Cornelius, el gnomo alegre

Conozca cómo surge la bonita amistad entre el gnomo Corneluis y José

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HOY/ Colaboración

Nadie permitía que los niños jugaran en el bosque, decían que seres tenebrosos andaban por ahí. Pero había una familia que no creía en esas cosas y dejaban a su hijo jugar ahí.

El niño se llamaba José, casi todo el tiempo se encontraba en el bosque. Una mañana, cuando él caminaba tranquilo, escuchó unos pasos. Sintió miedo, supo que alguien iba detrás.

José decidió ocultarse entre las raíces de un inmenso árbol, se acostó para que no lo vieran, pero escuchaba los pasos más cerca, cerró sus ojos y de pronto, sintió en su mejilla una manita pequeña y suave; una alegre y melódica risa hizo que abriera sus ojos, al ver lo que tenía enfrente, se levantó de un salto y sin dejar de observarlo, le preguntó:

—¿Qué eres? ¿Cómo te llamas?

El pequeño hombrecito, vestido de ropajes brillantes, se quitó su sombrerito puntiagudo, hizo reverencia y le dijo:

—Soy un gnomo, me llamo Cornelius.

El niño José se río y Cornelius también lo hizo.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el gnomo.

—Adivina… —Le respondió el niño.

El gnomo, con sus manitas en la cabeza, trataba de adivinar. Pero enseguida el niño respondió:

—Mi nombre es José.

—Hola, José —saludó Cornelius y se estrecharon las manos.

Ambos se sentaron sobre unas piedras y el pequeño gnomo contó a José que por primera vez tenía un amigo, pues los demás niños lloraban y se corrían cuando lo miraban.

—¿Por qué si eres amistoso? —preguntó José.

—Ellos me ven diferente y piensan que les haré daño —respondió Cornelius.

El niño abrazó y besó fuerte al gnomo; subieron a los árboles a comer frutas y saludar a los animalitos. Se hizo tarde y el bosque ya estaba oscuro, ambos amiguitos tuvieron que regresar a sus casas.

—Mañana no te veré —dijo Cornelius.
—¿Por qué dices eso? —Preguntó José.
—Porque no vendrás a jugar.
—Eres mi amigo. Te quiero y aquí estaré —Le dijo José, pero también le pidió que lo acompañara hasta su casa. El gnomo saltó de alegría.

Los padres de José nunca se dieron cuenta. Desde aquella tarde, todos los días, José iba al bosque a jugar con su amigo Cornelius, el gnomo alegre, y luego, este lo acompañaba a su casa porque solo sus ojos podían verlo.

El autor, es escritor jinotegano.

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