¿No sabe qué hacer ante las tempestades que le impone la vida?

En esos momentos difíciles es cuando necesitamos de la fe, para que esta fuerza especial nos ayude a solucionar los problemas que tanto nos agovian

La fe nos acompaña en esos momentos de soledad. HOY/ Thikstock.photos.com

HOY

En el transcurso de la vida nos encontraremos con tempestades muy fuertes, momentos difíciles de superar. La vida es como un navegar en el que algunas veces las tempestades y el oleaje son demasiado fuertes y hay momentos en que sentimos el temor de hundirnos, como Pedro (Mt. 14,30). El mundo está sumido en un mar de problemas de los que parece que no podemos salir. Nosotros mismos pasamos por problemas y pruebas bastante duras, muchas veces: enfermedades, desgracias, reveses económicos, familiares, de salud, decepciones, engaños…  Otras veces nos vemos como abandonados al vaivén de las olas de esta sociedad que nos acosa y que no nos deja llegar hacia el puerto que queremos dirigimos. Y hasta muchas veces, hundidos en las aguas de la mediocridad y del vacío de la vida y la desesperanza, nos da la sensación de no querer seguir remando. Cuando nos vienen estas fuertes tempestades, solemos tomar posturas que, en vez de levantarnos con más fuerza, nos hunden en un abismo más profundo. Nos quedamos mirando, como Pedro, a la violencia del viento y empezamos a hundirnos (Mt. 14,30).

Es precisamente en esos momentos difíciles, cuando necesitamos de una manera especial la fe. La fe es esa fuerza que nos mantiene en pie y nos hace seguir caminando, aunque la meta parezca imposible de conseguirla. La fe es esa fuerza que nos da confianza en nosotros mismos y nos hace sacar bríos aún de nuestra propia debilidad. La fe es esa luz que nos hace mirar los problemas cara a cara, sin miedos que nos acobarden o nos hagan vacilar. La fe es la que nos hace echarle corazón y coraje a la vida y sus tormentas. La fe es la que nos lleva a decir en esos momentos difíciles de la vida: “Señor, sálvame”, como decía Pedro, cuando se llenó de miedo ante los fuertes oleajes que parecían que le iban a hundir en las aguas del mar (Mt. 14,31). San Pablo decía a los Romanos: “¿Quién nos apartará del amor de Dios? ¿Las tribulaciones? ¿Las angustias? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La enfermedad? ¿El peligro? … De todo ello saldremos victoriosos gracias a Aquel que nos ama” (Rom. 8,35-37).

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La fe nos dice que no estamos solos en ningún momento, que Dios está allí, más allá del viento huracanado, del terremoto o del fuego; está allí en lo más profundo del silencio de nuestro corazón, como lo descubrió el profeta Elías (1Re. 19,9-13). La fe nos dice que nunca estamos solos en las tinieblas de la vida; que Dios está siempre siendo esa luz que nos hace seguir viviendo en medio de la oscuridad. La fe es la que nos hace escuchar en medio de nuestros miedos (Mt. 14,26) aquellas palabras de Jesús a los discípulos: “¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!” (Mt. 14,27). La vida es un navegar en el mar de este mundo, muchas veces embravecido, solo en la fe encontramos la fuerza para jamás hundirnos, pues por ella sabemos que Dios está allí, donde parece que no está, para que nunca deje de remar Como Rubén Darío decía:

“En medio del abismo de la duda lleno de oscuridad, de sombra vana hay una estrella que reflejos mana sublime, sí, mas silenciosa, muda. Ella, con su fulgor divino, escuda, alienta y guía a la conciencia humana, cuando el genio del mal con furia insana golpéala feroz, con mano ruda. ¿Esa estrella brotó del germen puro de la humana creación? ¿Bajó del cielo a iluminar el porvenir oscuro?
¿A servir al que llora de consuelo? No sé, mas eso que a nuestra alma inflama ya sabéis, ya sabéis, la Fe se llama”.

Padre Óscar Chavarría.

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