Copitos de nieve que endulzan los labios

El barrio Pancasán atesora las recetas artesanales de las familias sorbeteras

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HOY/ Cortesía: Mario Collado

Autor: Dorling López Rivera

HOY / Masaya

Al sur-este de Masaya se ubica el barrio Pancasán y aunque su nombre hace referencia a una época de insurrección, lo que se fabrica en esta comunidad es pura dulzura. Y para aclarar, no hablamos de la dulcería nacional, que tienen sus raíces en este popular barrio, sino que nos referimos a un sabor más fresco que une a los enamorados, que le hace agua la boca a los pequeños, a sus padres y que además le refresca la memorias a los abuelos; estamos desentrañando las recetas tradicionales de los sorbetes artesanales, que por años han pasado de generación en generación.

Y es que el sabor, de los sorbetes artesanales de Masaya, es una delicia celestial. Es como sentir en el paladar un sabor a cielo que se te deshace en la boca inundándote de alegría. Y a muchos, además de endulzar los sentidos, ese gustito le hace revivir los recuerdos de la infancia. Ya que los abuelos vuelven hacer niños cada vez que prueban uno de esos conitos que se venden en los parques, mercados, colegios y fiestas patronales.

Los vendedores no necesitan ni decir un pregón porque los sorbetes se venden prácticamente solo con el clín clín de la campana del sorbetero.

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HOY/ Cortesía: José Luis Collado

El secreto

En Pancasán hay una casa esquinera, que reluce de limpia con un toquecito de olor a humo, que se desprende del fogón. En las entrañas de esta vivienda se oculta un secreto casero de la familia que la habita: Los Cajina Pérez. En ese dulce hogar doña Martha del Socorro Cajina Pérez, de 45 años, es la sabia matriarca que atesora en sus recuerdos la receta, que por años vio y ayudó a hacer a su madre, doña Ángela Pérez.

“La receta original era de mi mamá, quien por años trabajó con mi papá, Oscar Cajina, haciendo sorbetes y fue ella quién nos heredó este machete para que saliéramos adelante”, comparte Cajina, quien a pesar de llevar tantos años reproduciendo la fórmula secreta, continúa sosteniendo que el mejor sorbete del pueblo lo hacía su mamá.

“Mi madre era la mejor, no había quien le metiera la mano”, sostiene.

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HOY/ Cortesía: José Luis Collado

Y aunque la cuchara de los sorbetes Cajina inició de la mano de su papá, quien vendía los sorbetes de un hermano, fue hasta que se casó con doña Ángela que su ingenio se disparó y se fusionó con su amada para crear una fuente de ingreso y fue la necesidad económica la que los llevó a perfeccionar una receta única. Y así fue que nacieron los famosos sorbetes Cajina Pérez, estos fueron hechos por las manos de una experta, que le puso su sazón a la mezcla de leche, azúcar, saborizante, hielo, sal y un secreto especial que solo se logra a fuerza de brazo.

Desde ese instante de genialidad, la receta original ha pasado a una segunda y tercera generación. La casta de los Cajina Pérez que ha trabajado duro para mantener el sello de calidad. Así lo confirman los 2,600 clientes que consumen las bolitas de nieve que salen de sus 4 tanques artesanales en las fiestas patronales más sonadas de todo el país.

“Solo mi mamá sabe bien el secreto de cómo se hacen. Ella me lo ha enseñado, pero a mi no me salen bien. Yo por eso mejor le ayudo a vender cuando hay mucho trabajo”, comenta Victoria Cerna Cajina, estudiante de cuarto año de Enfermería.

En lo que va del año los sorbetes Cajina han estado en los eventos de Diriomo, Diriamba y La Concepción. Para Semana Santa se preparan para ir a las playas más concurridas, con un carrito de raspado, ya que con el calor de la Semana Mayor, los copitos se derriten.

“Tenemos 4 carretones, de los cuales dos son de sorbetes, en los que alcanzan 2 tanques —en cada carretón— con capacidad de 4 galones cada uno —saliendo un total de 2,600 bolitas de sorbetes de los 4 tanques—, un carretón de raspado y uno de hot dog. Para las fiestas religiosas sí sacamos los sorbetes probando suerte porque a veces los va bien y otras veces nos va mal”, indica Cajina.

