Las frutas que se amaron

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Cuento
Ilustración: Jorge Luis Moreno Luna.

HOY/  Colaboración

Hace unos dos años atrás, en mayo del 2013, viajé al pequeño pero hospitalario pueblo de Potosí, en el departamento de Rivas. Disfrutando de la naturaleza de ese lugar, me sorprendí de sobremanera cuando observé una fruta gigantesca, colorida y muy apetitosa.

Jamás había visto una fruta de tal tamaño. Al principio no sabía qué era, ¿mango o papaya? Y después de apreciarla bien, pregunté mentalmente, ¿De dónde proviene algo semejante?

Recorrí los alrededores en el afán de encontrar una fruta de igual tamaño. Mis ojos no habían visto cosa igual. El resultado: nada parecido.

Vi árboles de mangos por todos lados, con frutos entre verdes y maduras, olorosos y deseables, como para cortarlos o bien, levantarlos del suelo para endulzar el paladar. Pero todos esos frutos eran menor tamaño, nada parecido a la fruta que había visto antes.

Luego de mi búsqueda regresé al lugar donde se encontraba aquella llamativa fruta. Un niño como de ocho años llamado Martín, observaba aquella maravilla de la naturaleza, con seguridad con muchas ganas de degustarla.

Entonces le pregunté con sumo asombro:

-¿Sabes de dónde vino esta fruta? Nunca he visto cosa igual.
Y aquel niño, sonriendo, me respondió:

-¡Ah! Es que el palo de mango se enamoró del tamaño de los frutos de una papaya, y quiso que también sus frutos fueran así de grandes. Entonces se unieron y salió un mango combinado con papaya. ¿Mire usted?

Aaahh…, me dije, todo se trataba de amor. Ya ves, lo que puede hacer el amor, producir un gran fruto. Ahora, una vez cada cien años, nace un fruto de igual tamaño, para recordar que el mango y la papaya se quisieron un día.

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