Guerrilleros de la alfabetización

Un día como hoy, pero hace 37 años, inició La Gran Cruzada de Alfabetización

Sandra Jarquín fue parte de las personas que alfabetizaron. HOY/ Cortesía
Sandra Jarquín, Coordinadora de Control de Calidad en el área de Redacción de La Prensa  fue parte de las personas que alfabetizaron. HOY/ Cortesía

HOY

“Avancemos brigadistas, guerrilleros de la alfabetización. Tu machete es la cartilla, para aniquilar de un tajo la ignorancia y el error…”, así cantaban el Himno de la Alfabetización aquellos jóvenes que, en busca de su destino, viajaron en camiones hacia algún lugar recóndito de Nicaragua donde hiciera falta la luz de la educación. Sin experiencia esos chavalos se lanzaron a alfabetizar, con la firme convicción de construir un país mejor.

Hoy 23 de marzo se conmemoran 37 años del inicio de ese sueño, la gran Cruzada Nacional de Alfabetización “Héroes y Mártires por la Liberación de Nicaragua” (CNA).

El objetivo de la gran movilización de estudiantes era de erradicar la incultura que tenía sometida a la nación. Las cifras eran alarmantes, más del 50 por ciento de la población no sabía leer ni escribir.

La gran Cruzada fue inspirada en uno de los pensamientos más firmes del guerrillero Carlos Fonseca Amador, la que compartió a quienes instruían en prácticas guerrilleras a campesinos del norte nicaragüense: “Y también enséñenles a leer”. Con esta frase se levantaron las brigadas.

Con mucha nostalgia muchos brigadistas recuerdan esa bonita experiencia. HOY/Archivo
Con mucha nostalgia muchos brigadistas recuerdan esa bonita experiencia. HOY/Archivo

Cirilo Antonio Otero, sociólogo y experto en Investigación Social, asevera que la Cruzada fue positiva porque una parte muy alta de la sociedad fue integrada a las relaciones sociales en Nicaragua. “La alfabetización fue una forma de reducir la ausencia de educación, trabajó con el objetivo de aumentar la capacidad de análisis en la sociedad”, indica el especialista.

Consuelo Ortega, decana de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Paulo Freire, en Managua, recuerda como si fuera ayer el momento en que se fue a alfabetizar a Cedro Macho, una comarca de Muelle de los Bueyes.

“Había un entusiasmo enorme (en los jóvenes), una mística. Y valores que sinceramente en este momento no veo. Había un interés real por ayudar y contribuir con esa parte de la población para que alcanzaran el desarrollo”, relata doña Consuelo.

En los cinco meses que Ortega vivió en la comarca, aprendió lo que nunca una vida en la ciudad le hubiera dado.

Entre los aprendizajes a los que más se aferra desde la experiencia menciona la hermandad forjada con los demás alfabetizadores, la empatía con las vivencias de los campesinos y la solidaridad.

Muchos brigadistas además de enseñar a leer, aprendieron a andar en burros, caballos y hasta cocinar en las casas de las personas que los alojaron. HOY/ Archivo
Muchos brigadistas además de enseñar a leer, aprendieron a andar en burros, caballos y hasta cocinar en las casas de las personas que los alojaron. HOY/ Archivo

Recuerda que en cada hogar campesino vivía al menos un brigadista. A ella le tocó alfabetizar a tres familias, y de estas se le viene a la cabeza con mucho cariño doña Ena Ortega, a quien vio como su protectora, una mujer que destellaba una “fortaleza”, una mujer diferente a todas las de su comarca.

“Una vez me dijo, cuando se decía que los milpas andaban detrás de los brigadistas —¿Tiene miedo?, —No, le dije. —No tenga miedo que antes que le toquen un pelo, me matan a mí. Así de fuerte era ella… Todavía pienso en ella y me emociono”, relata la profesora Consuelo.

Vivencias

Benjamín Antonio Mayorga es un hombre afable que no minimiza ninguna experiencia de su vida, al contrario, las comunica orgulloso, porque gracias a ellas logró coronar una carrera universitaria, ejercer su profesión de “Laboratorio Clínico” y formalizar una familia. En su cabeza rondan muchos recuerdos, entre ellos sus días de estudiante de secundaria, época en la que la Cruzada Nacional de Alfabetización estaba en su apogeo.

“En las escuelas dictaminaron que todo estudiante para optar al bachillerato, tenía que alfabetizar, todos participamos, yo lo hice de buena manera, estudiaba en el Colegio Enrique Flores de Managua”, detalla.
Mayorga aún no olvida el mes de capacitación que recibió en el colegio República Argentina, donde le enseñaron a transmitir conocimientos. “Aprendí la manera más viable de enseñar, era un plan, teníamos que empezar suavemente, primero con las vocales, luego algunas consonantes, las sílabas y los números”, refiere sonriente.

