Tamarindo indígena

Si va por la Carretera Panamericana dese un tiempo para apreciarlo.

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HOY/Mario Mairena Martínez

Es inmenso. Todos en la ciudad de Sébaco saben dónde se encuentra. Del puente de la Carretera Panamericana 1 cuadra al este, 1 cuadra al sur, 4 cuadras al este, se llega al cementerio y del cementerio se toma un camino que lleva al gigantesco árbol de tamarindo.

Muchos pobladores e historiadores asocian este regalo de la naturaleza a la leyenda que anda de boca en boca desde Sébaco hasta La Trinidad, incluso cerca hay una piedra que han bautizado como “La Piedra de la Mocuana”.

Don Carlos Miranda, dueño del centro recreativo donde se encuentra el árbol de tamarindo, ha llegado a asegurar que La Mocuana aparece en Viernes Santo.

“Dicen que hay un hueco y nadie la ha movido”, dice un trabajador del centro recreativo, quien añade que posiblemente hasta oro hay dentro de la piedra de La Mocuana.

Desde la piedra se aprecia en toda su inmensidad del árbol de tamarindo, el que, según historiadores, tiene más de 600 años de antigüedad.

Si uno saborea uno de los tamarindos que caen del árbol movidos por el viento, debe imaginarse que ese mismo gusto se lo dieron nuestros antepasados indígenas y los mismos colonizadores españoles que llegaron a Sébaco atraídos por los relatos que en ese inmenso valle había mucho oro.
Tamarindos de oro

La asociación entre la leyenda de La Mocuana y el árbol de tamarindo es tanta que según cuentan varios historiadores, un cacique entregó tamarindos de oro a los españoles para que se fueran del lugar.

Sin embargo, ese obsequio despertó aún más la codicia de los colonizadores que llegaron a enfrentarse con los indígenas para obtener el preciado metal que antes habían visto colgado en collares de las mujeres indígenas.

Como la resistencia fue tanta, en los relatos termina aparece la leyenda de la hija del cacique engañada por un español para dar origen a la leyenda de La Mocuana.

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