Dos hombres que aceptaron su paternidad

Estos padres nos enseñan que se puede luchar a toda costa por los hijos

HOY

No todos los padres son malos, violentos e irresponsables, no todos niegan a sus hijos y huyen antes del nacimiento, algunos se quedan y pese a que no son millonarios deciden ejercer su paternidad. Se han visto casos en los que la voluntad y el sacrificio alcanzan escenarios sorprendentes, hijos de barrenderos llegan a coronar sus carreras.

Por otro lado, también hay historias en donde la fortuna y la preparación están presentes, pero hacen falta hombres valientes que se atrevan a dar amor y compresión a sus hijos, hace falta humildad, iniciativa y fe. No es el caso de Bismarck Siero Pereira, un próspero sociólogo que aprendió a vivir en orden cada una de las etapas de su vida, sin saltos abruptos, ni malas decisiones. Se graduó en 1996 al lado de la mujer que sería su esposa, Ivania López, también socióloga. Juntos trabajaron para establecer un hogar, se casaron y planificaron gozosos el nacimiento de su primer hijo.

Cada día le dan gracias a Dios por sus hijas. (Niña del centro es sobrina)  Hoy/Foto: Francely Navarro H.

“En uno los ultrasonidos nos dimos cuenta que sería niña, le preparamos un cuarto con todo amor, cada día ansiábamos su presencia… en esos momentos de gestación yo era director de la casa hogar Quincho Barrilete, ahí miraba a muchachas toxicómanas, algunas embarazadas y otras cargando niños en sus brazos, soñé la vida de mi hija de la mejor manera”, asegura Siero Pereira.

La llegada de un hijo dentro de un matrimonio estable es una de las cosas más hermosas -asegura el sociólogo- pero, en su caso, la llegada de ese nuevo integrante de la familia le llevó a presenciar el acto más relevante de su vida, el choque frontal con la realidad.

“Mi pequeña tenía que nacer el 26 de mayo, pero no fue así, sus ojos se abrieron al mundo hasta el 03 de junio… padeció sufrimiento fetal y falta de oxígeno al nacer”, relata.

Las complicaciones durante el parto afectaron en demasía la salud de la pequeña Ivania Javiera Siero López, sus discapacidades hicieron que sus padres entraran en una profunda depresión.

“Simplemente no entendíamos, recuerdo que nuestras cabezas se llenaron de preguntas y molestias, empezamos a renegar de Dios, yo le cuestionaba… señor por qué a las mujeres toxicómanas les das hijos sanos y a mí que soy correcto y profesional, con casa y recursos, me mandás una hija con problemas… no es justo”, comenta el padre, abatido por remover aquellos días de inconformismo.

Según Siero Pereira, en esos años, se enfermó de orgullo y vanidad, se sentía molesto consigo mismo y hasta empezó a cerrar sus círculos de amistades.

“No es que me avergonzaba de mi muchachita, no, solo que me molestaba el interrogatorio de los conocidos, estaba muy pendiente de lo que decían”, agrega.

Asimismo, confiesa que lo vivido fue una experiencia dolorosa, una lección de vida al hombre centrado que a los 14 años fue adoptado por un clérigo y que bajo su formación pacífica logró coronar sus sueños profesionales.
“Yo vivía en mi burbuja de aparente perfección, había olvidado 14 años de violencia con mi padre biológico… mi hija me enseñó que la plenitud se alcanza con el amor, no con lo material, ni todo el bagaje cultural adquirido en las escuelas y universidades”, indica Siero Pereira, que después de renegar de su suerte, entendió que era el hombre más dichoso de la tierra.

“Me dije a mí mismo: tenés que madurar, aceptar tu paternidad con honor y responsabilidad… miré a mi hija y decidí aceptarla, amarla y ser todo para ella”, expresa sonriente
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Otra prueba

En esta familia reina el amor y la fe. Hoy Foto: Francely Navarro H.

Seis años después del nacimiento de Ivania, los médicos recomendaron al matrimonio tener otro hijo, surgió otra esperanza, los estudios ofrecían un panorama estable, pues era imposible que se repitiera la historia. Pero bien, lo que para el hombre es imposible, para Dios es simple.

“Vino Jimena a nuestras vidas y con el mismo padecimiento… nosotros nos quedamos en silencio y dimos gracias a Dios… la tomamos en brazos y esta vez no renegamos, al contrario, la inspeccionamos, con firmeza y experiencia, notamos en ella lo que tenía y le hacía falta”, detalla el sociólogo.

