Creciendo en la calle

Cuando el semáforo del Paraisito está furioso y con su gran luz roja logra atascar el tráfico, Keyla y Leoncia aprovechan para realizar su acto.

HOY

 

Cuando el semáforo del Paraisito está furioso y con su gran luz roja logra atascar el tráfico, Keyla y Leoncia aprovechan para realizar su acto.

 

La más chiquita —Keyla— se encarama en los hombros de la más gordita —Leoncia—; desafiando la ley de la gravedad empieza a tirar tres pelotas de tenis al aire y hacer malabares.

 

Así se ganan la vida estas hermanas, quienes llevan dos años capeándose de los vehículos y buses, para llevar unos cuantos ‘bollitos’ a su casa.

 

Según, la Encuesta Nacional del Trabajo Infantil y Adolescente (Entia), realizada por el Ministerio del Trabajo en el 2005, más de 238 mil niños en Nicaragua trabajan en las calles.

 

En el caso de Keyla y Leoncia comenzaron a hacerlo porque su mamá estaba postrada en una cama, ahí pasó por casi dos años, ocultando un mal que le aquejaba.

 

—El médico me aseguró que no tengo nada— decía Mercedes Chavarría, quien mantenía a sus nueve hijos lavando ropa ajena. Sin embargo, su aspecto la desmentía, y sus hijos se empezaron a preocupar.

 

El secreto casi se lo lleva a la tumba. Chavarría no quería ver sufrir a nadie, pero dos meses antes que muriera tuvo que decirles la inevitable verdad: tenía leucemia.

 

Huérfanas

 

Cuando lo confesó ya era demasiado tarde, su aspecto estaba muy deteriorado, se le había caído todo el pelo y los labios los tenía morados. Estaba muerta en vida.

 

Las medicinas eran caras, y no había mucho qué hacer. Sin embargo, las dos muchachitas compraron la mayoría a punta de maromas y la caridad de quienes soltaron una moneda al verlas lanzar las pelotas de tenis.

 

De su papá no saben nada. Solo que es un ‘chele’ llamado Javier, y que como es alcohólico las abandonó, y por eso tienen que vivir con una tía, que al igual que ellas, la pobreza la obligó a ser cirqueritas de semáforo.

 

Por las tardes, las chavalitas van a la escuela, pero como frecuentemente tienen que quedarse ayudando a su tía a vender agua helada o limpiando carros, no han logrado pasar de primero y segundo grado.

 

A pesar de esto, una sueña con ser abogada y la otra policía.

 

Cada vez hay más

 

De acuerdo a Rosa María Vivas, directora ejecutiva de la ONG Eduquemos, la meta, para el 2015, es erradicar todas las peores formas de trabajo infantil que se encuentran en los sectores rurales más pobres.

 

Sin embargo, este objetivo parece más a un sueño. Pues en el campo la situación sigue igual y en la ciudad cada vez se ven más niños trabajando, como es el caso de tres chavalitos que bailan a la Gigantona en los interlocales que están frente a la UCA.

 

“ Yo quisiera que mi suegra fuera lagartija, para que corran al monte y quedarme con su hija ”, recita el más chiquitín, mientras uno adorna las coplas con el tambor y el otro anda bailando con una gran cabeza.

 

Dos de ellos son hermanos, y el otro lo encontraron de casualidad mientras jugaban en el barrio, y así fue que decidieron formar su banda popular la que amenizan con un bombos y tambores, decidieron alquilárselos.

 

Ya tienen dos años haciendo lo mismo, y esperan que caiga la noche para que la parada se ‘fulee’ y dar un espectáculo de lujo.

 

Se vienen al suave desde el barrio 19 de Julio, que queda cerca del mercado Oriental, donde se estima que trabajan más de cinco mil niños. Pasan por el bar El Grillito, y antes de las 7:00 de la noche están en los interlocales, donde ofrecen su presentación estelar, y terminan a las 9:00 p.m. en el Rincón Cuscatleco.

 

Como todos unos ‘cenicientos’, a medianoche los tres tienen que entregar sus instrumentos, mientras esperan que “El Don” —como ellos lo llaman— les de su pago, y hasta el momento aseguran que no les ha fallado.

 

“Si hacemos quinientos pesos nos da 120 a cada uno, pero si solo agarramos 300 no le vemos ni la vuelta a los reales”, explica el más chiquitín.

 

Los mayores, de 11 y 16 aseguran que ocupan el dinero para darse sus buenos gustos en el recreo, y el resto para comprar los útiles y el uniforme de la escuela.

 

Esta es la realidad de miles de niños en Nicaragua, a los que por desgracia les tocó nacer y crecer en la segunda fase del gobierno sandinista, en una donde ya no son ‘los mimados de la revolución’.

 

que vive en extrema pobreza

 

Héctor Esquivel/ fotoarte: Félix castillo

 

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