimento: tortilla con queso.

La oración fue corta… rápidamente los pequeños empezaron a devorarlo todo. Matilde llamó por teléfono a su amante. —Está hecho… dentro de poco habremos cumplido nuestro propósito en la tierra— expresó exaltada y sudorosa.

S

El llanto de los niños y las servidoras que también comieron la tortilla y el queso envenenado se escuchó hasta el cielo… Dios se hizo el sordo y continuó su marcha por los jardines floridos de sus palacios celestes.

Matilde estaba hincada en el centro de la sala con las manos extendidas. —Bendito, bendito, bendito —gritaba mientras las venas de su cuello se repintaban por la agitación.

Un evento nunca antes visto: vómito y sangre regada por el piso, niños convulsionando y en agonía… con los ojos blancos, tendidos e indefensos… la colaboradora de tan monstruoso acto miró a su alrededor…. por minutos se dio cuenta de su locura.

—Tengo que acabar con el dolor de ellos, de todas formas si pido ayuda no se salvarán— pensó desorbitada. 300 cuellos de niños atravesó con un cuchillo para rebanar pan, sumando el de las servidoras que también fueron envenenadas. Matilde danzó descalza sobre el charco rojo, danzó hasta que sus pulmones se cerraron y cayó inconsciente.

R

—Matilde Lazo… vos asegurás que fue otra persona quien planeó la masacre… sin embargo, las investigaciones señalan que no hay más implicados en este caso ¿qué decís al respecto?— preguntó el juez mientras se tronaba los dedos. —Mire señor… antes de llegar a los pies de Dios yo era puta… en esos días, conocí a alguien, me enamoré, y aunque andaba en los caminos santos siempre nos llamábamos por teléfono o nos encontrábamos en un motel— expresó la mujer con total franqueza.

—Ok, pero, ya la policía se trasladó a los moteles que frecuentabas, revisó tus entradas y salidas de llamadas y se constataron que nunca llegaste a esos lugares acompañada, tampoco llamaste ni te llamaron— replicó la autoridad.

Matilde se quedó en silencio, de repente, dejó de escuchar la voz de todos en la sala… lo único perceptible fue un susurro ronco… ” Hijueputa más loca que sos”… ¿cómo va a creer todo los que el diablo te diga?”.

La memoria real le invadió… visualizó desde su asiento la noche en que envenenó a los niños mendigos de la rotonda calixta, recordó su afán al palmear las tortillas… ‘pan, pan, pan, pan’… recordó el balde de ársenico en el que metió el queso… también recordó la sombra de su amante deformado, siempre tras ella, siempre conduciendo sus pasos.

—Sí Matilde… hay quienes usan el nombre de Dios en vano y también santifican las fiestas… en vano… vas al hoyo chiquita— expresó el diablo entre risas.

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