Una vida y tres mandados

“Muy buenos días, déjenme darles un consejo a las madres. Si su niño tiene piojos, compre un cuarto de guaro y un puño de arena, se lo unta en la cabeza y en la noche verá como todos los piojos se matan entre ellos a punta de pedradas ”, dice Rapidito Correcaminito Huachiminaito.

 

 

Maynor E. Salazar

 

Hoy“Muy buenos días, déjenme darles un consejo a las madres. Si su niño tiene piojos, compre un cuarto de guaro  y un puño de arena, se lo unta en la cabeza y en la noche verá como todos los piojos se matan entre ellos a punta de pedradas”,  dice Rapidito Correcaminito Huachiminaito.

 

Este payasito de tan solo 14 años, es el segundo de tres hermanos, y como miles de niños en Nicaragua, se vio obligado a trabajar en las calles para ayudar económicamente a su mamá.Su nombre es Adrián Ramón Chavarría Miranda, un adolescente que hace malabares para vivir tres facetas de su vida. La primera es su trabajo de payaso que realiza desde hace cuatro años, la segunda de estudiante y la tercera su lucha por ser futbolista profesional.  

 

Su madre, Xiomara Miranda, confiesa que a ella nunca le gustó que él saliera a trabajar, pero ‘Moncho’ (como lo llama ella), siempre se iba escondido, “hasta que un día me dijo que no le prohibiera salir porque él quería ayudarme”.La RutinaSu día empieza a las 6:30 de la mañana, mientras su madre le alista su traje de colores verdes, azules y rojos, él se lava la cara para pintarse y darse ese toque sutil que todo payaso tiene, una cara que cause risas.

 

“Son tres tipos de lápices que uso, uno azul, otro negro y un rojo, cada uno me cuesta 35 córdobas en las librerías”, cuenta Adrián mientras se dibuja el contorno de sus labios.  Es hora de salir, el reloj anuncia que faltan diez minutos para las 7:00 a.m. Adrián se despide: —“Mita ya me voy”, y ella responde: — “Que te vaya bien, Dios te bendiga y te guarde”.

 

“Antes de ser payaso, yo vendía agua helada y naranjas en los buses. Fue ahí donde me aprendí todos los chistes, me subía donde iba un payaso y memoricé toda la rutina”, cuenta Adrián, con tono de orgullo, mientras aborda la ruta 104 que lo lleva desde Waspam Norte hasta su destino: el Mayoreo.

 

Adrián cuenta que un día de tantos se encontró un traje de payaso en una casa de empeño, lo compró en 70 córdobas y decidió que iba a ‘aventarse’ a ver qué tal le iba en ese negocio. 

 

El peguea las personas del Mayoreo, no le es ajena la presencia de este chavalo. “Adiós payasito sexy”, le dicen unos; “Para qué te teñiste el pelo”, le gritan otros. Él solo se ríe.La cuenta regresiva inicia y el primer autobús que aborda es el de los Hermanos Gómez, que sale a las 7:45 a.m.; aún sin desayunar, sube y comienza a contar sus chistes que son bienvenidos por el público. 

 

La aceptación es tanta que cuando se baja en la parada de la Universidad Nacional Agraria, ya lleva en su bolsa 40 córdobas, los que utiliza para comprarse su desayuno que religiosamente devora en el comedor de doña Ligia.   

 

“Es que ella me da bastante comida y es barata”, explica Adrián, mientras le sirven un plato de gallopinto, aguacate, un pedazo de pollo, tortilla, ensalada de tomate y un vaso de pinolillo.

 

Con la barriga llena y el corazón contento, el chavalo se dispone a tomar otro bus y sacar unas cuántas sonrisas más. Esta vez aborda una unidad que va a Somoto, pero aquí apenas recogió 18 córdobas.Después de tres horas de trabajo recoge 150 córdobas, la mitad para su mamá y el resto para darse sus gustos a la hora del recreo, porque eso sí, este chavalo es fiera en los estudios. 

 

Cursa el tercer año de secundaria en el colegio Mercedes Campos, ubicado en Waspam, y según sus profesores tiene notas tan excelentes que hasta representó a su colegio en las olimpiadas de Matemáticas.“En los sistemáticos saca los puntajes más altos, y hasta es alumno monitor”, dice Walter José García, su profesor de matemáticas.

 

Su sueño

 

Mientras se aproximan las 5:00 de la tarde, hora en que los alumnos salen de clases, ya Adrián piensa en su otro compromiso. Uno que comienza a las 7:30 p.m., ese que revive las emociones de su truncada niñez. Su otra pasión: el futbol.Él juega en la liga infantil de futbol sala de su barrio, y en su equipo el FC Valencia, es un referente a la hora de los partidos.

 

Adrián, es el capitán y sus órdenes casi siempre son las más acertadas. “Lo conozco desde que jugaba en las categorías Sub-11, y es admirable saber que dispone de tiempo para todo, es un ejemplo a seguir para todos los niños, además que es inteligente, pues toma los buenos consejos”, confirma Yader José Molinares, organizador de la liga recreativa del barrio y árbitro de la misma.Cuando termina el partido, su hermano menor se acerca y le pide dinero para comprar. Adrián se los da de inmediato. De fondo se escucha un grito: “Moncho, ya es hora, vámonos”, es su madre, que llegó a ver como está su retoño.“Quiero que una escuela de talentos me reclute, para jugar futbol profesional”, finaliza Adrián, quien además sueña con graduarse de ingeniero civil.

 

 

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