Esta segunda experiencia no fue del todo fácil, cuenta Siero que pasaron un año completo en el hospital, entre diagnóstico y diagnóstico.

“Los médicos dijeron que las probabilidades de vida no eran muchas, pero al regresar a casa nos decidimos prepararnos más, empezamos a estudiar, íbamos cada mes, por cierto lapso, a Filadelfia, a estudiar la terapia Doman, un método moderno que ayudaba a los niños con discapacidades”, apunta.

Hoy día las hijas de este padre ejemplar tienen 18 y 12 años, son niñas felices, totalmente amadas.

“Yo seré todo para ellas, las amo, yo acepté la paternidad, me responsabilidad, por eso me siento pleno y feliz, invito a los padres a que hagan lo mismo, abracen y besen a sus hijos, no teman ser cariñosos, olviden la formación errónea que nos dan en casa, no se limiten a amar a su sangre y a los demás”, finaliza Siero Pereira.

Fundación Sielo
Fundación Sielo se inauguró en el 2008 y trabaja en pro de los niños. Hoy/Foto: Francely Navarro H.

La experiencia vivida por Bismarck Siero le llevó a escenarios de amor y servicio, en el 2008 inauguró la Fundación Sielo, en donde se le brinda apoyo los niños con alguna discapacidad.

La terapia más eficaz que se practica en la fundación es el método Doman, en donde se les educa a los padres y demás familiares a atender y ejercitarse en compañía de sus hijos.

“Esta terapia es funcional si la familia está unida, se vale de los sentidos y el calor humano, muchos niños han presentado mejoría… eso nos hace felices”, añade el sociólogo.

Vida dura

Este padre luchador dedicó su vida a sus hijos y a la zapatería. Hoy/Foto: Francely Navarro H.

A la vida de don César Augusto Figueroa Moreno de 73 años no le hace falta el humor, a diario se levanta desde temprano a organizar su taller, acomoda sus herramientas, los zapatos reparados y las nuevas tareas.

“¿Mi profesión?.. zapatero, y soy profesional en ello, lo aseguro”, indica entre risotadas.

Figueroa Moreno es un hombre con historia, un luchador desde la infancia. Comenta que cuando tenía 9 años su padre, don Gilberto Figueroa, también zapatero, le llamó para enseñarle el quehacer.

“Mi papá era de esos señores antiguos y exigentes, era bien conocido en nuestra zona, su taller estaba ubicado del Colegio Ramírez Goyena, cuadra y media arriba, aquella vieja Managua que desapareció… yo diariamente iba a ayudarle, no alcanzaba la mesa, me subía en un banco para no atrasar”, relata.

También, expresa que las enseñanzas de su padre nunca las olvidó, pues, ha sido zapatero toda su vida.

“Frente al taller había un colegio llamado Venezuela, yo miraba a los niños con sus uniformes, quería ir, mi papá no aceptaba, aún así me contacté con el director, quien me hizo un examen, así cursé mi primaria, mi secundaria la estudié de noche, porque durante el día trabajaba en la máquina, hacía mis rumbitos… no fui a la universidad, en ese tiempo era bien difícil”, destaca el zapatero.

Por mis hijos

Sus hijos y familiares le aman mucho y están orgullosos de él. Hoy/Foto: Francely Navarro H.

Al llegar la madurez, Figueroa Moreno se casó, tuvo un matrimonio que no duró mucho, sin embargo, el amor le alcanzó años después, logró encontrar a la mujer con la que envejecería.

“Tuve tres hijos con ella, recuerdo que la crianza fue difícil pero yo nunca me rendí, me responsabilicé , me encantó ser padre, lo di todo por ellos, porque se superaran en la vida, y así fue, hoy día son todos profesionales y me exaltan con honor”, asegura.

Asimismo, confiesa que otro de los pilares que le mantuvo en pie, fue Dios.

“Yo fui buen padre porque seguí el ejemplo del altísimo, fui respetuoso y acepté mis labores, la paternidad… aconsejo a los padres que abran sus corazones, no teman ser corteses con sus hijos, sean graciosos con ellos, háganlos reír y luchen… a los hijos les digo: celebren a sus viejitos, hay que honrarlos y valorarlos cada día”, concluye.

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