Los gritos no dejan nada bueno, mucho menos a los niños

El cerebro del niño no aprende cuando le gritan, menos si se hace como método de educación. Es momento de acabar con esto.

Los gritos pueden afectar la salud de los niños. HOY/Thinkstockphotos.com

 

HOY

¿A quién le gusta que le griten? A nadie supongo… Y es que los gritos, chillidos, alaridos a como quieran llamarles no se ven muy bien, menos cuando estos van dirigidos a los niños.

Los gritos pueden tener dos orígenes: o bien una pérdida de paciencia o bien porque creemos firmemente en que generan autoridad y disciplina, pero no importa cuál sea, en ambos casos no sirven para nada.

No aprenden

Le explicamos (de forma científica) por qué los gritos no sirven como modelo de educación. Es más: el cerebro del niño no aprende cuando le gritan ¡Se bloquea!

Los gritos son como lanzas, como dardos envenenados. Tal vez pensamos que el niño reacciona ante ellos porque “aprende la lección” y no es así. Reacciona porque le duele y porque tiene miedo, porque le acaban de herir y no quiere que vuelvan a hacerlo. Pero no aprende. Su cerebro se bloquea.

Evite gritarles

El cerebro aprende mejor en un entorno de seguridad y protección. Y no solo los niños. Numerosos estudios han demostrado que los adultos también trabajan y rinden mejor en un entorno “amigable”, en donde prima el respeto frente a los gritos.

Aprenda a tratar a los niños con métodos positivos. HOY/Thinkstockphotos.com

Ante los gritos, se activa la emoción del miedo. Este bloquea una zona en la amígdala que impide el paso de nueva información. La amígdala está encargada, entre otras cosas, de regular las emociones. Las almacena y las regula (sí, ese almacén lleno de carpetas que mostraba la película “Inside Out”).

Según Justin Feinsten, científico de la Universidad de Iowa (EE.UU.), cuando la amígdala detecta un peligro (como pueden ser los gritos), activa una respuesta que nos empuja a alejarnos de la amenaza. Ante los gritos, el cerebro activa una especie de “modo supervivencia”.

La zona del sistema límbico, donde está la amígdala, despliega una especie de “escudo” para protegerse de los gritos.

Los gritos afectan directamente a la amígdala. La amígdala es como un “centinela de las emociones”, y la responsable de activar la vigilancia o sentido común en nosotros, o dar la orden de “huida” en caso de peligro. Lo hace mediante unos neurotransmisores que activan sustancias como la dopamina, la adrenalina, los glucorticoides.

La amígdala también se encarga de guardar recuerdos relacionados con las emociones. Los gritos generarán recuerdos negativos en la memoria. Y sí, según las conclusiones de numerosos estudios neurocientíficos, la amígdala representa un importante papel en el aprendizaje durante la infancia.

Métodos positivos

Existen métodos de educación positivos que benefician el aprendizaje de los niños, pero que a la vez exigen un compromiso y mucha paciencia por parte de los padres:

Educación emocional: un niño capaz de manejar sus emociones en cada situación, es un niño feliz, capaz de hacer frente a situaciones de estrés o de conflicto. Si educa las emociones de su hijo, le será más fácil imponer normas y límites.

Técnica del sándwich: es una técnica de educación positiva que consiste en exponer cualidades positivas del niño antes de pedirle un cambio en su conducta, para terminar con palabras positivas de confianza en él para reforzar su autoestima.

Ganarse el respeto de los niños: no hace falta gritar para ganarse el respeto de los niños. Basta la disciplina y la autoridad, pero sin gritos ni amenazas.

Generar más empatía en ellos: la empatía les hará comprender por qué les pedimos una u otra cosa. Sabrán “leer” en nuestras emociones y entenderán por qué a veces podemos estar estresados y perder los nervios.

Construir una base sólida de normas y límites: una buena base de normas y límites hará que los niños obedezcan sin necesidad de gritar, ya que tendrán asumido lo que no pueden hacer bajo ningún concepto.

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