“Mis amigos, mis consejeros”

Doña Ernestina y don Manuel, de 50 y 55 años, fueron los estudiantes del joven.

“Empecé a visitarles, era un matrimonio originario de Chontales, yo les enseñé letras y ellos me educaron en temáticas de la vida, fue muy retroalimentativo, muy bonita la experiencia. Recuerdo que lograron leer, aprendieron a escribir su nombre, diferenciaron algunas vocales, cancaneaban pero eso fue un gran avance, también, no se me olvida que don Manuel escribía ‘Manule’ y ahí iba yo a corregirle constantemente, al final lo logró. Doña Ernestina en cambio era más receptiva, ella aprendió todo rápido, tenía grandes habilidades”, agrega Mayorga, quien hoy día tiene 42 años y considera que alfabetizar fue una de las mejores experiencias de su juventud, porque pudo ofrecer a manos llenas lo que le habían dado: la educación.

Hoy solo quedan los recuerdos de esa experiencia de educar. HOY/Francely Navarro
Hoy solo quedan los recuerdos de esa experiencia de educar. HOY/Francely Navarro

“Por esa experiencia y porque luego, cuando terminé mi carrera fui maestro en Puerto Cabezas, yo valoro la labor de un docente, asimismo, estoy consciente que la educación es derecho de todos, mi temporada de alfabetizador me lo dejó bien claro; debido a la falta de conocimientos esas personas carecieron de oportunidades y muchas veces hasta fueron manipuladas o engañadas”, finaliza.

Mujer valiente

Marisol Balladares es originaria de El Viejo, Chinandega, durante su formación secundaria tuvo que decidir entre alfabetizar o ir a cortar café.

“Mi mamá era una mujer estricta ella no me permitió ir a los cafetales, entonces me inscribí para ser educadora alrededor de mi barrio, ‘Aurelio Carrasco’… me volví jefa de escuadra y tenía un jefe de pelotón. Mi casa se convirtió en una sede, los estudiantes llegaban a firmar un cuaderno de registros, ellos anotaban la entrada y la salida, entonces, si la entrada era a las 6:00 de la tarde, se salía a las 9:00 de la noche, si ellos llegaban más tarde, a las 6:30, salían a las 9:30. Recuerdo que había un supervisor que nos andaba fiscalizando todos los días, entonces, por eso, teníamos que comportarnos y no faltar”, señala Balladares.

De igual manera, añade que después de un tiempo le comunicaron que debía ir a censar al monte, dicha acción permitiría contabilizar cuántas personas seguían sin recibir el pan del saber.

“Yo fui, debajo de lluvias nos íbamos a censar, nos llevaba un camión como a 50 censistas, fuimos a Pascalí, Cosigüina y a un lugar que se llama El Congo, quiero resaltar que mi experiencia en el monte fue muy agradable, las personas son serviciales, hospitalarias, ellos se despojan sin pesar de lo que tienen, fue muy bonito, nos dieron de comer, donde dormir y donde asearnos, otra de las cosas exquisitas eran las conversaciones”, apunta la exbrigadista.

Balladares afirma sentirse orgullosa por haberles enseñado a leer y escribir a muchas personas, “recuerdo a Rosa, quien ya murió, don René Gurrillo y tantos más, sus edades oscilaban entre 45, 46 y 50 años. En ese tiempo solo existía la pizarra y la tiza, a veces si no teníamos pizarra, usábamos cartulina, recortes de periódico, la excusas no existían, había que enseñar y esa consistencia y manera de compartir fue hermosa”, finaliza.

Sigue enseñando

Sandra Jarquín, coordinadora de Control de Calidad en el área de Redacción del Grupo Editorial La Prensa, fue también alfabetizadora a los 19 años. Enseñó en El Volcán, comarca de San Lucas, Somoto. Donde vivió 5 meses con una familia de la que nunca quiso desligarse. Se conmueve al pensar en su “segunda madre campesina”, quien quedó llorando junto con sus hijos al regresarse de nuevo a su casa, después de haberles enseñado a leer y escribir.

 

”La experiencia fue muy bonita. Estábamos entusiasmados. Después de haber pasado por eso uno valora y dice que aprendiste a ser mejor persona, a compartir lo que tenés, a querer más al ser humano, a querer más a la gente, a valorar a la familia y a vivir como los campesinos, que disfrutan lo que tienen y no se concentran en lo que no tienen”, comenta Jarquín. Agrega que uno de los cambios que tuvo en su vida, luego de regresar de Somoto, fue que encontró su verdadera vocación. Empezó a estudiar Magisterio en la universidad. ”Por eso fue que estudié Licenciatura en Español”, finaliza.

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