La lorita universitaria

Le invitamos a leer en compañía de sus hijos este bonito cuento

 

cuento

 

 

HOY/Colaboración

Lorenzo tenía una hermosa lorita verde, a la que quería enseñarle a pensar y hablar desde un inicio, a fin de que se comunicara con las personas. Pero a la lorita no le interesaba aprender.

“Si me dan comida, bebida y un lugar para vivir, no necesito aprender nada más”, pensaba cada vez que Lorenzo le daba sabrosas galletas y frutas.

Un día, Lorenzo tuvo que marcharse al internado de la universidad por tres años y dejó a la lorita al cuidado de su abuela. Pero en la casa de ella no había galletas ni frutas frescas, solo granos empacados para aves y agua con sabor a frutas. La pobre lorita ya no deseaba comer lo mismo y quiso explicárselo a la abuela, pero de su pico pequeño y amarillo, adornado por un penacho rojo y anaranjado, solo se escuchaba decir:

-¡Hola, Lorenzo! ¡Buenos días, Lorenzo! ¡Buenas noches, Lorenzo!

Pero nadie le respondía.

La lorita se dio cuenta que su vocabulario era limitado y como medida desesperada se arrancaba las plumas de las patitas y de la colita en señal de desagrado cuando la abuela le daba comida empacada y jugos artificiales.

Un día, la abuela observó que la lora ya no tenía plumas en las patas ni en la cola, y preocupada le preguntó:

—¿Qué te pasa lorita? ¿Estás enferma?
—¡Hola, Lorenzo! ¡Buenos días, Lorenzo! ¡Buenas noches, Lorenzo! —respondió la lora.

A la abuela se le ocurrió comprarle unas botitas de lana para sus patitas y un gorrito de broches para su colita. Se las ponías por las mañanas y por las noches, por si acaso la lorita tenía frío.

Cuando Lorenzo tuvo vacaciones a los seis meses, visitó a la abuela y qué alegría más grande sintió la lorita al verlo, quiso volar y decía con insistencia:

—¡Hola, Lorenzo! ¡Buenos días, Lorenzo! ¡Buenas noches, Lorenzo!
—Me hiciste mucha falta, lorita —le dijo Lorenzo— Pero ya tengo todo arreglado, ¿oíste?
Lorenzo explicó a la abuela, que tras una solicitud que hizo, le concedieron un permiso especial para tener a la lorita en el internado. La lorita se alegró muchísimo por la decisión de su dueño y, desde ese momento, resolvió aprender de él.

En la universidad, Lorenzo continuó enseñándole a pensar y hablar para que se comunicara con las personas. Esta vez, la lorita aprovechó la oportunidad y dejó de arrancarse las plumas.

La lorita dejó decir aquellas únicas frases de siempre, “¡Hola, Lorenzo! ¡Buenos días, Lorenzo! ¡Buenas noches, Lorenzo!”, y comenzó a comunicarse bien, a expresar sus pensamientos. Tanto así, niñas y niños lectores, que fue ella, la lorita, quien me ha contado este cuento.

El autor es docente y cursó la metodología Leo, Comento, Imagino y Creo —LCIC.

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