 

 

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HOY/ Cortesía: José Luis Collado

Buena inversión

Este negocio requiere de una fuerte inyección económica, por eso las familias, que se dedican a la venta de sorbetes a veces les toca trabajar con financiamiento bancario, ya que solo un carretón —en el estado en que se encuentra el de la familia Cajina— cuesta 8 mil córdobas, la empacadora de metal, que enfría el producto 1,200 córdobas, el par de tanques de zinc liso acerado calibre 36 anda en 900 córdobas, la máquina artesanal, para convertir la mezcla en sorbete unos 10,000 córdobas.

“Para la leche, el hielo, la sal y demás cosas, que se requieren para hacer y mantener frío el producto uno invierte unos 1,000 pesos y la caja de 700 conos anda en 1,000 córdobas. No crea esto lleva su buena inversión, por eso dinero que entra, dinero que se tiene que invertir para ponerlo a trabajar. Para que así en la casa nunca falte el palito de fósforo, para no andar molestando al vecino como decía mi mamá”, señala la ingeniosa micro empresaria.

Por 26 años esta madre ha mantenido su hogar con la cuchara de los sorbetes Cajina. De este dulce trabajo subsisten 7 personas.

“Tengo 5 hijos y una nieta. Y aunque mis hijos tienen sus estudios y sus trabajos ellos no se afrentan de esta labor, es más hasta salen a vender conmigo en los días de mayor faena. A mi me da mucho orgullo que mi hija mayor —Victoria— que está estudiando Enfermería, a veces toma a la niña —(su nieta) Aurisol de los Ángeles Cerna Cajina— y sale a vender conmigo. Porque al igual que mi mamá, yo les enseñé a trabajar honestamente”, señala Cajina.

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HOY/ Cortesía: José Luis Collado

Con la producción de los sorbetes Cajina, otras personas se ganan sus centavitos. Cuando el carretón de cedro hace su parada en el mercado Municipal de Masaya, Ernesto Fernández, un par de vendedores, a los que se les da un precio favorable, se acercan para acomodar sus doces conitos, los cuales venden en un exhibidor ambulante y así le sacan su tajada a este negocio.

“El sorbete vale 5 córdobas para los clientes, a los vendedores se lo dejamos a un precio menor, ya que todos tenemos la necesidad de sostener a nuestras familias”, concluye Cajina.

 

Herencia conyugal

A unas cuantas cuadras, de la casa de los Cajina, está la vivienda de Rosa Matilde Suazo de 65 años, quien entre las escasas canas que deja ver su cabello, guarda celosamente la receta que le dejó sus esposo (q.e.p.d.) Concepción Salinas. “Él andaba trabajando con otra gente antes que nos ajuntáramos y ya luego me dio el secreto y así comenzamos a hacer los sorbetes”, recuerda Suazo.

De acuerdo con la veterana artesana, quien dirige un taller de producto tradicionales como platanitos, enchiladas y sorbetes, cada cosa que sus manos fabrican llevan su esencia.

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HOY/ Cortesía: José Luis Collado

“Uno tiene sus secretos, hay quienes usan leche de polvo, otras de vacas y otras la leche empacada al final uno busca la materia prima que deje más gustosos sus sorbetes. Porque el sabor es la garantía de que el cliente le sea fiel al producto”, comenta Suazo.

Este par de matriarcas sorbeteras, han cambiado su historia familiar. Con su fortaleza e ingenio se han convertido en las cabezas de familia que sostienen sus hogares. La cuchara masculina, que inició el imperio de los sorbetes artesanales, mejoró con la esencia femenina y son ellas las que por más de tres décadas no han dejado perder la tradición de sentir los más refrescantes de Masaya, en un copito de nieve de piña para la niña, de cocoa para la señora y de vainilla para toda la familia.

“Hay muchas cosas que nos limitan porque luchamos contra empresas que tienen todos los medios industriales. Pero a pesar de no contar con un freezer nos las ingeniamos con una empacadora de hielo que apunta de sal mantiene en su punto los sorbetes”, indica Suazo, quien por las malas ventas ahora solo saca sus dos carretones en las fiestas patronales.

Por su edad, Suazo ya le trasmitió el secreto a sus hijas para que ellas no dejen morir el negocio que tanta alegría le llevó a su hogar.

Ya saben, al andar por Masaya, no se priven de probar los sabores de los sorbetes artesanales que se hacen con mucho amor en las viviendas de Pancasán, porque en cada batida de la mezcla secreta las familias recuerdan a los pilares que comenzaron estos prósperos negocios.

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HOY/ Cortesía: José Luis Collado

 

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